La gesta de la restauración

La gesta de la restauración

La gesta de la restauración

Eusebio Leal Spengler

Mayo 13, 2022

 

Escrito en junio de 1995 para la revista Icomos (Unesco)

 

A mediados de 1995 tuvieron lugar, en la ciudad noruega de Bergen, la primera asamblea general y el tercer simposio internacional de la Organización de Ciudades de Patrimonio Mundial, fundada en Quebec (Canadá) gracias a la voluntad de su alcalde, el honorable señor Jean Paul L’Allier. Tanto en la asamblea como en el simposio hallábanse presentes alcaldes y personalidades no solo de capitales e importantes ciudades, sino también representantes de instituciones de la cultura, técnicos y especialistas eméritos, restauradores y conservadores de sitios naturales, arqueológicos e históricos que hoy aparecen en el Índice del Patrimonio Mundial, heredad que pertenece por igual a todos los pueblos y civilizaciones de la tierra.

Con su lenguaje claro y preciso, subrayado por la energía de su carácter, el Director General de la Unesco, Federico Mayor Zaragoza, alentó a los participantes, que disfrutábamos de la cáli­da acogida del pueblo noruego, junto al encantador embarcadero de Bryggen, en el deber de perseverar, de luchar sin desmayo para que la civilización moderna salvaguarde la obra diversa de nues­tros predecesores en el tiempo. Una vez más el concepto patrimo­nial trasciende su verdadera dimensión, quiero decir, la de los va­lores espirituales y morales. No se trata solo del síndrome de la mujer de Lot, cuyo culto al pasado, a lo que quedaba atrás, la llevó a convertirse en una estatua de sal.

Los que habitualmente frecuentamos el escenario y las pales­tras internacionales estamos, si se quiere, mejor preparados que nuestros jóvenes colegas para mantener el equilibrio emocional, luego de comprobar las angustiosas y abismales diferencias que existen entre las posibilidades del mundo desarrollado y las de nuestros propios países, donde la prioridad es sobrevivir, educar y crear condiciones mínimamente dignas a la vida.

Al situar la cuestión del patrimonio, herencia y legado de los padres, en idéntica jerarquía, algunos llegan a pensar que es un sueño irrealizable, y nos queda ese sabor amargo en los labios por carecer de recursos eficaces y suficientes para su puesta en valor. En el Tercer Mundo he constatado cierta apatía e indiferencia de los sectores más pobres de la sociedad ante proyectos de restauración monumentales, que se presentan como expresiones de elitismo. Me refiero específicamente a los centros históricos, que son deshabitados ex profeso o cuyos moradores autóctonos son forzados a emigrar y vienen a sustituirlos artistas, profesionales y empresarios para quienes se ha puesto de moda restaurar una casa en el barrio antiguo.

Personalmente conozco esta experiencia y me veo obligado, una y otra vez, a retomar la idea cardinal de que el hombre piensa como vive; y si la ecuación fuese a la inversa, la interrelación de lo uno y lo otro apoyaría el noble principio de que los ciudadanos han de ser los protagonistas principales del proceso que rehabilita determinado sector de su ciudad. Siento por todo ello una admira­ción ilimitada y profeso la más alta estima por aquellos que se han enfrentado voluntariamente a una doble corriente de incompren­sión, que viene de arriba y de abajo. Muchos envejecieron sin lo­grar su sueño; les tocó, además, asistir a la enajenación o destruc­ción del objeto amado. Fueron profetas en el desierto.

El subdesarrollo genera una amnesia social que favorece la ex­pansión de conceptos tales como: «tenemos poco, o casi nada», «lo nuestro vale menos», «nuestras antigüedades son meras cu­riosidades ante otras que son las verdaderas». Por lo que llevo dicho, estas iniciativas están urgidas de sustentarse en nuevos con­ceptos de autoestima y en la prédica insistente de que cuanto poseemos, o poseen otros, no ha de ser comparado miméticamente.

Hallar y defender el encanto de la diversidad, promoviendo así el respeto a la posesión del otro, es una base ética que nos salva de esa oleada de mercaderes que desean comprarlo todo y que desde hace siglos van de una a otra latitud arrebatando, a cambio de cuentas de vidrio y fragmentos de espejos, las pieles, los colmillos, los objetos depositados por la piedad en las tumbas. Oleada que no se detuvo ante templos, columnas, claustros íntegros de viejos monasterios; fenómeno que en su día asoló el legado de las civilizaciones clásicas de Europa, Asia y el antiguo Egipto, y luego de comenzada la modernidad se abatió sobre África y América.

Una conjunción de circunstancias favoreció, después del triunfo de la Revolución en 1959, la virtual detención del desarrollo de la ciudad capital de Cuba. No es menos cierto que antes de ese horizonte histórico, La Habana no fue una excepción en cuanto atraer para sí, como sus hermanas de Hispanoamérica, una pri­macía capaz de generar, de forma ostensible, abismales diferencias con relación al país y al estilo de vida de sus gentes. Tal agravio comparativo llevó a una política que distribuyese justa y equitativamente las inversiones y proyectos. Sería injusto desconocer que, muy a pesar de ello, se construyeron en La Habana las bellas escuelas de arte, paradigma y aproximación vital a una concepción culta, donde la arquitectura recobraba su ancestral compromiso con los sueños del hombre.

Una nueva urbanización, La Habana del Este, a mitad de ca­mino de sus bellas playas, fue concluida tras haberse transforma­do un plan precedente en el más interesante conjunto habitacional, donde aún hoy no se percibe ese distanciamiento entre el hábitat y la vida cotidiana. A la vez, el uso renovado y la febril actividad en pro del cambio funcional en no pocos edificios públicos, hicieron vivir a la capital un último esplendor, que precedió a hechos históricos y políticos cuyas consecuencias aún prevalecen, unidas a la errada apreciación edilicia de que se podría esperar y dejar para mañana las labores de rehabilitación y conservación de lo edificado. Las modificaciones de las leyes de propiedad hicieron recaer por entero en el Estado esa responsabilidad.

La historia comenzó así: asentada la villa de San Cristóbal de La Habana junto al puerto de Carenas en el año 1519, las calles y plazas se trazaron a cordel sobre un terreno irregular, pero siguiendo al pie de la letra las ordenanzas propuestas a Su Majestad por el Consejo de Indias, las cuales fijaban para las nuevas fundaciones el principio del damero o campamento romano. Fue llamado el señor Alonso de Cáceres, quien redactó en 1574 las ordenanzas que llevan su nombre y sirvieron de modelo y «código de buen gobierno para la convivencia» a otros cabildos y ciudades.

Y para bien fortificar, defender y ofender a los muchos adversarios, que varias veces acecharon y redujeron a cenizas la obra primigenia, se edificaron durante siglos castillos y murallas, así como vivieron en vigilia perpetua guarniciones de artilleros, infantes y caballeros. Aparecieron las casas reales, carnicería, cárcel, parroquial mayor y los solares reservados para los dilectos hijos de Tomás, Agustín, Ignacio y Francisco, los bienaventurados Padres de la Iglesia. Diose entonces la paradoja de configurarse una ciudad plena de mudejarismos, cuyos aires so­plaban en primer lugar desde Sevilla, de toda la baja Andalucía, con un timbre severo y grave de Extremadura. No obstante lo cual tendría, como contraste, el alegre colorido de Cádiz y, para más novedad, se trasladaría al puerto el culto de la Virgen de Chipiona, ahora como Nuestra Señora de Regla, devoción a la que se entregaron con delirio principalmente los esclavos y pescadores. Confrontado todo ello con el diseño renacentista de la planta del castillo de la Real Fuerza, concluido en 1577.

El amurallamiento se trazó en principio según la idea de Cris­tóbal de Rodas, de la familia del ingeniero militar Juan Bautista Antonelli, quienes a bordo de la expedición del maestre de campo Juan de Tejeda arribaron felizmente en 1589. Traían la encomienda de estudiar cómo garantizar la defensa de la villa y el puerto. Al genio y talento de los Antonelli deben la isla y América, entre otras obras, el castillo de los Tres Reyes de El Morro (1589-1630).

Al dejar dibujado algunos de los primeros momentos de la historia y de la construcción de La Habana, no es mi propósito caer en la tentación de narrar sus detalles puntuales. Baste decir que, desde la aurora de los tiempos hasta hoy, sucesivas generaciones contribuyeron a inventar la ciudad en que hoy vivimos. Ninguna inspiración ni modelo pudieron trasladarse mecánicamente a este rincón del planeta, donde al conjuro del clima y la naturaleza se transforman el hombre y las cosas. De esta interrelación emerge, como algo propicio, lo real-maravilloso, percibido por Alejo Carpertier y clave de interpretación de su narrativa.

Ahora estamos ante la totalidad de lo hecho. La Habana es bella, coherente en la acumulación de su vasto patrimonio material, casi didáctica. A través de una sucesión de calles y avenidas magistrales, se va desde el centro hasta las recientes urbanizaciones, cual si observáramos una cinta cinematográfica, donde todo aparece ante nosotros como patinado y, en gran medida, venido a menos, latente y vital, potencialmente salvable.

Tal es la diferencia de esta ciudad mágica con otras capitales y grandes urbes hispanoamericanas. Tal es su don y su privilegio. La era del gran estrago comercial y de la especulación inmobiliaria, que puso en peligro y causó tanta ruina en no pocos sitios, se abatió sobre La Habana, ha dejado daños y huellas, mas no pudo consu­mar su obra destructiva. ¿Cómo acometer la restauración del Cen­tro Histórico para que de él surja una experiencia útil, socialmente válida, económicamente viable, que sea a la vez generadora de nue­vos puestos de trabajo, que fortalezca el papel de la comunidad, que sea capaz de imprimir a nuestra aventura, por sí misma salvadora, un sentido de regeneración espiritual, promesa y esperanza?

La Oficina del Historiador de la ciudad de La Habana se creó en 1938 y su fundador, el doctor Emilio Roig de Leuchsenring, se propuso llevar a cabo, con los recursos y medios entonces a su al­cance, la ímproba tarea de crear conciencia en la ciudadanía y soli­dificar los conocimientos históricos, artísticos, así como la memoria de personalidades ilustres. Para ello fomentó biblioteca, archivo, publicaciones y museos; usó con pasión la palabra viva, gestó con­gresos, animó exposiciones, dictó y preparó ciclos de conferencias (…).

Pero no es hasta el 5 de mayo de 1981 que se aprueba un plan de restauración para el Centro Histórico. A lo largo de las dos décadas precedentes, y sobre la huella de varios precursores, se habían ejecutado obras puntuales y llegó a establecerse con nitidez sobre qué bases debía edificarse la concepción genera, sustentada en un cuerpo jurídico. Tal fue la Ley de Protección del Patrimonio Nacional (1977), que definió el carácter monumental de las ciudades fundadas por los conquistadores españoles en los albores del siglo XVI. Dos de ellas: San Cristóbal de La Habana y la Santísima Trinidad, serían luego exaltadas a la condición de Patrimonio de la Humanidad y ocupan hoy los números 27 y 28 del índice correspondiente. La Dirección Nacional del Patrimonio Cultural hizo florecer la simiente en el lapso de las últimas décadas, dispersando a todo lo ancho y largo del país el sistema nacional de museos de diversas especialidades, con signos de identidad propios, fomentando las colecciones nacionales y contribuyendo de forma decisiva a expandir las luces del conocimiento científico en todos y cada uno de nosotros.

A esta obra institucional se sumaría la creación, con el resuelto apoyo de la Unesco, del Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología (Cencrem), cuyo diseño se inspiró en el de Churubusco (México). Para lograrlo se emprendió la res­tauración del convento de Santa Clara, fundado en 1638, que es en sí mismo el espejo donde vemos reflejarse nuestra vocación. Sus aulas y talleres vienen acogiendo profesores y jóvenes exper­tos de todo el continente, que se nutren de los conocimientos teó­ricos indispensables y de las habilidades prácticas seculares de las artes inherentes a la restauración.

Enraizada en su tradición municipal latina y casi como precep­to de los cabildos y ayuntamientos, nobles legados de Castilla en América, existe en Cuba la figura del cronista, historiador de la ciudad, guardián perpetuo de la memoria social de la historia, cus­todio de las actas del cabildo, a cuyo impulso se han fundado en este continente museos, archivos y bibliotecas desde los días del gran cronista de Indias Gonzalo Fernández de Oviedo, quien narrara los hechos de la conquista y colonización desde su mesa atestada de testimonios y cartas, en la Torre del Homenaje de la fortaleza erigida en la ciudad primada de Santo Domingo.

La Oficina del Historiador de la ciudad de La Habana es heredera de la labor desplegada por sucesivos historiadores, desde Félix de Arrate, en la segunda mitad del siglo XVIII, y hasta Emilio Roig de Leuchsenring, cuya fecunda existencia terminó en 1964. La amplia labor de divulgación y defensa de temas del patrimonio habanero que Roig de Leuchsenring promovió y llevó a cabo, ha permitido que todo cuanto hacemos hoy tenga un valor de continuidad. A sus meritorios empeños hay que sumar el de ilustres arquitectos e ingenieros como Joaquín Weiss, Francisco Prat Puig, Evelio Govantes, Félix Cabarrocas, José María Bens Arrarte y el profesor José Antonio Menéndez, por solo citar algunos nombres. Sin que deba faltar la obra formadora de otros intelectuales y artis­tas que desde la cátedra, o en el ejercicio directo de sus profesiones, coadyuvaron a tan noble fin, como Luis de Soto, Rosario Novoa, Marta Arjona, Ma­nuel Pérez Beato, el arqueólogo Ma­nuel Rivero de la Calle (…).

En nuestros días este legado es base, sustento, pero no es suficiente. De ahí que el 30 de octubre de 1993, a propuesta nuestra, el Consejo de Estado analizara y aprobara el Decreto-Ley 143, que otorgó nuevas facultades a la Oficina del Historiador de la ciudad y rediseñó su estructura para ponerla resueltamente de cara al futuro inmediato. Esto coincidió con un momento de crisis y de salto del país hacia delante, cuando resultaba improbable perseverar en las complejas labores de restauración sin un soporte económico propio, autogestionado. Por consiguiente, se han fusionado con la Oficina del Historiador una empresa de restauración de monumentos y una compañía turística que explota hoteles y restaurantes, así como ejecuta otras acciones económicas en el área protegida.

Fueron creados los gabinetes de investigaciones históricas museológicas, de conservación y restauración, de arquitectura, de arqueología. Bajo el auspicio de la Agencia Española de Cooperación Internacional entró en funciones la escuela taller Gaspar Melchor de Jovellanos, que educa y prepara a jóvenes y adolescentes en las artes y oficios constructivos. Asimismo, se fundó la compañía inmobiliaria, que acometerá la reconversión y rehabili­tación de edificios públicos para nuevas funciones comerciales y administrativas.

Se viene formando un sistema de tiendas en la más importante arteria comercial: la calle Obispo, y paralelamente se crean otras dependencias en diversos puntos para rescatar elementos tradi­cionales de manufacturas, artes aplicadas y servicios especializa­dos como restauración de vitrales, relojería, encuadernación.

La Oficina del Historiador ha sido autorizada para cobrar im­puestos, sin suplir las funciones del gobierno local, a las entidades radicadas en el territorio y a los trabajadores por cuenta propia que ejercen actividad comercial; ha fomentado el renacer de anti­guas hermandades de oficios, que agrupan a los sectores más vulnerables de la población, como los minusválidos; organiza a la mujer, y ejemplo de ello es la hermandad de bordadoras, así como a los carpinteros y albañiles.

Los fondos generados y los que recibe la Oficina como contri­bución de donantes, incluyendo entidades internacionales y organi­zaciones no gubernamentales, incrementan la capacidad institucional para nuevas iniciativas, todas ellas tendientes a estimular el papel del individuo y de la familia; por ende, el de la sociedad civil.

En breve lapso se ha materializado el sueño de revivir la restaurativa, tras la reorganización de las fuerzas comprometidas, antes aquejadas por la falta de recursos financieros, que el país necesita con urgencia en el apretado índice de nuestras prioridades existenciales.

No trabajamos para el turismo; podría suscribirse la afirmación de Pablo de Tarso: «primero los judíos y luego para los gentiles». Mas en forma alguna se niega la enorme repercusión que nuestra tarea hoy y mañana en el sentido de hospedar a millones de personas que con fines vacacionales, o por ampliar sus conoci­dos del mundo, llegan al archipiélago cubano. Sabio será buscar y hallar el contrapeso cultural que equilibre, y quizá reduzca, el impacto que oleadas humanas han causado en otros países, ya no sólo en la naturaleza, sino en lo que es más importante: los hábitos y costumbres de las gentes.

Con dedicación nos desvivimos por recibir, explicar y conquistar el alma de los nuestros, exaltando el amor por su tierra, historia y naturaleza; empleándonos como establece la ley en el desarrollo social y comunitario.

¡Qué se levanten con ésta, tan tentadora utopía, no solo monu­mentos y museos, sino también escuelas, conservatorios, hogares de ancianos!

Hago propicias estas líneas para expresar nuestra gratitud, y la mía íntima, a todos aquellos que han contribuido a tan encomiable proyecto. Muy especialmente al sistema de las Naciones Unidas y en particular a la Unesco, así como a Sus Majestades los reyes de España, Don Juan Carlos y Doña Sofía, por su especial favor.

 

[Leal Spengler, E. (2002): “La gesta de la restauración”, en La luz sobre el espejo. Ediciones Boloña, La Habana, pp. 93-101]

Ciencia y amor...

Ciencia y amor para unir a las familias

Ciencia y amor...

Daniel Benítez Pérez

Mayo 13, 2022

 

Parecería contradictorio intentar comprender al amor desde la ciencia y querer aplicar su práctica con rigor científico. Y, sin embargo, este acercamiento genial tuvo la oportunidad de mostrar sus méritos en la mañana de este viernes 13 de mayo, cuando se celebró una sesión única del curso-taller Uniendo familias con ciencia y amor. Desafío para una comprensión, en nuestro Centro. La conferencia estuvo impartida por el Dr. Orlando Terré Camacho, presidente de la Asociación Mundial de Educación Especial y quien, además, preside la Organización Mundial de Educación, Estimulación y Desarrollo Infantil (OMEDI).

Mayelín Oliva, presidenta del Grupo de Apoyo de Personas con Discapacidad Gadif Cuba, dio inicio al curso-taller con el deseo de continuar ayudando a las familias con miembros discapacitados desde el humanismo y la ciencia. Oliva resaltó los valores humanos y logros profesionales del Dr. Terré, y agradeció particularmente a Mario Vaca Aguirre, director de Capital Humano de la Oficina del Historiador de la ciudad de La Habana, así como a esta institución habanera en general.

Oliva también saludó al Lic. Rafael Valdivia Almaza, quien asistió en representación del Ministerio del Trabajo y Seguridad Social. De igual manera, la especialista agradeció al Máster Educación Especial Jesús Montano Lazo; a la Dra. Beatriz Roque Morales, directora de Educación Especial del MINED, y a otros invitados vinculados a organizaciones relacionadas con la educación, la enseñanza especial y la atención a las familias e individuos con necesidades especiales.

Al presentarse ante el público, el Dr. Orlando Terré admitió que, de todos sus numerosos títulos, ninguno lo enorgullece más que el ser padre de familia y abuelo. Terré, quien colocó una bandera cubana en la mesa de conferencias, admitió que nada lo identifica más como profesional que el amor, un amor que para el prestigioso doctor nace de la inclusión y la diversidad.

La capacidad de exteriorizar las emociones, y de provocar una reacción emotiva junto con la información y conocimiento que se imparte resulta fundamental para Orlando Terré: “Si no se emociona al cerebro, no hay resultados de aprendizaje”. Y para no dejar que sus ideas quedaran solo en palabras, el investigador les pidió a los miembros de la audiencia primero que se abrazaran a sí mismos, y que mostraran el amor propio con un sentido táctil, antes de tener la oportunidad de demostrarlo a otros.

No podían quedar fuera los temas de actualidad en este taller, que se propuso enseñar a los presentes una mejor forma de amar: Terré dedicó una plegaria a las víctimas mortales del accidente del Hotel Saratoga, en cuya memoria el gobierno aplicó duelo nacional durante este viernes y el sábado. Al hablar del nuevo código familiar, Terré afirmó que “entender al nuevo Código de la Familia, es entender a la evolución de las familias en Cuba”.

El especialista no dejó de reconocer la creación de la Enseñanza Especial como un importante logro de la Revolución Cubana, que es único en el mundo. “La educación especial es inclusiva en Cuba, por su espíritu martiano”, pero al mismo tiempo, reconoció que los currículos de enseñanza deben seguirse adaptando para la enseñanza especial y la atención a la diversidad, desde la perspectiva de la integración social.

El Doctor invitó a algunos de los presentes a que compartieran las experiencias que viven a diario con sus familiares en situación de discapacidad, e incluso buscó la participación en este ejercicio terapéutico de varios jóvenes con Síndrome de Down que también habían asistido. Terré contó cómo su primera práctica laboral en la enseñanza especial fue la atención a una persona con discapacidad en su pueblo nativo de Calabazar y Sagua. También leyó su poema El corazón tiene razones que la razón no tiene, que provocó aplausos emocionados de sus oyentes.

La conclusión del curso estuvo acompañada por la entrega de diplomas, que expresaban en papel y tinta el cambio en la manera de amar y aceptar que habían vivido los presentes en poco más de dos horas. En este momento de gratitud, no podía quedar fuera el reconocimiento a la memoria del Historiador de la ciudad: “Hoy puedo decir que me acompañó (…) la presencia de Leal”.

La discapacidad mental es un fenómeno que afecta a 200 millones de jóvenes alrededor del mundo, y que involucra también a sus familiares, quienes deben desarrollar las herramientas para ayudarlos a desarrollarse. A pesar de la necesidad de resiliencia que deben tener estas familias, el Dr. Orlando Terré afirmó que “el ejercicio de la valentía puede llevarnos al triunfo”.

 

[Tomado de Habana Radio: http://www.habanaradio.cu/culturales/ciencia-y-amor-para-unir-a-las-familias/]

Victoria Veitía Morales, 10 años. Francia 2050

Concluye la VII edición del concurso infantil Dibujando Europa

Victoria Veitía Morales, 10 años. Francia 2050

Mayo 13, 2022

 

En el contexto de celebración por el 9 de mayo, Día de Europa, y del aniversario del Palacio del Segundo Cabo, hemos organizado desde el 2016, de conjunto con la Delegación de la Unión Europea en Cuba, el concurso infantil Dibujando Europa. Tras siete años ininterrumpidos, aproximadamente 800 niñas y niños han participado en este importante certamen que incentiva la creación artística desde las edades tempranas. La herencia cultural compartida, el patrimonio material e inmaterial de Cuba y Europa, los monumentos y símbolos de ambos territorios han sido objetos de representación, desde una visión provocadora, reflexiva, creativa y novedosa.

En días recientes, concluyó la VII edición de Dibujando Europa del presente año, que tuvo como propósito sensibilizar acerca de las múltiples aristas relacionadas con el medioambiente y las ciudades sostenibles. Se trata de una de las preocupaciones principales de las agendas gubernamentales en la actualidad, para lo cual se han desarrollado numerosas iniciativas en todo el mundo con el objetivo de lograr que las ciudades sean espacios más inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles, donde la triple fórmula de reducir, reutilizar y reciclar sea una práctica a seguir.

El pasado martes 10 de mayo se realizó en nuestro Centro el acto de premiación de Dibujando Europa 2022, el cual contó con la presencia de la Excma. Sra. Isabel Brilhante Pedrosa, embajadora de la Delegación de la Unión Europea en Cuba y funcionarios; Michael González, director de Patrimonio de la Oficina del Historiador de la ciudad de La Habana (OHCH); Lissette Iglesias, directora de Relaciones Internacionales de la OHCH; Katia Cárdenas, directora de Gestión Cultural de la OHCH; líderes de proyectos comunitarios, estudiantes de la escuela primaria Camilo Cienfuegos, concursantes y familiares.

El evento inició con el grupo de teatro Retablo y la puesta en escena de la obra La leyenda de la Luna negra, una versión teatral inspirada en el cuento La niña y la Luna, de José Martí. Esta pequeña obra del teatro de sombras, títeres y objetos resignificados, constituyó una metáfora de los daños que pueden provocar las personas de comportamiento egoísta sobre la naturaleza.

En sus palabras de bienvenida, la MsC. Onedys Calvo Noya, directora del Centro para la Interpretación de las Relaciones Culturales Cuba-Europa: Palacio del Segundo Cabo, felicitó a todas las niñas y niños que concursaron, haciendo referencia a la calidad de los trabajos recibidos: un aproximado de 270 obras. Asimismo, resaltó la memoria del Historiador de la ciudad, Eusebio Leal, quien fuera el principal promotor del cuidado de las ciudades patrimoniales cubanas, en diálogo armónico con la naturaleza y los entornos. Gracias a él, el Centro Histórico cuenta hoy con un acuario en la calle Teniente Rey, un aviario en la calle O’Reilly, las palomas en el sistema de plazas, los perritos con carné que se encuentran en varias instituciones, jardines y parques que son atendidos con mucha constancia y dedicación; y, afuera de La Habana Vieja, el jardín natural de Quinta de los Molinos.

Por su parte, la Excma. Sra. Isabel Brilhante Pedrosa comentó sentirse impresionada por ver la sala desbordada de pequeños artistas, con grandes corazones y sensibilidad artística, al igual que por el éxito que tuvo la VII edición del concurso Dibujando Europa, la de más alcance durante estos siete años. Además, convidó a las niñas y niños a seguir participando en el certamen que organizamos de conjunto.

Como parte de la actividad, quedó inaugurada la exposición Medioambiente y ciudades sostenibles desde la visión de las niñas y niños, con los resultados de Dibujando Europa 2022. Unas 20 obras entre premios y menciones especiales resultaron las ganadoras del concurso, las que evidencian una apropiación novedosa del tema, el dominio de las técnicas empleadas, la variedad de formatos utilizados, y una diversidad y riqueza creativa en las representaciones.

Agradecemos la colaboración y el apoyo de proyectos comunitarios  y centros educativos y culturales como Arlequines, de la Casa de Cultura 13 de agosto del Reparto Eléctrico; el taller infantil de artes plásticas de la Casa Museo Oswaldo Guayasamín; el Proyecto Primeros Trazos; las escuelas primarias Camilo Cienfuegos y Ángela Landa, el Centro Educativo Español de La Habana, Chantons et jouons en francais (Cantemos y juguemos en francés) de la Alianza Francesa de Cuba, la Escuela Francesa y el Liceo Francés de La Habana.

También queremos reconocer el apoyo de las familias en pos de promover la creación artística y de fomentar la consciencia medioambiental desde edades tempranas. Felicitamos a todas las niñas y niños por su creatividad, el esfuerzo realizado y por dejarnos ver sus ideas sobre un tema de tanta trascendencia. Los exhortamos a continuar interviniendo en el concurso infantil Dibujando Europa, pues necesitamos ver el mundo a través de sus manos y de sus voces.

Coloquio científico “Punta del Este, centenario de un singular hallazgo”

Coloquio científico “Punta del Este, centenario de un singular hallazgo”

Coloquio científico “Punta del Este, centenario de un singular hallazgo”

Francisco Delgado

Mayo 11, 2022

 

En la sala polivalente en la Sala Polivalente de nuestro Centro sesionó en la mañana de este miércoles el Coloquio Científico Punta del Este, centenario de un singular hallazgo. Participaron investigadores y especialistas de la Oficina del Historiador de la ciudad de La Habana y otras instituciones que dan cuenta de la autenticidad y valor patrimonial de este hallazgo arqueológico, que hasta la actualidad continúa revelando la significación de su existencia en los hitos de la memoria histórica.

Los trabajos expuestos presentan las notables evidencias arqueológicas de las pictografías aborígenes, restos de materiales y de fauna hallados en las cuevas 1, 2 y 3 de este espacio de la geografía nacional en Punta del Este, que fuese dado a conocer por Fernando Ortiz a la Academia de Historia, y en el cual el Dr. Antonio Núñez Jiménez se encargara de velar por las acciones de protección y estudio de este observatorio nacional de la arqueología.

Asimismo, se mostraron imágenes por primera vez como pruebas documentales de la importancia de este sitio de Punta del Este que forman parte de los documentos archivados en el Gabinete de Arqueología. Se comentó también sobre varios reportes periodísticos de Orfilio Peláez, quien se encargó de referenciar las alertas del peligro en el que se encontraba este lugar de la Isla de la Juventud, cuando se exponía a la visita de las personas, muchas de ellas, sin el juicio consciente del valor patrimonial que representa esta área para el país y las Antillas.

El propio antropólogo cubano Fernando Ortiz refería que este sitio venía a ser como la “Capilla Sixtina en el Caribe y las Antillas de la Pictografia”.

Este evento teórico forma parte de la Jornada Conmemorativa Nacional del Centenario del singular hallazgo de Punta del Este en la Isla de la Juventud, dedicada en esta ocasión al Centenario del natalicio del Dr. Antonio Núñez Jiménez y el aniversario 80 del natalicio del Dr. Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad de La Habana.

Por otra parte, se exponen las acciones propuestas por el Instituto Cubano de la Antropología, para salvaguardar este sitio Patrimonio Nacional que describe en su interior una parte consustancial de la narratología de las cuevas, flora, fauna y pictografía, así como el análisis del coeficiente de personas reales que pueden visitar este lugar, para que el patrimonio continúe existiendo y conservándose en la huella del recorrido de nuestra historiografía nacional.

 

[Tomado de Habana Radio: http://www.habanaradio.cu/culturales/coloquio-cientifico-punta-del-este-centenario-de-un-singular-hallazgo/]

Fornet-FIL-2022-1

Homenaje a Ambrosio Fornet en Feria del Libro: Magisterio y huella profunda en la cultura cubana

Fornet-FIL-2022-1

Dinella García Acosta y Darío A. Extremera Peregrín

Abril 29, 2022

 

La narradora, ensayista, guionista de cine y crítica Aida Bahr calificó a Ambrosio Fornet, Premio Nacional de Literatura y de Edición, como “un hombre excepcional” durante un conversatorio celebrado este lunes 25 de abril en nuestro Centro para homenajear al destacado intelectual y escritor que falleció el pasado 5 de abril. El panel -compuesto por Norberto Codina, Arturo Arango, Manuel Pérez Paredes, Aida Bahr y Mercy Ruiz, y moderado por Cira Romero- evocó en anécdotas personales y valoraciones distintas facetas de la vida del autor de El libro en Cuba y Memorias recobradas.

Codina, poeta, editor, director de La Gaceta de Cuba durante más de 30 años y Premio Nacional de Edición 2021, recordó el vínculo de Fornet con la revista y la importancia de sus contribuciones, que empezaron con el cuento Yo no vi ná, publicado en 1962.

El magisterio de Ambrosio Fornet y las lecciones que dejó fueron el tema de las palabras de Arturo Arango, ensayista y guionista de cine. Siendo estudiante universitario, Arango conoció a Fornet y advirtió la humildad y el respeto con que trataba a los colaboradores de la revista Universidad de La Habana, de la que fue jefe de redacción:

El respeto también se expresaba en su manera de opinar sobre los textos, y luego comprendí que así era cómo Pocho se relacionaba con las personas. Ante él, ante su sabiduría, jamás me sentí disminuido o aplastado. Nunca lo vi encima del púlpito magisterial, porque esencialmente dialogaba, lo cual no excluía de sus criterios el comentario mordaz, punzante, irónico. Le bastaba con ser convincente, y por eso también fue respetado.

En otro momento de su intervención, Arango recordó sus experiencias en el taller de guiones cinematográficos que convocó e impartió Fornet en el Icaic a finales de los ochenta.

Sobre la inquietud de sus alumnos sobre qué podían escribir o no, cuáles eran los límites que debían enfrentar, Fornet les aconsejó: “Hagan la mejor obra posible, mientras más profunda y compleja es la obra, más difícil es ejercer sobre ella la censura”.

Ante un auditorio repleto de editores, escritores y familiares y amigos de Fornet, Manuel Pérez Paredes, director de El hombre de Maisinicú y Premio Nacional de Cine, comentó que Pocho también dejó su huella en la cinematografía nacional.

Ambrosio Fornet llegó al Icaic a finales de los setenta y escribió guiones de películas como Retrato de Teresa (en coautoría con Pastor Vega). Pero su mayor relevancia en el cine cubano la alcanzó por sus aportes como asesor dramatúrgico y organizador y profesor de talleres de guion, explicó Pérez Paredes.

En 1991, se planteó la posibilidad de disolver el Icaic y fusionarlo con el ICRT y con los estudios de cine de las FAR para crear una sola entidad cinematográfica. El Premio Nacional de Cine explica que fue un año complicado para Cuba y el mundo, y que coincidió con la proyección de Alicia en el Pueblo de Maravillas y las críticas posteriores a la película y al Icaic. Fornet formó parte de un grupo que representó a los cineastas y trabajadores de ese organismo que no estaba de acuerdo con la decisión –relató Manuel Pérez Paredes–, y tuvo un rol destacado en los debates con la comisión gubernamental designada para escuchar y analizar esas inquietudes. “Pocho fue muy hábil, inteligente, muy cuidadoso y muy firme en sus convicciones”, aseguró.

Una gran amistad unió a Aida Bahr y Ambrosio Fornet. La guionista aceveró que se quedó deslumbrada por la agudeza, el nivel de claridad con que explicaba y la comunicación que lograba establecer Fornet con las personas cuando lo conoció en un taller literario a principios de los ochenta.

Para la coautora del guion de En el aire, Pocho era capaz de enfocarse en lo particular, pero sin dejar de relacionar el contexto, algo de lo que pocas personas son capaces. Bahr aseguró que “eso le permitió ser, para mí, dentro de la narrativa, el crítico más grande de Cuba en el siglo XX”. También afirmó:

El libro en Cuba me enseñó que yo no sabía nada de la historia de Cuba. ¿Tú quieres conocer la historia de Cuba? Lee El libro en Cuba. Porque desgraciadamente padecemos mucho de convertir la historia cubana en la historia de los hechos bélicos, de la independencia, del movimiento social, y se nos olvida que la cultura forma a esta nación. Y El libro en Cuba es para mí uno de los textos más reveladores sobre la forja de la nación cubana. Es un gran regalo que nos hizo Ambrosio.

Bahr añadió que “hay personas que son muy inteligentes, hay personas que son muy cultas, hay quienes son muy buenos comunicadores. Yo diría que Pocho tenía todo eso, pero, además, era sabio”.

“Era un hombre excepcional, y lo extrañaremos”, concluyó.

 

[Tomado de Habana Radio: http://www.habanaradio.cu/culturales/homenaje-a-ambrosio-fornet-en-feria-del-libro-magisterio-y-huella-profunda-en-la-cultura-cubana/]

qué sentido tiene la bandera...

¿Qué sentido tiene la bandera de una nación?

qué sentido tiene la bandera...

Eusebio Leal Spengler

Abril 29, 2022

Artículo publicado en el periódico Granma, el 8 de septiembre de 2016.

 

Con profunda pena hemos venido observando que la enseña nacional, la gloriosa bandera de la estrella solitaria que no ha sido jamás mercenaria, está a la venta entre otros productos de la artesanía como si se tratara de una de ellas o de un objeto común.

Ante esto debemos meditar: ¿Qué sentido tiene la bandera de una nación? Asociada al Himno, a los actos cívicos, a la representación de todo un pueblo en conmemoraciones, festividades patrias o a media asta en ceremonias de duelo; protagonista cuando nuestros deportistas alcanzan la gloria olímpica y observan en silencio como asciende a lo alto del mástil; cuando se encuentran los jefes de estado o cuando ondea simbolizando a la patria al lado de otros pabellones. ¡Cuánta sangre y sacrificios, cuántos murieron abrasados a ella, cuántos la soñaron en tierra extraña!

Fue creada en los Estados Unidos por el ex general al servicio de España Narciso López, nacido en Venezuela, cuya carrera política no puede opacar el mérito de haberla imaginado en compañía de Miguel Teurbe Tolón y de su esposa y prima hermana Emilia, quien fue la primera en bordarla, y de su secretario, el novelista cubano Cirilo Villaverde, autor de Cecilia Valdés y testigo presencial de los hechos.

Se dice que en 1849 –año previo a la confección de la bandera-, en un día estival, en el cielo de un estandarte de Nueva York, López vio los colores de la enseña nacional, así como aquel triángulo equilátero, símbolo de la fraternidad masónica. Esos elementos encarnaban los pensamientos más puros de la revolución que recorría el mundo: libertad, igualdad y fraternidad; cinco franjas, y en el centro del triángulo, como un rayo de luz en el cielo que se abría, la estrella marcaba el porvenir de Cuba. Triángulo que debía ser rojo y no azul, aunque desafiara las leyes de la heráldica.

Ostentaba los colores republicanos de Norteamérica inspirados en los de la Revolución Francesa de 1789; colores que hoy son también los de otras naciones del mundo. Al unísono, con la enseña de los cubanos surgiría la de Puerto Rico, cuyas aspiraciones independentistas quedaron frustradas hasta hoy.

Enarbolada en años difíciles, cuando aún las supremas aspiraciones de las vanguardias políticas del pueblo cubano no habían alcanzado su plenitud y no pocos se inclinaban porque la estrella solitaria fuese una más en la constelación americana, resultaría necesario recorrer un árido sendero y derramar la sangre de los precursores que se apresuraron al acto magnífico del 10 de octubre de 1868 en Demajagua o la solemne celebración de la Asamblea de Constituyente de Guáimaro en abril de 1869.

También surgió de esos anhelos libertarios el escudo sostenido en la unión de bastos donde reposa el gorro frigio con idéntica estrella solitaria. No era otro que el tocado que llevaban los cargadores en los barrios periféricos de París y Marsella; la palma real y la isla de Cuba representada entre los peñones de Cabo de San Antonio y la península de Yucatán, y la llave como símbolo de la libertad prometida, y tras ella el sol naciente.

A su alrededor hijas de Laurel y acanto en ramas símbolos de la gloria combativa y del mérito alcanzado en el campo de batalla.

¡Cuántos cadalsos, cuántas lágrimas, cuántos exilios, cuánta tristeza! para que ahora la estampen en un delantal para la cocina, en una ridícula camiseta y en otras incalificables y vulgares formas.

En nombre de todo ello hago un patriótico y ardoroso llamamiento a nuestros conciudadanos para que al menos aquí en el Centro Histórico de La Habana, Patrimonio Mundial, se apeguen a las costumbres públicas a las leyes vigentes y no se pisotee ni se ponga precio.

Recordad las emotivas palabras del insigne poeta que al regresar a la patria evoca el valor de la bandera cuando aún podían verse a la entrada del puerto de las canteras y la vieja cárcel y el pedazo de pared donde fueron ejecutados los estudiantes de 1871:

 

Si desecha en menudos pedazos

Llega a ser mi bandera algún día…

¡nuestros muertos alzando los brazos

la sabrán defender todavía!

 

[Leal Spengler, E. (1995): “¿Qué sentido tiene la bandera de una nación?”, en Cuba, prendida del alma. Ediciones Boloña, La Habana, pp. 156-158]      

Para hacer realidad los sueños

Para hacer realidad los sueños

Para hacer realidad los sueños

Eusebio Leal Spengler

Abril 15, 2022

Artículo publicado en Revolución y Cultura, La Habana, No. 107, 1981

 

La salvación de La Habana monumental atrae de manera creciente el interés de nuestro pueblo. Las informaciones periódicas en torno al tema, a través de los órganos de difusión masiva, se hacen más frecuentes.

Los museos y exposiciones en el área intramural comienzan a ser virtualmente invadidos no solo los fines de cada semana, sino todos los días. Tal circunstancia es más alentadora en la medida en que valoramos que el núcleo fundamental está integrado en su mayoría por jóvenes, para quienes las obras admirables de la arquitectura y el revivir los acontecimientos de nuestra historia suponen un nuevo y tentador descubrimiento. ¿Qué debemos hacer? A nuestro juicio, las condiciones se han tornado propicias para estructurar una activa participación de las masas, no solo como espectadores de una u otra actividad recreativa, sino como fuerza actuante y decisiva en lo que ha de acontecer de ahora en adelante.

Toda esta experiencia acumulada, los estudios realizados, el proyecto global para la restauración del Centro Histórico, resultarían una empresa costosísima, inalcanzable en su total magnitud, si no logramos que los jóvenes participen en esta batalla, si no conseguimos que surja en las fábricas y talleres todo un fuerte movimiento y que cualitativamente arquitectos, ingenieros, herreros, fundidores, estudiantes de arte y de historia, círculos de estudios, impidan con su acción decidida, generosa, entusiasta y culta, que las aguas de los veranos venideros no cobren con el desplome de muchas casas y antiguos palacios el precio perder con ellas el retrato material de nuestra identidad ciudadana.

La reanimación cultural desempeñará un papel decisivo; la prueba irrebatible está dada por la felicitación de miles y miles de personas en la celebración restituida de la fiesta de La Habana junto a la ceiba de El Templete, cada 15 de noviembre; en los sábados de la Plaza de la Catedral, que reúnen cada semana, en el regazo acogedor de aquel sitio, no solo a quienes desean comprar un regalo original, sino a los amigos que se encuentran o a los que quieren presenciar la tirada de un grabado en el Taller de Gráfica, un fragmento de una obra de teatro cubano, o ver de cerca el rostro de un artista popular, o escuchar el impresionante tañer de la gran campana de la iglesia.

Y el sábado se ha extendido a la Plaza de Armas y cuando cae la tarde sobre la Calle de Madera hay mercado de flores, y un domingo de cada mes de pajaritos, y lo habrá de papalotes y cometas para conmemorar los vientos de abril que hinchaban las velas de las flotas, y hay como una fiebre en quienes observan al renacer de las casas de la calle Obispo entre Mercaderes y Oficios.

Debemos hacer más, no podemos ni debemos esperar. Esta ciudad se salvará si nosotros somos capaces de hacerlo. Esta es nuestra tarea, la tarea de todos, la parte que nos corresponde en el sostenimiento victorioso de la Patria. Que cada día nos encuentre más esperanzados, más batalladores, más dispuestos a hacer realidad los sueños. Ahora, es lícito discrepar con el clásico, pues estos sueños serán algo más que sueños: serán nuestra realidad.

 

[Leal Spengler, E. (1995): “Para hacer realidad los sueños”, en Regresar en el tiempo. Publicaciones IMAGO, La Habana, pp. 29-31]

La atracción de una ciudad...

Presentado libro “La atracción de una ciudad cosmopolita”

La atracción de una ciudad...

Daniel Benítez Pérez

Abril 7, 2022

 

Como toda promesa que se cumple tras sortear numerosas dificultades, la presentación del libro La atracción de una ciudad cosmopolita. Castellanos y Leoneses en La Habana, de Juan Andrés Blanco Rodríguez, fue a la vez un triunfo de los presentes y un homenaje a los que ya no se encontraban para celebrarlo.

La cita se dio a la víspera del mediodía en el Centro para la Interpretación de las Relaciones Culturales Cuba-Europa: Palacio del Segundo Cabo. Onedys Calvo Noya, directora del Centro, dijo que la existencia de su institución siempre había sido un sueño de Eusebio Leal y de muchos amigos en Europa.

El antiguo Palacio del Segundo Cabo, que antes fuera el espacio desde donde se enviaba y recibía la controversia que viajaba de Cuba a España y de la península a la isla, ahora conserva la misión de mantener los vínculos de más de cinco siglos entre ambas naciones. “Este centro ha sido con esa voluntad. Que siempre desde la contemporaneidad seamos el puente de ida y vuelta”, afirmó Onedys, y aseguró que estos vínculos se mantienen vigentes.

Dentro de las personalidades a las que saludó en su intervención la directora Onedys Calvo, se encontraban el Excelentísimo Señor Francisco Requejo, presidente de la Diputación Provincial de Zamora, ubicada en Castilla-León, España, quien dirigió unas palabras de agradecimiento a la Oficina del Historiador de la ciudad de La Habana y al pueblo cubano. También fueron saludados en su intervención, María Antonia Rabanillo, presidenta de la Colonia Zamorana en Cuba, y el Excelentísimo Señor, Dr. Marco Antonio Peñín Toledano, cónsul de la Embajada de España en La Habana.

La presentación estuvo dedicada a la memoria de Eusebio Leal, del que se reprodujo una breve entrevista. “Somos una parte de la España americana porque, entre otras cosas nos une el idioma, que es la patria común de todos nosotros”.

El autor de La atracción de una ciudad cosmopolita, Juan Andrés Blanco Rodríguez, es catedrático de la Universidad de Salamanca y fungió como director de la Universidad Nacional de la Educación a Distancia (UNED) de Zamora. El estudioso, quien es reconocido por los zamoranos como el Maestro de la Emigración, habló de cómo la simple sensación de hojear el libro de firmas de la Colonia Zamorana en Cuba lo transportaba a un lugar que, sin ser España, se sentía como transportado su hogar. También comentó sobre cómo el flujo de castellanos y leoneses a Cuba fue decisivo en los primeros años de la colonización y cómo se mantuvo con cantidades importantes, aún después de las Guerras Independentistas hasta bien entrado el siglo XX.

Su propia historia familiar, reconoció el catedrático Andrés Blanco, tiene un vínculo fuerte con nuestro país y así lo refleja su libro con la historia de uno de sus tíos abuelos que murió en combate, sirviendo como soldado de las fuerzas expedicionarias españolas durante las Guerras Independentistas cubanas. Su padre, rememoró, realizó negocios en Cuba, y una de sus tías en Cuba, pagó para que estudiara en España a través de una de las organizaciones cubano-españolas que continúan hasta hoy.

La constancia de las relaciones entre los migrantes y sus descendientes en Cuba con España es un fenómeno hermoso al que su libro está dedicado. Su constancia a lo largo de los años, sin importar las dificultades económicas o la inestabilidad de las relaciones políticas, son una prueba de la fortaleza y la transcendencia de estos vínculos, de la misma manera que la obra del profesor Juan Andrés Blanco Rodríguez es un fiel testimonio de este medio milenio de conmovedoras y extraordinarias relaciones humanas.

 

 [Tomado de Habana Radio]

Emilia Teurbe Tolón

A Emilia Teurbe Tolón

Emilia Teurbe Tolón

Eusebio Leal Spengler

Abril 1, 2022

Discurso pronunciado durante el acto de inhumación de los restos de Emilia Teurbe Tolón en la Necrópolis de Colón, el 23 de agosto de 2010.

 

Traer sus restos ha sido un empeño por largo tiempo acariciado. Desde su sepulcro en este jardín surgirá, quizás, un ramo de rosas con los tres colores: rojo, azul y blanco, con los cuales bordó la primera bandera de Cuba, en 1850.

 

Con estos honores -reservados a los que son más útiles, a los que han ofrendado los mayores sacrificios, a quienes han dejado una huella indeleble en la historia de nuestra patria- depositamos hoy los restos de Emilia Teurbe Tolón, aquella muchacha que, nacida en 1828, expiró en Madrid, España, un día como hoy, 23 de agosto, hace 108 años, lejos de su tierra amada, Cuba.

Traer los restos de Emilia ha sido un empeño por largo tiempo acariciado. Debemos agradecer a su biógrafa Clara Enma Chávez y, muy especialmente, a su entrañable admirador Ernesto Martínez por haber buscado incansablemente en los archivos de las diversas necrópolis de la capital española el sepulcro ya olvidado de Emilia.

Agradecemos profundamente a la embajada de Cuba y a los funcionarios de la sección consular quienes, un día invernal, acompañaron a Ernesto al acto de la exhumación; también a la Compañía Cubana de Aviación, que trasladó a la patria no solamente los restos de Emilia, sino también el panteón que en su día le ofreció la Sociedad Económica de Amigos del País, como su benefactora.

¿Quién fue Emilia? Cuando depositamos hoy esta semilla, el día en que celebramos el 50 aniversario de la Federación de Mujeres Cubanas, nos parece escuchar todavía la voz de su fundadora, Vilma Espín de Castro; ella reclamaba siempre, con intensidad y con firmeza, que se rindiese culto y se abriese un espacio en nuestra memoria y vida cotidiana a las grandes mujeres, a aquellas que habían marcado no solamente un camino para todo pueblo en lucha, sino también para las grandes vindicadoras de las batallas de género. Emilia fue lo uno y lo otro. Por eso, desde su sepulcro en este jardín surgirá, quizás, un ramo de rosas con los tres colores: rojo, azul y blanco, con los cuajes bordó la primera bandera de Cuba, en 1850.

Recuerdo con emoción los versos de Carilda [Oliver Labra] cuando se refiere a Emilia y evoca con qué puntadas de amor bordó aquel lienzo, aquellas sedas preciosas que aún se conservan. Pienso en los años difíciles que le tocó vivir a esa cubanita casada a los 16 años con su primo hermano, el insigne poeta matancero Miguel Teurbe Tolón: orador, escritor, dibujante… pero sobre todo poeta. Poeta integrante, junto a los también matanceros José Jacinto Milanés y Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido), de una pléyade que vinculó indisolublemente la poesía con la historia de nuestra patria. Como también lo hizo José María Heredia, quien sembró el culto a la estrella solitaria, a la bandera cubana, tal como lo recuerda José Martí, nuestro Apóstol.

La figura de Emilia hace que evoquemos a todos ellos, así como a la eximia poeta Gertrudis Gómez de Avellaneda, quien, al despedirse de Cuba con dolor profundo, canta a la tierra que la vio nacer, a su natal Camagüey, que también es la cuna de Ana Betancourt y Ana de Quesada. Emilia fue la primera mujer cubana deportada por insurgencia política. Durante un proceso abierto por la comisión ejecutiva y permanente, es expulsada de Cuba en 1850, cuando tiene solamente 22 años. Es precisamente durante los primeros meses de ese año que madura una idea llegada a Cuba -como dice Martí- de dos fuentes: una ingenua, que aspiraba a una patria que no se podría sacudir del yugo opresor sin el concurso del vecino poderoso; y una segunda, peligrosa y temible, cuya aspiración era la anexión descarnada.

Se dice que en 1849 -el año previo a la confección de la bandera-, en un día estival, en el cielo de un atardecer de Nueva York, el ex general Narciso López vio los colores de la enseña nacional, así como aquel triángulo equilátero, símbolo de fraternidad masónica. Esos elementos encarnaban los pensamientos más puros de la revolución que recorría el mundo: libertad, igualdad y fraternidad; cinco franjas en el centro del triángulo, como un rayo de luz en el cielo que se abría, la estrella marcando el porvenir de Cuba. Triángulo que debía ser rojo y no azul, aunque desafiara las leyes de la heráldica.

Al subir al cadalso, el primero de septiembre de 1851, y pronunciar las que muchos creen fueron sus últimas palabras: «Mi muerte no cambiará los destinos de Cuba», el general Narciso López auguraba el porvenir. ¿Cómo interpretarían ese destino muchos de quienes lo siguieron en la lucha? Esa frase podría significar la independencia o la anexión. La verdad la hallaríamos en nuestra propia historia: la independencia y la plena soberanía popular como único destino.

En 1868 Emilia está ya lejos de esa batalla política que hizo nacer, quizás en un espacio algo extraviado, lo que luego la solemne Asamblea de Guáimaro, iniciada el 10 de abril de 1869, reconocería como la bandera de Cuba, sin agravio de la insignia presentada por Carlos Manuel de Céspedes, la cual sería colocada en la sala donde quiera que los diputados estuviesen reunidos, hecho que sería consagrado años después al constituirse la Asamblea Nacional del Poder Popular. Fue así como el nombre de Emilia, aunque asumido en la penumbra por explicables razones familiares y personales, quedó unido para siempre a nuestra historia patria, sin que nunca dejase de palpitar en su corazón el secreto intenso, ardiente… de su amor por Cuba.

Cuando el General Presidente Raúl Castro Ruz escogió el 23 de agosto para realizar esta inhumación en suelo de Cuba, por lo que esta jornada significa para la mujer cubana, no sabía -pues yo no se lo dije- que sobre la tapa del panteón que cubría en Madrid los restos de Emilia también estaba escrita esa misma fecha, día en que murió la patriota en la capital de España. Ahora, 108 años después, aquella bandera bordada por Emilia -cuyo original felizmente se conserva- y que, multiplicada, ondeara por vez primera vez en Cárdenas en 1850, es el más hermoso homenaje para flotar sobre su tumba, redimida ya de todo compromiso que no fuera luchar por la libertad absoluta en el combate, bandera que guio y guía al pueblo en sus conquistas.

Descanse en paz en suelo cubano, heroína, mujer altiva, mujer hermosa de alma y de espíritu, mujer que -cuando ya su vida concluía- supo dedicar sus bienes a Cuba. Entregó el dinero que tenía a las escuelas que estaban al cuidado de la Sociedad Económica de Amigos del País, una de las instituciones más progresistas de la época y que, junto al seminario de San Carlos y San Ambrosio y la Universidad de La Habana, fue uno de los tres pilares en la forja de la intelectualidad, del pensamiento y de la rebeldía cubanos.

Que este día, cuando el cielo se cubre suavemente de gris para amparar el acto que celebramos a primera hora de la mañana, estos honores militares, estas flores y estas ofrendas lleguen hasta Emilia en cualquier lugar del éter, en cualquier espacio del universo donde se escuche su voz y su nombre para siempre.

 

[Leal Spengler, E. (2017): “A Emilia Teurbe Tolón”, en Hijo de mi tiempo. Ediciones Boloña, La Habana, pp. 64-67.]

Mercurio. Lonja del Comercio

Cuba y Grecia

Mercurio. Lonja del Comercio

Eusebio Leal Spengler

Marzo 18, 2022

Conferencia pronunciada el 10 de noviembre de 2003 en la Universidad Nacional Capodistria de Atenas, en vísperas de la consagración de la Catedral Ortodoxa de San Nicolás de Mira, en La Habana Vieja.

 

Hace exactamente 91 años que un ilustre profesor de la Universidad de La Habana tuvo la honrosa oportunidad de exponer aquí, en la Universidad Nacional Capodistria de Atenas, las dificultades que había en Cuba para los estudios del idioma griego. Se trataba del doctor Juan Miguel Dihigo y Mestre, catedrático de Lingüística y Filología, quien había sido invitado al septuagésimo quinto aniversario de esta casa de altos estudios. Dihigo y Mestre fue el redactor de un libro para la enseñanza de esa lengua, el primero que habría de publicarse en nuestra isla usando los tipos propios del alfabeto griego. Salvando las distancias del tiempo y de su infinito talento, sería ese sabio cubano mi precedente más honroso al evocar el culto que sentimos los cubanos hacia las letras de Grecia, hacia su civilización y el inmenso legado que este país ha dejado a la Humanidad.

Y es que la piedra filosofal del ser occidental se formó en ese glorioso período en que las artes y las ciencias griegas se abrazaron, creando símbolos y fijando hitos que buscaban plasmar la esencia e intemporalidad de las cosas por encima de lo superficial y transitorio.

Para el helenismo, el centro de preocupación fue el hombre y su ubicación en la vida y el Universo. Desde los orígenes del pensamiento griego, filósofos como Anaximandro, Anaxímenes, Heráclito de Éfeso, Tales de Mileto (…) intentaron buscar una explicación al surgimiento del cosmos y de la existencia humana, basándose en las combinaciones casuales de las cuatro sustancias primarias: fuego, aire, tierra y agua.

Esta pasión cognitiva alcanzaría su máxima expresión en el pensamiento de Sócrates, Platón y Aristóteles, quienes incitaban con sus ideas a la búsqueda de la perfección. 

Ese ideal se alcanzaría en el dominio del Arte, en las esculturas -por ejemplo- de Prexíteles y Fidias, cuyo sentido de la belleza otorga un valor al cuerpo humano que va más allá del carácter efímero de la vida terrena. Sus obras imprimieron un sello de dignidad al hombre, elevándolo en el infinito hasta entablar un diálogo con los dioses del Olimpo, en los que vieron un espejo de la tragedia humana.

Bajo el gobierno de Pericles, en Atenas se gestó la más intensa utopía nunca imaginada, proyecto de un orden, de un experimento de gobernabilidad que cobró vida para ya nunca apagarse, como la mítica llama del Olimpo. Es cierto que, en esa utopía, unos hombres estaban sometidos a otros en irredimible condena.

Desde entonces, el ansia de justicia que inspiró al lúcido estadista ha tenido que esperar en las tinieblas de los tiempos en un proceso todavía inacabado. Así, cual Diógenes caminando por Atenas con una lámpara encendida en busca de un «hombre honesto» a la luz del día, anda hoy la Humanidad en pos de la verdad, portando su lámpara desnuda en la noche oscura.

Del cansado andar del griego Eneas y su unión con Lavinia, hija de Latino, nacería Roma, y de este modo el acervo helenístico estaría en la savia misma de la futura latinidad, entendida esta como categoría en el plano estético, humanista y literario. Pero sería con la expansión hacia el sur de Italia, que los romanos harían suya la cultura griega, «cautivados por aquellos que habían conquistado», al decir del poeta Horacio.

Prendida la latinidad por el helenismo, aquella se inclinó reverente ante las ciudades de la Magna Grecia: en las rosadas piedras de Paestum, en los templos de Agrigento (…). Coleccionar obras de arte griegas o imitarlas fue un delirio compartido por los romanos, y prueba de ello son las maravillosas esculturas que adornaron el teatro de Pompeya para más tarde ser colocadas en la suntuosa escalinata que conduce a la plaza del Campidogli.

Nueva vida cobraron los caballos de la cuadra de la Catedral de San Marcos, al recuperar su verdadera identidad, luego de revelarse el secreto de su origen. Y aún guardo en lo más íntimo de mi espíritu el brillo conservado en los ojos vidriados de los bronces de Riace, el regalo más espléndido que nos ha entregado el dios Poseidón desde las profundidades del mar.

Los cubanos debemos a don Joaquín Gumá Herrera, conde de Lagunillas, la impresionante muestra de arte griego que se atesora en la sala universal del renovado Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana.

Teniendo en el centro la formidable y perfecta Ánfora Panatenaica de los hoplitodromos, su colección de 142 vasos fue considerada en 1956 «la mayor al sur del Trópico de Cáncer y una de las más ricas del Hemisferio Occidental».

Además de esa cerámica, se muestra un repertorio de obras griegas de pequeño, mediano y gran formato, entre ellas una formidable Cabeza de Alejandro Magno, copia romana del original helenístico y que debió pertenecer a una escultura de gran talla.

Es La Habana, exteriormente, una ciudad colmada de alusiones a la arquitectura grecolatina; de ahí que el gran escritor Alejo Carpentier la definiera en su magistral ensayo como «la ciudad de las columnas», pues ellas se repiten tanto y de manera tan diversa, reinterpretando con ingenuidad tropical los órdenes griegos dórico, jónico y corintio.

Muchos edificios habaneros tienen cariátides en su fachada; un Mercurio corona la Lonja del Comercio; una estatua de Neptuno escolta el Malecón, y en el pórtico de la Universidad de La Habana en el centro del frontispicio, resplandece la cabeza coronada de Palas Atenea con el búho encima, ave que -como la diosa- posee grandes ojos siempre abiertos y que representa a la sabiduría.

En el Teatro Universitario se representaron las obras que inspiraron mi adolescencia y primera juventud: el drama de Electra, los desvaríos del joven Orestes, la tragedia de Edipo (…).

Ese recinto recibió su acta de nacimiento en 1941 con la puesta de la Antígona de Sófocles, que fuera traducida al español por el nunca olvidado Dihigo y Mestre, quien -además de catedrático eminente- realizó una notable labor de difusión cultural. No en balde hoy la Facultad de Artes y Letras lleva su nombre, en tanto su magisterio fue continuado por Juan Francisco Albear, Juan José Maza y Artola, Manuel Bisbé Albertini, Elena Calduch, Elina Miranda Cancela y María Castro Miranda (…) sin olvidar tampoco a esa gran latinista que fue Vicentina Antuña.

A propósito, el propio Carpentier hace referencia a ese escenario en su novela La consagración de la primavera, cuando narra cómo en los edificios y columnatas de porte neoclásico -que ya desde la década del 20 servían de aulas universitarias- resonaban los versos de las tragedias griegas presentadas por el Teatro Universitario en alarde de voluntad y vocación, dadas las precarias condiciones de ensayo y estreno.

Años después, cerca de Nápoles, quise visitar el antro de las sibilas, en Cumas, luego de haber viajado a Delfos para sentir la íntima vibración en las gradas del teatro de Epidauro. En la madurez de mi propia vida, ansié volver a iluminar mi alma con la visión de la Acrópolis, justo ahora que se aproxima el año en que nuestro más caro deseo es que la Olimpiada devuelva la paz entre los pueblos y las naciones del planeta.

Isla mágica, isla misteriosa es la nuestra, donde pueden hallarse ciudades como Matanzas, reconocida como la Atenas de Cuba por el mérito singular de sus poetas. Nuestro territorio está regado a lo largo y ancho por pueblos con nombres tales como Rodas, Palmira, Artemisa (…) y hasta un perdido batey de un pueblo azucarero, en la zona Oriental, lleva el nombre de Troya.

Y es que, cuando la isla todavía estaba bajo el dominio español, la cultura grecolatina tuvo un especial significado en la literatura cubana del siglo XIX al ser evocada en citas y referencias que identificaban nuestros ideales y aspiraciones independentistas con aquella fuente de belleza, armonía y justeza.

En los liceos de La Habana se estudiaba a Anacreonte y Hornero, de ahí posiblemente el auge que tuvieron las anacreónticas durante todo el siglo XIX entre los escritores de Cuba: desde Manuel de Zequeira, iniciador de la lírica a principios de aquella centuria, pasando por Manuel Justo de Rubalcaba, José María Heredia, Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido) (…) hasta Joaquín Lorenzo Luaces.

Tampoco escaparon del embrujo el reconocido pensador y maestro Enrique José Varona y hasta nuestro Apóstol José Martí. Todos, de una manera u otra, en mayor o menor cuantía, tradujeron o se apropiaron del tipo de poema que diera la fama al nombre de Anacreonte y rindieron culto a Homero, Píndaro (…) y al destino de Safo que, como una estrella luminosa, cruzó sobre ese exótico parnaso.

Esa fascinación por la literatura grecolatina se mantendría en posteriores generaciones de escritores cubanos: el ya mencionado Carpentier, que en su novela Los pasos perdidos hace un contrapunteo con la Odisea, sin olvidar las alusiones a Sísifo y Prometeo, y el gran poeta José Lezama Lima, cuyo primer libro tituló Muerte de Narciso (…), por sólo citar dos ejemplos.

Por mi parte, al dedicarme a las humanidades y -en especial- a la restauración de mi ciudad natal, he tenido como uno de los principales referentes a El Templete: ese modelo virtual de una nueva e intensa corriente neoclásica que, inaugurado en 1828 por el obispo Espada para rendir culto eterno a los orígenes de la villa de San Cristóbal de La Habana, adoptó precisamente la forma de un pequeño templo votivo griego.

Quiso el destino que, evocando en la distancia a aquel y otros fundadores, me tocase a mí el privilegio de colocar hace apenas dos años la primera piedra -como fundamento- de la pequeña catedral que, en honor a san Nicolás de Mira, se erige actualmente en el Centro Histórico. Para consagrarla vendrá a La Habana su Toda Santidad, Bartolomeo I, Patriarca Ecuménico de Constantinopla y Nueva Roma.

Será un homenaje a la cristiandad griega, cuya fe se remonta a los primeros años de la iglesia primitiva, como demuestran los Hechos de los Apóstoles y las Cartas de San Pablo. Incluidas en el Nuevo Testamento, que fuera redactado completamente en griego, esas narraciones hacen alusión a las primeras congregaciones y al famoso discurso del apóstol Pablo en el Areópago de Atenas, considerado uno de los más elocuentes en la historia de la oratoria.

Quizás con el mismo poder de convencimiento, al recordar al poeta José María Heredia en el discurso pronunciado el 30 de noviembre de 1889 en el Hardman Hall, en Nueva York, José Martí preguntó enfáticamente: «¿Y la América libre y toda Europa coronándose de libertad, y Grecia como resucitando, y Cuba, tan bella como Grecia, tendida así entre hierros, mancha del mundo, presidio rodeado de agua, rémora de América?»

Más de medio siglo antes, en su poema «A la resurrección de Grecia en 1820», Heredia había tomado como pretexto la insurrección griega contra los otomanos para hacer alusión directa al problema de la independencia de Cuba del colonialismo español, con estas estrofas:

Por la alma libertad miro a mi patria,

A la risueña Cuba, que la frente

Eleva al mar de palmas coronada,

Por los mares de la América tendiendo

Su gloria y su poder: miro a la Grecia

Lanzar a sus tiranos indignada.

Y a la alma Libertad servir de templo,

Y al Orbe escucho que gozoso aplaude

Victoria tal y tan glorioso ejemplo.

Al comparar en su arenga libertaria a Cuba con Grecia, tanto Heredia como Martí nos legaban un símil de amor filio entre dos naciones lejanas que, unidas en su vocación redentora, se cobijarán pronto bajo el techo del primer templo ortodoxo en tierra cubana como expresión más alta de un sentimiento ecuménico.

 

[Leal Spengler, E. (2018): “Cuba y Grecia”, en Patria Amada. Ediciones Boloña, La Habana, pp. 69-75]