dest Carta portulano

Carta portulano

Carta portulano

Abril 5, 2021

 

Sobre el origen de las cartas portulanos o cartas de compás reza una profunda incógnita. Hasta la fecha, los historiadores no llegan a un consenso sobre cuándo aparecieron y su relación con los portulanos, o libros de rutas. La primera carta portulano de la cual se tiene referencia es la Carta Pisana (ca.1275). Aunque existen desde el siglo XIII, se produjeron principalmente entre los siglos XIV y XV. La cartografía portulano también se manifestó mediante una colección de planos de varios sectores geográficos, encuadernada en forma de atlas, que adquiere la denominación o título de la costa particular a la que se refiere.

Los expertos consideran que para su elaboración fue determinante el ejercicio de la navegación por medio de la aguja magnética. Se conoce que, hacia la segunda mitad del siglo XIII, gracias al desarrollo de esta, cristalizó un método de navegación apoyado en sus frecuentes lecturas y en su exactitud. Para el diseño de las primeras cartas portulanos debió ser esencial las experiencias acumuladas por los navegantes, dentro de la cual la aguja náutica pudo jugar un importante papel al precisar las direcciones de los puntos costeros y la estimación de las distancias. Por ello, hay quienes suponen que los libros de rutas debieron utilizarse a la hora de trazar las primeras cartas y que ambos documentos tuvieron un empleo conjunto e interdependiente.

Sin aparente continuidad, las cartas portulanos sustituyeron las representaciones medievales del mundo, recogidos en los mapas denominados T-O, por una representación de los perfiles costeros y demás noticias de interés al respecto, como la entrada a los puertos, las distancias y direcciones de los abrigos, sondas, entre otros.

Según Manuel Sellés, las cartas tienen dos características. La primera es que sólo las costas se trazan con exactitud. Los nombres de los puntos más significativos se inscriben transversalmente a las mismas, de forma que no los cubran; se usa tinta roja para los más destacados. La segunda es que las cartas se hallan atravesadas por una urdimbre de líneas que responden a un trazado bien definido con colores estandarizados. Los rumbos principales se trazan en negro, correspondiendo a los ocho vientos principales; los rumbos intermedios entre ellos, en verde; y el rojo se emplea, a su vez, para los intermedios entre los anteriores. Generalmente se dibuja una rosa de los vientos en el centro de los círculos o en algún punto nodal.

Pese a que su función es la navegación y la gestión comercial, se detectan dos estilos, fundamentalmente. La escuela italiana –cuyo epicentro se encontró en Génova, Venecia y Roma- se distinguió por la sobriedad; mientras la mallorquina, resaltó por la riqueza de su colorido y la abundancia de elementos geográficos e históricos. Sin embargo, estas clasificaciones no son estrictas, pues artesanos mallorquines realizaron cartas italianas, y viceversa.

Durante el siglo XVI perdió vigencia siendo sustituida por una nueva cartografía mejorada con los sistemas de proyección, en las que se consignaba la latitud y reducían la distorsión este-oeste de esta.

Uso de la ballestilla, 1585

Ballestilla

Uso de la ballestilla, 1585

La ballestilla es un instrumento que data del siglo XIV, empleado en la navegación náutica con el fin de calcular la altura del sol y otros astros sobre el horizonte. La herramienta está formada por una vara de madera graduada, sobre la que se desliza otra cruzada, de menor tamaño. Se utilizaba observando el horizonte con la flecha a modo de visor y, a la vez, haciendo coincidir el extremo superior de la sonaja con el astro de interés. Los marinos españoles y portugueses la usaron, principalmente, para determinar la latitud en la que se hallaban, midiendo la altura de la estrella polar sobre el horizonte.

La ballestilla fue el instrumento más preciso de su época. También se le llamó báculo de Jacob, en honor al nombre de su inventor, Jacob Ben Fakir. Según las estimaciones realizadas en el presente, su margen de error para la latitud era de unas veinte millas náuticas, mientras que el astrolabio lo tenía en las treinta millas náuticas. Es pertinente considerar que en la exactitud del instrumento influyen los errores de su construcción, las limitaciones de la división de las escalas y las condiciones de observación a bordo de una embarcación, sometido a constantes movimientos.

Fue descrito en el siglo XIV por el judío provenzal Leví Ben Gerson, y en 1470 por el astrónomo Regiomontanus, con el nombre de radio astronómico. Su uso se generalizó a principios del siglo XVI en los navíos portugueses, aunque se extendió hasta el siglo XVIII. Algunos investigadores lo consideran el antecedente directo del sextante.

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Astrolabio

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El astrolabio fue un instrumento utilizado en la antigüedad para observar la altura del polo y de los astros en el mar. El origen del vocablo es griego y se traduce como «buscador de estrellas». El astrolabio del navegante, llamado astrolabio marino, fue un instrumento empleado para determinar la latitud de un barco en alta mar, a partir de la medición de la altura del sol del mediodía [declinación], o la altura meridiana de una estrella con una declinación conocida. No se trata de un astrolabio de precisión, el astrolabio marino era mucho más simple que un astrolabio terrestre: un círculo graduado con una alidada para medir ángulos verticales. Fueron diseñados para permitir su uso en los barcos durante la mar gruesa y/o con fuertes vientos, cuando se requiere que los astrolabios sean fáciles de manejar.

Navegantes, astrónomos y científicos lo emplearon para localizar los astros, observar su movimiento y determinar la hora y la latitud. Este instrumento permite medir distancias por triangulación y, según las fuentes, el primero de su tipo parece haberse empleado en la primera mitad del siglo XVI. Entre los siglos XVI y XVIII, fue considerado primordial en la marinería, hasta la creación del sextante (1750). En el Museo Castillo de la Real Fuerza se hayan expuestos dos astrolabios de origen español y un tercero, portugués, de los siglos XVI y XVII.

dest Sextante

Sextante

Sextante

El sextante es un instrumento creado para la observación de la altura de los astros, mucho más preciso que el astrolabio o el cuadrante. Su origen data de alrededor de 1759 y fue desarrollado por John Campbell a partir del principio del octante. Es un instrumento de reflexión utilizado en navegación astronómica para determinar la posición del barco en base a la medición de las alturas de los astros. Su arco es la sexta parte del círculo, de donde proviene su nombre. A finales del siglo XX se sustituyó por la aparición de sistemas más modernos, como el satélite. En el Museo Castillo de La Real Fuerza se conservan dos sextantes, uno español y otro escocés.

Como el sextante mide un ángulo relativo, no necesita de un objetivo totalmente estable. Por ejemplo, cuando un sextante se utiliza en un barco en movimiento, la imagen del horizonte y los objetos celestes se mueven en el campo de visión; no obstante, la posición relativa de las dos imágenes se mantiene estable.

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Síntesis sobre las voces de Caribe

Mapa de América Central, 1590. Bartolomeu Lasso. Museo Marítimo de Róterdam (WAE898-G)

Caribe

Los hispanos denominaron Caribe a la masa de agua del océano Atlántico que baña a las islas ubicadas frente a las tierras continentales del norte y el sur de América. Con esta voz también se referían al pueblo amerindio procedente de la cuenca del río Orinoco: Quarives, Caribes o Kariñas, considerado de bárbaras costumbres, belicoso y agresivo, pues durante el período de conquista y colonización de sus tierras ofrecieron tenaz resistencia.

En nuestros días El Caribe posee connotación geográfica más amplia, al extenderse a las costas continentales bañadas por ese Mar. Es un particular escenario de confluencias étnicas, históricas y culturales, que se expresa en el crisol de razas y tradiciones atesoradas por sus pueblos.

Según el investigador Marcos A. Moringo, el vocablo se deriva del guaraní y significa “poderoso señor”, “dueño de esclavos” y “guerrero valiente”.

Mapa de la Isla de Cuba, Jamaica y parte de Santo Domingo, 1590

Síntesis sobre las voces Cuba

Mapa de la Isla de Cuba, Jamaica y parte de Santo Domingo, 1590. Pietro de Nobili (atribuido). Museo Marítimo de Róterdam (WAE792)

Cuba

El nombre de nuestro país es una voz aruaca con grafía castellana. Tal mixtura nace del primer encuentro entre navegantes hispanos y pobladores de la Isla. Cristóbal Colón entendió que al referirse a ella la llamaban Colba, luego rectificó y escribió en lo adelante Cuba. El 5 de diciembre, antes de partir, el Almirante la bautizó con el nombre Juana, en honor al príncipe Juan, hijo y heredero de los Reyes Católicos, financistas del viaje. Un error cartográfico entre 1502 y 1522 le otorgó el nombre de Isabela, luego, una Real Cédula de 28 de febrero de 1515 ordenó que su nombre fuera Fernandina, pero la vitalidad de la voz indígena trascendió.

El investigador Juan José Arron afirma que la voz Cuba significa en aruaco: “terreno o territorio”, “bosque”, “tierra habitada” o “tierra cultivada”.

Horrendo y terrible combate que tuvo la nación inglesa en el Castillo del Morro, 1762

Horrendo y terrible combate que tuvo la nación inglesa en el Castillo del Morro, 1762

Horrendo y terrible combate que tuvo la nación inglesa en el Castillo del Morro, 1762

La captura de La Habana por los ingleses en 1762 fue parte de la Guerra de los Siete Años (1756-1763) que se desarrollaba en Europa entre dos coaliciones de estados que intentaban alcanzar la supremacía colonial en el mundo: de una parte, el Reino de Francia, el Imperio austríaco, el Imperio ruso, Suecia, el Reino de Sajonia y el Reino de España; de la otra, el Reino de Prusia, el Reino de Hannover y el Reino de Inglaterra. En 1762, la más podero­sa expedición inglesa, dirigida por el almirante Sir George Pocock se dirigió a La Habana, venció la resistencia española y tomó la ciudad.

El plan que se concibió para este propósito se apoyó en el reconocimiento efectuado por el almirante Charles Knowles durante una visita de cortesía efectuada en 1756, a instancias del Capitán General Francisco Cagigal, quien quiso enviar un mensaje a Inglaterra sobre lo costoso que resultaría un ataque contra la ciudad, considerada inexpugnable. Knowles elaboró un valioso informe, gracias a lo cual los ingleses se percataron de lo difícil de acceder por el canal de entrada de la bahía y la conveniencia de desembarcar por Cojímar. A este se sumaron precisiones aportadas por el servicio de inteligencia del Almirantazgo.

En 1762, La Habana era una rica y poblada ciudad de 60000 habitantes. Los castillos de Los Tres Reyes del Morro y La Punta, unidos a la distribución y ubicación de la artillería y a la cadena que cerraba la boca de la bahía, demuestran que los españoles se aferraban a la idea de que cualquier ataque se dirigiría a forzar el canal del puerto. Siendo la Isla el centro de la defensa y las comunicaciones del imperio español, resultaba imposible dominar el Caribe sin tomar La Habana y Santiago de Cuba; una vez en ellas el ocupante podría basificarse por la región, controlar el comercio y provocar la caída del poder hispano.

La aparición de la escuadra naval inglesa el 6 de julio de 1762 frente al litoral habanero dejó estupefactas a las autoridades de la Isla. Los errores tácticos del ejército español provocaron la rendición de la ciudad. Un grupo de criollos, entre ellos José Antonio Gómez conocido como Pepe Antonio, ofreció tenaz resistencia a los asaltantes. Los ingleses solo lograron ocupar La Habana. Los habitantes y autoridades del resto de la Isla se negaron a reconocer al invasor. Esta victoria fue una operación decisiva para el desenlace de la Guerra de los Siete Años. Los ingleses se apoderaron de una docena de navíos de línea, fragatas y otras embarcaciones menores, pertrechos de guerra, efectivos de los caudales del rey y del haber de la Real Compañía de Comercio de La Habana, así como las mercancías almacenadas en el puerto. En total, el valor del botín se estimó en tres millones de libras esterlinas, o trece millones de pesos de a ocho reales.

Posteriormente, la firma de la Paz de París daría a Inglaterra la península de La Florida, las costas de Honduras y la exclusividad de la pesca en Terranova, a cambio de La Habana.

Este grabado se encuentra en el Archivo Histórico de la Oficina del Historiador de la ciudad de La Habana.

La ciudad y la bahía de La Habana situada en la Isla de Cuba, ca. 1650-1670

El grabado de Vingboons: arte e información

La ciudad y la bahía de La Habana situada en la Isla de Cuba, ca. 1650-1670

El autor de este grabado es Johannes Vingboons (1616/1617-1670), un notable cartógrafo y artista holandés. Aunque trabajó para la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales nunca viajó fuera de su país. Recibió información sobre La Habana y sus alrededores de capitanes y marineros que habían viajado al Nuevo Mundo. Puesto que no conocía el estilo arquitectónico de las casas cubanas, pintó en su lugar las holandesas, con su característico frontispicio escalonado.

Protegiendo la entrada del puerto, apreciamos los Castillos de los Tres Reyes del Morro y de San Salvador de La Punta correctamente ubicados. La Habana era una plaza asediada por piratas y corsarios, de ahí que la Corona española invirtiese en su fortificación. En el interior de su bahía de bolsa, a la cual se accede por un estrecho canal, se encontraba el puerto, lugar de entrada y salida de América de las flotas españolas. En 1561 el rey Felipe ii reorganizó el sistema de flotas. Sus rutas, basadas en las corrientes marinas y los vientos, constituyeron el circuito comercial entre España y el Caribe. Las flotas cargadas con las riquezas del Nuevo Mundo confluían en La Habana para luego continuar juntas hacia España, por lo que su puerto fue un enclave estratégico para la Corona española, lo que le valió el título de Llave del Nuevo Mundo y Antemural de las Indias Occidentales.

En esta obra sobresale las elevaciones de Managua, uno de los puntos geográficos guías para acceder al puerto de La Habana, las cuales se ha representado deformadas.  Vingboons también pintó un galeón español que avisa de su arribo a la ciudad con un cañonazo, una imagen recurrente en varios grabados europeos de la época.

Puede encontrar este grabado en el Archivo Nacional de los Países Bajos, La Haya (4.VELH619-57)

destacada Juan de la Cosa

Carta Universal de Juan de la Cosa

Carta Universal de Juan de la Cosa

Primera obra cartográfica en que aparece América y Cuba

Este mapa fue realizado por el navegante y cartógrafo Juan de la Cosa en el Puerto de Santa María (Cádiz, España) en 1500. En el extremo superior del mapa, cubriendo la región centroamericana, existe un recuadro con una imagen de San Cristóbal, el protector y patrón cristiano de los viajeros, que bien pudiera ser un retrato del almirante Colón. Bajo el santo aparece la referencia al autor y fecha del mapa. En el margen inferior, a la derecha, apreciamos otra cartela pero en blanco, aparentemente reservada para algún texto que al final no se incluyó.

Es la más antigua obra cartográfica que se conserva en que aparece el continente americano, resaltada en color verde. En ella se aprecian los territorios explorados por Colón, Alonso de Ojeda, Vicente Yáñez Pinzón y Juan y Sebastián Caboto. Se muestran las costas de América del Norte; faltan las penínsulas de La Florida y Yucatán, el golfo de México y América Central, la mayoría tapadas hábilmente por la cartela. Las Antillas están representadas con sus nombres. De América del Sur muestra la costa desde el cabo de la Vela al de San Agustín y una parte del Brasil actual.

Cuba aparece representada por primera vez en el mapamundi de Juan de la Cosa con su nombre de origen aborigen, y no con el de Juana que le había dado Colón. Pese a estar muy deformada, se aprecia su forma alargada y en forma de arco, con numerosas bahías y el extremo occidental curvado. La representa en una latitud inexacta, entre los 28 y los 33 grados Norte, aunque la longitud se aproxima bastante a la verdadera. Aunque durante su segundo viaje a América, el almirante Cristóbal Colón les hizo jurar a su tripulación, entre ellos De la Cosa, que Cuba no era una isla sino una península del continente asiático. Sin embargo, el autor la representa como una isla.

En el mapa también se aprecia a Guanahani, las Bahamas, La Española y las pequeñas islas de las Antillas Menores. Sobre varios territorios insulares el marino cántabro colocó una bandera, una síntesis gráfica del emblema del Reino de Castillo y León, en la que se aprecia la figura de un animal rampante y de un castillo de tres almenas.

La carta, pintada sobre pergamino de piel de ternera cosidos a un lienzo resistente, está profusamente decorada con rosas de los vientos, banderas, naos, carabelas, ciudades y reyes africanos, personajes bíblicos y figuras míticas. La planimetría comprende cursos de agua, puertos y núcleos de población con representación convencional. La toponimia se encuentra en lengua castellana.

Pertenece a la colección del Museo Naval de Madrid (MNM 00257).