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El trazado urbanístico de la Villa San Cristóbal de La Habana

Plano pintoresco de La Habana, 1853.

La importancia económica de la última de las villas fundadas se reconoció desde muy temprano en el siglo XVI, al transformarse su bahía en puerto de reunión de las embarcaciones provenientes de América en su tránsito hacia Europa, y baluarte defensivo del acceso al Golfo de México en la ruta transoceánica. La organización entre 1537 y 1541 del Sistema de Flotas para la protección del comercio de Indias dejó establecida la que sería la fuente económica fundamental de la ciudad. En 1561 el Sistema de Flotas quedó oficialmente instituido, lo que propició el otorgamiento del título de ciudad para La Habana en 1592 y su declaración casi inmediata como capital de la isla en 1607. Por estas razones, La Habana se transformó en uno de los botines más ambicionados por corsario y piratas, peligro que propició su prolongada fortificación a lo largo de tres siglos, hasta convertirse en la plaza fuerte por excelencia del circuito comercial americano. Los productos agropecuarios del campo occidental y la riqueza maderera cubana fueron fuentes de exportación desde el puerto, centro de todo intercambio mercantil en la isla; y la aparición de astilleros para la fabricación de buques contribuyó al rápido crecimiento económico de La Habana, los cuales influyeron además en el desarrollo de manifestaciones artesanales vinculadas a la arquitectura.

Luego de tres siglos de dominación colonialista en Cuba, donde la isla fungía en el marco imperial español como parte dependiente y secundaria en el conjunto ultramarino, la colonia dejó de ser periférica en el universo político iberoamericano y se convirtió entre 1760 y 1820 en posesión importante para la Corona.

El asentamiento definitivo de la villa de San Cristóbal de La Habana se efectuó en el claro de una zona boscosa junto al puerto de Carenas en 1519. A diferencia de las villas fundadas anteriormente en la isla, el trazado urbano de La Habana es regular en retícula, pues en su configuración se siguieron los modernos preceptos del urbanismo de Indias: en 1555 fue destruida la traza bajo-medieval original como consecuencia de un ataque del pirata francés Jacques de Sores, la reconstrucción siguió las normas del ideario urbano renacentista “de la colonización”, expresado en las Leyes de Población de 1573 y concretado en las Ordenanzas Municipales para la Villa de La Habana y demás villas y lugares de la Isla de Cuba (1574). De acuerdo con estas pautas, la ciudad se configuró policéntrica, articulada en torno a un sistema de cinco plazas intramurales (la construcción por razones defensivo-militares de las murallas definieron a partir de 1674 el perímetro citadino), cada una con funciones y caracteres diversos.

La primitiva villa fue ampliada durante el transcurso del siglo XVII, con crecimientos paulatinos hacia el sur y el oeste, hasta el completamiento del espacio intramural. La Zanja Real, único sistema de acueducto y alcantarillado hasta el siglo XIX, fue un importante elemento estructurante en sentido urbano. En el siglo XVIII se reguló la edificación de portales en las plazas, que demostraron el valor ambiental y público de este elemento; y la compactación urbana dentro de los estrechos límites amurallados obligó al éxodo extramuros de parte de su población.

Las pautas de la regularidad reticular y la medianería definieron igualmente los trazados urbanos de los primeros barrios extramuros de carácter popular: Guadalupe, Jesús María y La Salud, San Lázaro y Colón poco después, surgidos a mediados del siglo XVIII en torno a los principales caminos que partían de la muralla hacia la zona agrícola de servicios circundante, los que adquirieron con el tiempo categoría de Calzadas.

La aristocracia habanera también buscó áreas de expansión que la distanciaran de la saturación del núcleo original, y así surgieron barrios señoriales con una vocación primigenia de zona de veraneo, como El Cerro (1803), El Carmelo (1859) y El Vedado (1861). La gran expansión extramuros acontecida durante el siglo XIX motivó la aparición del primer cuerpo legal propiamente regulatorio sobre la manera en que debía construirse en la capital: Ordenanzas de Construcción para la ciudad de La Habana y pueblos de su término municipal (1861), síntesis de los más modernos postulados europeos del momento. Concluye el siglo XIX con la erección de un nuevo reparto monumental y céntrico en el área intermedia aparecida tras la demolición de las antiguas murallas que entorpecían la dinámica urbana, vial y social de la villa: el Reparto Las Murallas (1863).

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Influencia de estilos en la arquitectura habanera del siglo XVI al XIX

Catedral de La Habana

A la Isla llegaron influjos culturales de una España plural y diversa luego de la reconquista del sur con el asentamiento de los primeros colonos hispanos. Los componentes moriscos, mudéjares y castellanos se entremezclaron en esta tierra como mismo sucedió en la metrópoli.

La arquitectura habanera optó desde un inicio el modelo tipológico de la casa con patio, en el que fueron asumidos hasta fines del siglo XVIII casi todos los temas demandados por la vida cotidiana de la ciudad portuaria. Este modelo del patio –que se extendería a otras tipologías en el siglo XIX- tiene su origen en razones de adaptación climatológica de los modelos constructivos, de antecedentes culturales de tradición hispana y por el propio desarrollo socioeconómico de los habitantes de la ciudad.

La arquitectura del siglo XVI respondió sobre todo a condicionantes funcionales y pragmáticas, y el ejemplo más evidente y todavía conservado de manera excepcional es la llamada “tienda-esquinera”, pequeño núcleo habitacional que compartía funciones comerciales, de soluciones estructurales sencillas. A fines de esta centuria comienza a percibirse cierta influencia andaluza que dio origen a la vivienda con acceso acodado respecto al patio, con galerías de horcones de madera y balconaje de similar factura en las fachadas, patio y traspatio divididos por una crujía intermedia y presencia de un zaguán de acceso. Estos rasgos se mantuvieron en la arquitectura doméstica hasta el siglo XX, aunque variaron algunos componentes espacio-funcionales en la vivienda para la oligarquía del siglo XVIII con la aparición de portales y logias superiores, la incorporación del entresuelo o mezanine, y la disposición del patio claustral en eje central con el acceso y zaguán, a lo que se sumó el aumento de sus dimensiones, puntales y vistosidad.

En la centuria dieciochesca alcanza auge la casa señorial como tardía incorporación de los modelos españoles señoriales del Renacimiento y el barroco. La influencia de este último es perceptible en la guarnición de las portadas, el diseño de los arcos y los elementos decorativos colocados sobre los muros, lo que unido a la diferenciación de los espacios funcionales por niveles y la nobleza de los materiales constructivos, hicieron del palacio del siglo XVIII el modelo perpetuado en la siguiente centuria.

En el XIX el ropaje barroco muta por el neoclásico y se desarrolla extramuros el modelo exento de la casa-quinta del Cerro y la casa burguesa de El Vedado. En el siglo XVIII aparecen sin embargo los primeros edificios propiamente civiles (palacios de gobierno, astilleros, aduana, teatro, etc.), sustrayéndose estas funciones de las tipologías domésticas. Sin embargo, será en la centuria decimonónica cuando lleguen a su apogeo las funciones públicas en construcciones representativas urbanística y arquitectónicamente, al reorganizarse el entorno citadino.

El neoclasicismo como tendencia estilística asociada al auge económico azucarero fue el estilo en boga en el momento por el halo de modernidad que representaba; y alcanzó todos los temas arquitectónicos. Aparecen nuevas edificaciones para hoteles, teatros, comercios, sociedades de recreo, industrias; y se identifican como ejecutores a arquitectos y maestros de obra extranjeros y nacionales, antecedentes de la llamada “arquitectura de autor”.

Paralelamente desde el siglo XVI, la arquitectura militar y la religiosa ocupan importante espacio en la fisonomía citadina. Los diferentes sistemas defensivos desarrollados durante tres siglos mantuvieron en líneas generales las pautas constructivas renacentistas con el protagonismo del baluarte en las modernas fortificaciones habaneras; y la arquitectura religiosa mutó en relación con la sucesión estilística y el enriquecimiento de la propia institución, para dejar una huella de gran trascendencia por sus ricas composiciones arquitectónicas.