dest Orden Carlos III

Eusebio Leal y la Real y Distinguida Orden de Carlos III

Orden Carlos III

Agosto 16, 2021

 

El 19 de septiembre de 1771 el rey Carlos III rubricó con su firma la creación de la Real y Distinguida Orden que lleva su nombre, con la finalidad de reconocer a personas de la nobleza que destacaran en beneficio de la corona hispana y su persona. Tras su creación, obtuvo una pronta popularidad, lo que supuso un decaimiento en el interés por los hábitos de las cuatro órdenes militares hispanas -Alcántara, Santiago, Calatrava y Montesa-. Se encuentra entre las más antiguas de las que actualmente se conservan en el mundo y es la más alta distinción honorífica entre las órdenes civiles españolas. Ha sido, junto a la Real Orden de Isabel la Católica, las más concedidas a lo largo de la historia por los monarcas españoles.

Durante la invasión napoleónica a España, la orden estuvo asociada a la resistencia patriótica, una seña de identidad frente al invasor. El cambio más significativo con respecto a sus estatutos fundacionales sucedió en 1847, durante el reinado de Isabel II, momento en el que, con el triunfo del liberalismo, quedaron suprimidas las pruebas genealógico-nobiliarias necesarias para ser caballero. Con ello, se estableció su carácter civil.

Los investigadores otorgan gran importancia a este hecho. Se debe tener en cuenta que las órdenes civiles no eran órdenes abiertas al mérito de todos los ciudadanos, en tanto solo eran premiados los súbditos que podían demostrar que descendían de los integrantes del estado noble. Por tanto, los llamados «buenos hombres» no podían ser agraciados por el monarca ni ser premiado mérito alguno que hubieran realizado.

Por Real Decreto, en 2002, se estableció que la distinción recompensara a los ciudadanos que hayan prestado servicios eminentes y extraordinarios a la nación española. Tiene cinco clases: Collar, Gran Cruz, Encomienda de Número, Encomienda y Cruz.

Amparado en este propósito, el rey Felipe VI entregó el 13 de noviembre de 2019 la Orden de Carlos III en el grado de Gran Cruz a Eusebio Leal Spengler. La ceremonia de entrega, efectuada en el Salón de los Espejos del Museo de la Ciudad, antiguo Palacio de los Capitanes Generales, se inscribió dentro de la visita de los monarcas españoles a la capital cubana, con motivo del V centenario de fundación.

El grado de Gran Cruz se reserva a altos cargos políticos, entre los que se encuentran presidentes de órganos legislativos, órganos judiciales, ministros u otras altas autoridades estatales, además de todos aquellos que posean otra «Gran Cruz» civil o militar española durante, al menos, tres años. Sus insignias son una banda, la venera y la placa.

El diseño de la orden se inspiró en la Orden de San Jenaro, creada también por Carlos III en 1738 cuando era rey de Nápoles y Sicilia. A su vez, esta tomó de referencia la cruz de la prestigiosa Orden del Espíritu Santo, instituida en 1578 por el rey Enrique III de Francia. Le caracteriza banda de seda azul celeste con una franja central de color blanco. Ambos colores representan los distintivos del manto de la virgen bajo la advocación de la Inmaculada Concepción. La banda se une en sus extremos mediante un rosetón picado, del cual pende la venera de la orden.

La placa, de plata abrillantada, es una cruz maltesa de ocho puntas, rematadas por semiesferas lisas. Entre sus cuatro brazos figura una flor de lis de plata abrillantada, símbolo heráldico de los Borbones. El motivo central es la imagen de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción en altorrelieve, inscrita en un óvalo. A los pies de la virgen, se aprecia las tres barras («III»), orlado de laurel, en alusión al número romano de rey fundador y del cual toma su denominación. Sobre una cartela esmaltada en blanco, orlada de una franja de esmalte azul, se lee el lema de la orden: «VIRTUTI ET MERITO» (Virtud y Mérito).

Además de esta orden, el gobierno español había reconocido a Leal con la Orden Civil de Alfonso X el Sabio y con la Real Orden de Isabel la Católica, ambas en el mismo grado de Gran Cruz. Los tres reconocimientos representan un elocuente testimonio del respeto y admiración profesado por el Estado español a nuestro historiador.

El Historiador de la ciudad con la banda, la venera y la placa crediticia de la Real Orden de Isabel la Católica en el Grado de Gran Cruz

Real Orden de Isabel la Católica y Orden Civil de Alfonso X el Sabio para Leal

El Historiador de la ciudad con la banda, la venera y la placa crediticia de la Real Orden de Isabel la Católica en el Grado de Gran Cruz

Agosto 9, 2021

 

El 6 de septiembre de 2017, de manos del Excmo. Sr. Alfonso María Dastis Quecedo, Ministro español de Asuntos Exteriores y de Cooperación, le fue entregada al Dr. Eusebio Leal Spengler la Gran Cruz de la Real Orden de Isabel la Católica.

Este importante reconocimiento, concedido por el rey de España Felipe VI para “premiar la lealtad y los servicios excepcionales brindados por el Doctor Eusebio Leal y su contribución en la preservación de nuestra historia y patrimonio comunes”, ocupa el tercer lugar en el sistema premial español.

Con la imposición de esta, Leal sumaba dos de los más importantes galardones conferidos por esta nación europea, pues seis años antes, el 8 de julio de 2011, le había sido concedida la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio, “por sus importantes méritos culturales e hispanófilos como profesor en Cuba, país donde desempeña su labor de historiador de la ciudad de La Habana y decano de la Facultad del Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana”.

La Orden de Isabel la Católica fue instituida el 14 de marzo de 1815 por el rey Fernando VII, con el nombre de Real y Americana Orden de Isabel la Católica. Tras la vuelta de su exilio, El Deseado se opuso a los anhelos de independencia de los criollos de las tierras de ultramar, por lo que tomó una serie de medidas para conseguir la permanencia de estos territorios bajo su soberanía. De esa suerte, creó la orden con el ánimo de premiar la “acrisolada lealtad, el celo y patriotismo, desprendimiento, valor y otras virtudes que tanto los individuos de la milicia como de todas las clases y jerarquías del Estado han mostrado y mostraren en adelante en favor de la defensa y conservación de aquellos remotos países”. Eligió para ello el nombre de la reina Isabel de Castilla, por cuya iniciativa se financió la empresa de Cristóbal Colón. Siguiendo la tradición española, se estableció bajo la protección de un santo patrono, en este caso Santa Isabel de Portugal. La entrada en ella estaba abierta a civiles y militares, nobles y hombres pertenecientes al estado general. Al ser una orden de mérito sólo se recompensaba la capacidad del agraciado.

En 1847 el ministro de Estado y presidente del consejo de ministros, Joaquín Francisco Pacheco, acometió una importante reforma de las órdenes reales españolas. En 1889 dejó de denominarse «americana» y fue considerada la orden general y propia del mérito civil. Otro hito importante en la historia de la orden se produjo en 1927, cuando quedó abierta a las mujeres.

La orden se ha reorganizado en respuesta a los acontecimientos de la política que ha vivido este país europeo y a su la realidad social. En la actualidad premia “aquellos comportamientos extraordinarios de carácter civil, realizados por personas españolas y extranjeras, que redunden en beneficio de la nación, o que contribuyan, de modo relevante, a favorecer las relaciones de amistad y cooperación de la nación española con el resto de la comunidad internacional”. Cuenta con 9 grados: Collar, Gran Cruz, Encomienda de Número, Encomienda, Cruz de Oficial, Cruz, Cruz de Plata, Medalla de Plata y Medalla de Bronce. Para personas jurídicas también se otorga la Corbata o la Placa de Honor. Antes de ostentar el grado de Gran Cruz, el Dr. Eusebio Leal Spengler había sido merecedor del grado de Encomienda en 1993.

El grado de Gran Cruz consta de una banda de moaré de seda de color blanco, con dos franjas de color amarillo oro. Une los extremos de la cinta un lazo, del que pende la venera.

La placa de metal dorado, que se coloca sobre el costado izquierdo del galardonado, está formada por cuatro brazos iguales y simétricos, cuya parte central o llama va esmaltada de rojo. Con estos brazos alterna cuatro ráfagas bruñidas, de cinco facetas. En los extremos de su parte central tiene una corona de laurel en la que se ata una cinta blanca. En esta, en letras doradoras se lee «A LA LEALTAD ACRISOLADA» (sección superior) y «POR ISABEL LA CATÓLICA» (inferior). El motivo de laurel se remata con un círculo azul en el cual se aprecian las iniciales de los Reyes Católicos, en tipografía gótica, y su coronel. En el centro figuran dos columnas truncadas, enlazadas por una banda con la inscripción «Plus Ultra», y los atributos de dos mundos coronados, unidos también por una cinta roja, y que irradian rayos de luz.

SM el Rey es el Gran Maestre de la orden. Su sede y oficinas se encuentran en el Ministerio de Asuntos Exteriores, ya que su Gran Canciller es el Ministro de Asuntos Exteriores, y la canónica está en la Catedral de Nuestra Señora de la Almudena.

Otros cubanos que también ostentan la orden, en diferentes grados, son el destacado meteorólogo cubano José Rubiera, el historiador René González Barrios, la coreógrafa Irene Rodríguez, la directora de la compañía danzaria A Compás Flamenco, Karelia Cadavid, y María Antonia Rabanillo, presidenta del Consejo de Residentes Españoles en Cuba. 

Por su parte, la Orden Civil de Alfonso X el Sabio recompensa a personas u organizaciones que se hayan distinguido por méritos contraídos en los campos de la educación, la ciencia, la cultura, la docencia, la investigación y el pensamiento, o que hayan prestado servicios destacados en cualquiera de ellos en España o en el ámbito internacional. Es concedida por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.

Fundada en abril de 1939, diez días después de que Franco firmara el final de la Guerra Civil Española, tiene como antecedente la Orden de Alfonso XII, creada en mayo de 1902 bajo el reinado de Alfonso XIII, a fin de reconocer los méritos culturales y docentes. Fue derogada durante la Segunda República, en julio de 1931. Por Real Decreto de 1988 ambas órdenes se unificaron. Pueden concedérseles a las personas físicas los grados de Collar, Gran Cruz, Encomienda con Placa, Encomienda y Cruz. En el caso de las personas jurídicas, se otorga la Corbata y la Placa de Honor. El número de galardonados es restringido en algunas de las clases mencionadas.  

Consiste en una joya en forma de cruz abierta y florenzada, de esmalte carmesí. En el centro lleva una medalla circular de oro que ostenta la efigie del monarca Alfonso X. Se le representa de medio cuerpo, la corona sobre su cabeza y ataviado con un manto cuadriculado donde figuran, en sus colores, los emblemas heráldicos de León y Castilla. Empuña en la mano derecha un cetro que termina con águila explayada, mientras que en la izquierda sostiene un globo rematado con una cruz. En torno a este motivo, sobre una banda blanca, aparece en letra gótica la inscripción «ALFONSO X EL SABIO, REY DE CASTILLA Y DE LEÓN». En el reverso figura un águila explayada, cuyas garras se apoyan en un globo terráqueo del color azul. En torno a ella se encuentra su lema: «ALTIORA PETO» (Aspiro a lo más alto). Esta joya pende de una banda de seda de color carmesí.

Leal comparte con su amiga, la excelsa poetisa cubana Dulce María Loynaz, el privilegio de haber sido reconocidos con tan alta distinción. A la Loynaz le fue conferida en 1947. Ambos también tuvieron el honor de ser condecorados con la Real Orden de Isabel la Católica; la poetisa con el grado Lazo de Dama en 1993, que en la actualidad se equipara con el grado Cruz.

El agraciado con cualesquiera de las dos órdenes que incurra en un hecho delictivo probado o en actos contrarios a las razones determinantes de la concesión de la distinción, podrá ser desposeído de los títulos y honores inherentes a ellas.

Eusebio Leal, embajador del diálogo cultural

Eusebio Leal, embajador del diálogo cultural

Eusebio Leal, embajador del diálogo cultural

Julio 31, 2021

 

Nuestro querido Eusebio Leal asumió el cargo de director del Museo de la Ciudad en 1967. Apenas tenía 25 años. Entre los retos de su nuevo nombramiento estuvo la atención a múltiples delegaciones extranjeras de visita en Cuba, jefes de estado y gobierno y personalidades influyentes de muy diversos ámbitos. Estas actividades tuvieron resonancia en la política exterior de Cuba en tanto, haciendo uso de su deslumbrante oratoria, dio a conocer la singularidad del patrimonio y la cultura cubanas más allá de nuestras fronteras. También promovió todo cuanto se hacía en pos de la obra de restauración del Centro Histórico de la ciudad, los proyectos de beneficio social y de formación profesional y los servicios culturales. Leal, de esa suerte, no solo fue historiador, sino además una voz de la diplomacia cultural.

Desde La Habana Vieja, y más allá de ella, fue un embajador del diálogo cultural y de la conciliación de voluntades. Un intelectual con una palabra cargada de fervor y de argumentos sutiles capaz de corporeizar lo intangible, y ejercer seducción hacia aquello que hasta minutos antes era desconocido y extraño.

En el Palacio del Segundo Cabo, tras su apertura como espacio cultural que aborda las relaciones culturales entre Cuba y Europa, tuvo Leal una de sus sedes para la diplomacia cultural. Aquí recibió visitas de presidentes, cancilleres, parlamentarios y embajadores del viejo continente; sostuvo conversaciones con diversas figuras de relevancia en esfera política y pública sobre la importancia de las herencias compartidas entre la isla y las culturas europeas; firmó convenios internacionales; y le otorgaron altas distinciones de prestigio, como la Orden de Leopoldo del Reino de Bélgica en el grado de Caballero, la Cruz Federal al Mérito de la República de Alemania, Orden Americana Isabel la Católica en el grado de Comendador y la medalla conmemorativa por el 70 Aniversario de la Unesco.

Su quehacer a favor del patrimonio y la cultura cubana, y su voluntad de abrir puertas al respeto y la cooperación, dejan un legado fecundo de pensamiento, respeto y humanismo.

dest Orden de la Legión de Honor

Eusebio Leal Spengler, Comendador de la Orden de Legión de Honor

Orden de la Legión de Honor

Julio 26, 2021

 

El 30 de enero de 2013 el Dr. Eusebio Leal Spengler recibió la Orden Nacional de la Legión de Honor de la República Francesa en el grado de Comendador. La ceremonia de entrega se efectuó en el Museo Napoleónico, con la presencia del presidente del senado de ese país, el Excmo. Sr. Jean-Pierre Bel y del embajador de la nación europea en Cuba, Excmo. Sr. Jean Mendelson, así como una representación del senado francés e importantes personalidades de la política y la intelectualidad cubanas.

En 1802 Napoleón Bonaparte, siendo Primer Cónsul de la República, estableció la Legión de Honor con el objetivo de unir, en una misma idea, el honor individual y el nacional, así como el valor militar y civil. La fundación de un nuevo sistema premial formó parte de una serie de iniciativas orientadas a hacer olvidar la nobleza del Antiguo Régimen y, de acuerdo a la historiadora Natalia Petiteau, “responder a las aspiraciones sociales de los franceses animados por una sed de éxito”. En el marco de la reorganización administrativa y simbólica de la Primera República surgió esta condecoración que, en pos de reflejar el espíritu democrático de la revolución, permitía reconocer no solo a los individuos varones de todos los grupos sociales de la nueva Francia, sino también a mujeres, extranjeros y no creyentes.

La insignia, prendida de una cinta de color rojo, es una estrella blanca de cinco radios dobles rematada por una corona de roble y laurel. El reverso presenta dos banderas tricolores entrecruzadas y, junto al lema de la orden, aparece su fecha de creación “29 FLOREAL AN X” (19 de mayo de 1802). Los motivos que adornan la medalla y sus inscripciones han variado en sintonía con los acontecimientos políticos que sucedieron en Francia a lo largo de dos siglos. En su origen, por ejemplo, en su anverso aparecía un perfil de Napoleón, rodeado por el título “NAPOLEON EMP. DES FRANÇAIS”, mientras que su reverso se encontraba un águila apoyándose en un rayo, rodeada con el lema de la orden: “HONNEUR ET PATRIE”. Después del derrocamiento de Napoleón, la orden continuó teniendo un gran prestigio. Tanto es así que Luis XVIII, durante la Restauración, no se atrevió a abolirla. Fue este quien reemplazó la imagen de Napoleón por la del rey Enrique IV de Francia y el águila imperial por el símbolo de la dinastía borbónica, los tres lirios con la corona real. En 1870, en el contexto de la Tercera República, se decidió que la orden perdiese sus referencias monárquicas en favor de su carácter republicano. Así se legitimó el perfil femenino de Marianne, la figura alegórica que representa la República, rodeada de la inscripción “REPUBLIQUE FRANÇAISE 1870”. Además, se sustituyó la corona por guirnaldas de laurel y roble.

La Legión de Honor es la más alta distinción al mérito que otorga Francia a nacionales y extranjeros que han hecho inestimables aportes o han tenido grandes resultados en el ámbito científico, artístico, intelectual, deportivo, económico, político y militar. Aunque en época napoleónica los miembros de la orden fueron beneficiados con prebendas en los ámbitos de la educación, la salud y la cultura, hoy en día el carácter de la orden es meramente honorífico y no va acompañada de ninguna compensación económica o de cualquier otro tipo. Sus cinco categorías, en orden ascendente, son: Caballero, Oficial, Comendador, Gran Oficial y Gran Cruz.

Leal había sido merecedor en dos ocasiones anteriores de los grados de Caballero, en 1999, y de Oficial, en 2005. Su ascenso a Comendador fue aprobado por el presidente François Hollande, como testimonio de su admiración por la personalidad de Leal y en exaltación a su conducta civil y a los extraordinarios servicios prestados por el historiador al pueblo de Francia.

Otras personalidades cubanas que también han recibido tan alta distinción son Claudio José Domingo Brindis de Salas, Carlos Juan Finlay, Joaquín Albarrán, Alfredo Guevara, Alicia Alonso, Jaime Ortega, Josefina Méndez, Loipa Araújo, Miguel Barnet, Rodrigo Álvarez Cambras y Eduardo Torres Cuevas.

Eusebio Leal, Orden del Mérito de la República Federal de Alemania

Eusebio Leal, Comendador de la Orden del Mérito de la República Federal de Alemania

Eusebio Leal, Orden del Mérito de la República Federal de Alemania

Julio 19, 2021

 

El Dr. Eusebio Leal Spengler recibió el 17 de noviembre de 2017 la Cruz de Comendador de la Orden del Mérito de la República Federal de Alemania en el Palacio del Segundo Cabo. La condecoración, conferida por el presidente germano Frank-Walter Steinmeier, le fue entregada por el Excelentísimo Señor Thomas Neisinger, Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de le República Federal de Alemania en Cuba, en reconocimiento a su prolongado y sostenido trabajo en pos del patrimonio y la cultura, en especial por la restauración de su centro histórico.

El Sr. Neisinger, en la lectura del discurso de investidura, manifestó que Leal llevó “una vida entregada al trabajo y al amor”. Reconoció que fue “un interlocutor serio y confiable, un patriota puro y noble y un martiano de corazón” que “[superó] molinos de vientos como Historiador de La Habana”, un intelectual que “[demostró] con creces que se puede ser idealista y estar anclado a la vez en la realidad”. Sobre su compromiso con la cultura y su influencia en la esfera pública expresó que “la intención de Don Eusebio [fue] sumar el corazón a los esfuerzos del intelecto por crear una sociedad mejor”. El diplomático enfatizó que “cualquier insuficiencia o incomprensión se vuelve nada ante los resultados alcanzados por una vida dedicada al trabajo”. 

En sus palabras de agradecimiento, Leal subrayó su cercanía con Alemania, cuya historia y cultura han estado en diálogo con la cubana. Recordó la descendencia germana de su predecesor, Emilio Roig de Leuchsenring, y la suya propia, que se manifiesta en su apellido Spengler.  Resaltó, además, que su trabajo como historiador en más de cincuenta años no solo estuvo enfocado en “la búsqueda insaciable de documentos u objetos, sino más bien en la fijación por algo mucho más sustantivo, que es la cultura como creación suprema del hombre”.

Dedicó la distinción “(…) a Cuba, mi madre amantísima, porque el arte no tiene patria, leí una vez y después muchas veces. (…) Insisto, el arte no tiene patria, pero los artistas sí. Y a este pequeño artista de La comedia humana, a esta pequeña criatura hoy exaltada con la hermosa cruz y con las cintas bellas de la nación que admiro, me honro en recibirla, en nombre de mi patria, de mi gente, de la gente de La Habana Vieja y de todos los que trato de servir con lealtad a pesar de mis muchas limitaciones”.

La Orden del Mérito de la República Federal de Alemania o Cruz Federal al Mérito fue instituida el 7 de septiembre de 1951 por decreto del entonces presidente federal Theodor Heuss. En el documento en el que se da constancia de su establecimiento se expresa que con ella se desea “expresar visiblemente el reconocimiento y la gratitud a los hombres y mujeres del pueblo alemán y de los países extranjeros”, un premio para quienes destacan por sus logros en los campos de la actividad política, socioeconómica, cultural e intelectual.

Mediante su concesión se pretende llamar la atención de la opinión pública hacia aquellas realizaciones que revisten especial significación para la sociedad. Es la máxima expresión de reconocimiento de la República Federal de Alemania por méritos contraídos en pos del bien común.

dest Eusebio Leal Spengler, Caballero de la Orden de Leopoldo

Eusebio Leal Spengler, Caballero de la Orden de Leopoldo

Eusebio Leal Spengler, Caballero de la Orden de Leopoldo

Julio 5, 2021

 

El 1 de junio de 2016 el Dr. Eusebio Leal recibió la más alta distinción nacional concedida por el Reino de Bélgica, la Orden de Leopoldo, en el grado de Caballero.  El acto, celebrado en el Palacio del Segundo Cabo, estuvo presidido por el excelentísimo señor Didier Reynders, viceprimer ministro y ministro de Asuntos exteriores y europeos de ese país, quien se encontraba de visita oficial en la Isla.

En la lectura que antecede la imposición de la orden, el Sr. Reynders señaló que con ella “la nación belga se honra en reconocer la larga historia de cooperación y amistad que compartimos con la Oficina del Historiador y, muy especialmente, con su director y guía, el Doctor Leal”.

La Orden de Leopoldo fue establecida el 11 de julio de 1832 por el primer rey de los belgas, Leopoldo I (1790-1865). Leopoldo pertenecía a la casa de Sajonia-Coburgo-Gotha y, al ser viudo de la princesa Carlota Augusta de Hannover, estaba vinculado a la casa real británica.

 A finales de agosto de 1830, las provincias del sur del Reino Unido de los Países Bajos se levantaron contra el dominio de la casa de Orange. Las potencias internacionales reunidas en Londres acordaron apoyar la independencia de Bélgica, a pesar de que los neerlandeses se negaban a reconocer la separación del territorio. Con el nacimiento de un nuevo estado, que proclamó como forma de gobierno una monarquía constitucional hereditaria, fue preciso la elección de una persona que asumiera el poder. Esa persona fue Leopoldo, quien juró lealtad a la constitución y se convirtió en rey el 21 de julio de 1831.

Cuando la revolución belga de 1830 proclamó la independencia de los por entonces conocidos como Países Bajos del Sur, muchos no apostaron por su pervivencia como país. Siendo un hábil diplomático y un hombre ilustrado, Leopoldo sabía que un estado-nación necesita reafirmar su identidad a través de símbolos reconocibles que afiancen la unidad política y cultural. En ese sentido, la fundación de la orden estableció un honor diplomático que los singularizaba. Para su constitución tomó referencias de otras ya existentes, como la tradición de honor francesa, que suelen tener cinco clases.  

En la jerarquía de honores belgas, la Orden de Leopoldo ocupa el primer lugar. Le siguen la Orden de la Corona y la Orden de Leopoldo II. Las órdenes nacionales belgas se conceden por Decreto Real. Esta, en especial, es una condecoración al mérito civil y militar, con cinco clases (Gran cordón, Gran oficial, Comendador, Oficial y Caballero) y tres divisiones (civil, militar, marítima). Se le identifica con el color púrpura claro. Recompensa a ciudadanos belgas o a personalidades extranjeras del sector civil que hayan ofrecido inestimables servicios o contribuciones al Estado belga o a su sociedad, o a los militares que hayan realizado excepcionales muestras de valentía en el cumplimiento de sus funciones. Es un reconocimiento, además, que premia las largas trayectorias en el ejercicio profesional.

La Orden de Leopoldo le fue conferida a Leal por el Decreto de su majestad Felipe de los Belgas. En la ceremonia de entrega, Canciller del Reino enfatizó sus méritos excepcionales y la cooperación entre su gobierno y la Oficina del Historiador, presente en la restauración de inmuebles como el Museo del Chocolate, en proyectos de formación profesional y de viviendas, y en otros que establecen lazos culturales entre ambos países como Vitrina de Valonia y el propio Palacio del Segundo Cabo.

La insignia de la orden es una Cruz de Malta esmaltada en blanco, en plata para la clase Caballero y en oro para las superiores. Entre las puntas de la cruz tiene hojas de laurel y de roble. El disco central muestra un león sobre un fondo de esmalte negro rodeado de un anillo de esmalte rojo con el lema de la orden: L’union fait la forcé Eendracht maakt macht, que en francés y en neerlandés significan “La unión hace la fuerza”. La cruz está rematada por una corona; puede tener espadas cruzadas o anclas debajo de ella, en caso de ser de la división militar o marítima, en tanto la civil no tiene ningún motivo distintivo. En el reverso del disco central se encuentra el monograma LR (Leopoldus Rex, es decir, Para el rey Leopoldo I).  

dest Fanny Elssler

Fanny Elssler

Fanny Elssler

Julio 2, 2021

 

Fanny Elssler (Viena, 1810-1884), en palabras de Alejo Carpentier, se convirtió en “la primera gran bailarina que atravesó el océano para danzar en nuestro continente”.

El profesor y crítico de danza, Ismael S. Albelo, en una entrevista ofrecida a nuestro equipo expresó:

El evento más importante que tuvimos en nuestro país en el siglo XIX fue la presencia en dos ocasiones de Fanny Elssler, la bailarina austriaca, y una de las grandes figuras del romanticismo europeo (…) Regaló en Cuba, en dos oportunidades, su baile. En una ocasión en el Gran Teatro de Tacón, en La Habana y en el Teatro Principal de Matanzas. Con Elssler se abre el camino del ballet en nuestro país (…); aunque ya se habían estrenado obras importantes como Giselle o La sonámbula, Elssler es una figura fundamental de la historia del ballet mundial. Como no viajaba con una compañía grande sino con solistas y se componían los cuerpos de baile en los países que visitaba, utilizó esclavas negras para el cuerpo de baile de La sílfide cuando bailó en La Habana y en Matanzas. Por eso, quizás, las esclavas fueron las primeras bailarinas cubanas en nuestro país, y eso fue gracias a la Elssler.

Fanny Elssler, en febrero de 1841, fechó una de sus Cartas desde La Habana en la que expresó: “Estoy encantada de haber venido a Cuba, no meramente por haber extendido mi renombre, sino por el encanto que he hallado en todo lo que me rodea. El cielo, el clima, sus sabrosas plantas, el pueblo, su generosidad, su hospitalidad (…)”.

Copia 2 Altolaguirre y Zambrano

Dos malagueños, una isla. Un acercamiento a las obras de María Zambrano y Manuel Altoaguirre durante su estancia en Cuba

2 Altolaguirre y Zambrano

Anet González Valdés

Yohannia Pérez Valdés

Junio 11, 2021

 

Durante la guerra civil española, y luego del establecimiento de la dictadura de Francisco Franco, se produjo un éxodo de intelectuales hacia otros países, tanto europeos, como americanos. Uno de los destinos elegidos fue Cuba, lugar donde no solo encontraron refugio, sino también un espacio en el que podían seguir desarrollando sus competencias intelectuales y mantener la lucha por España, ahora desde el otro lado del Atlántico.

María Zambrano y Manuel Altolaguirre no solo comparten el lugar de origen, Málaga, sino que también sufrieron el exilio. Ellos encontraron en la isla un sitio donde continuar sus quehaceres literarios, filosóficos, políticos. Durante este período convivieron en el mismo círculo intelectual, lo que los llevó a colaborar en disímiles ocasiones, así como a compartir con otras destacadas figuras tanto cubanas como españolas. La temática del exilio se encuentra convertida en poesía en sus textos, ambos poetas la aprehenden y vuelcan en sus creaciones.

Zambrano, Altolaguirre y grupo Orígenes

En diversos momentos, el exilio trajo de la mano a Zambrano hacia Cuba. Así la isla la acogió en varios períodos, un total de 13 años. Durante sus viajes a Cuba se vinculó al movimiento intelectual y se desempeñó en varias actividades docentes. Impartió clases, cursos y conferencias en universidades, como el Instituto de Altos Estudios e Investigaciones Científicas en La Habana (1940) y el Ateneo, donde ofreció un curso sobre Ortega y Gasset, de quien fuera discípula, y otro sobre San Juan de la Cruz. De igual manera, se vinculó al movimiento de exiliados españoles que existía en la isla y desarrolló un curso sobre ética griega en la Escuela Libre de La Habana, fundada entre cubanos y españoles, y dirigida por Doctor J. Miguel Irisarri.

El contexto espacio-temporal, sus indagaciones intelectuales y su sensibilidad poética y filosófica la vincularon con un grupo de poetas, novelistas y ensayistas cubanos que luego se aglutinarían en la revista Orígenes. El primer día de su llegada a La Habana conoció a José Lezama Lima, con quien mantuvo una relación muy especial, que puede apreciarse en un extenso epistolario que advierte la profunda amistad que nació entre estos dos escritores.

Orígenes conforma una parte indisoluble de la obra y el pensamiento zambraniano y, además, significó el primer encuentro de la poeta con la creación de Lydia Cabrera, Virgilio Piñera, Wifredo Lam, Cintio Vitier, Fina García Marruz, etc. La revista funcionó como una bisagra donde se articularon y retroalimentaron obras de la malagueña y muchos cubanos. Tal es el caso de La Cuba secreta, ensayo donde define las virtudes y singularidades poéticas de los miembros de Orígenes, que pone en evidencia su cercanía con el grupo [1]. En este ensayo, además, establece su relación con la isla, sobre la que llega a afirmar: “Y así, sentí a Cuba poéticamente, no como cualidad sino como sustancia misma. Cuba: sustancia poética visible ya. Cuba: mi secreto” [2].

Ella era parte de lo que llamaría Eliseo Diego:

Toda una constelación de ingenios como habrá habido pocas en lo que va de siglo, aunque entonces no nos percatáramos de ello […]. Nos reuníamos en torno a nuestra María solo por el placer de escucharla. Hasta el propio José Lezama Lima callaba para oírla [3].

Altolaguirre también mantuvo un estrecho vínculo con los intelectuales de la isla. Él y Concha Méndez, su esposa también poeta española, enseguida volvieron a tener contacto con quienes habían conocido en Europa, como Alejo Carpentier, José María Chacón y Calvo, Juan Marinello y Nicolás Guillén, además de establecer nuevas relaciones. En Cuba encontraron el espacio idóneo, pues los cubanos se sentían cercanos con la guerra civil no solo por los lazos que aún se tenían con España, sino por los sucesos revolucionarios que habían acontecido recientemente en la isla.

El matrimonio enseguida encontró auxilio en muchos de sus amigos, quienes buscaron los medios para brindarle apoyo. En poco tiempo ya le habían agenciado varias conferencias y lecturas, además, recibieron varios donativos, como el brindado por una de los mayores mecenas del arte cubano, María Luisa Gómez Mena, que les permitió comprarse una imprenta. Con La Verónica, nombre que recibe la máquina, comienza uno de los capítulos más fructíferos en el arte de la impresión, no solo para el matrimonio, sino para Cuba.

En La Verónica verían la luz dos números de Espuela de plata, dirigida por Lezama Lima, una de las primeras revistas donde confluyen personalidades como Virgilio Piñera y Cintio Vitier. Además, una vez establecido en México continuó colaborando con ellos. En 1954, en una de sus visitas a la isla, publica un texto en la revista Orígenes.

De impresores y revistas

Desde la llegada de Zambrano a Cuba, sus escritos aparecieron en prestigiosas publicaciones periódicas de la isla. Ya desde Espuela de plata mantuvo una estrecha colaboración con Lezama Lima, que aumentaría con la llegada de Orígenes. Pero sus ensayos pueden leerse también en revistas como Bohemia, La Gaceta de Cuba, Ciclón, Credo, Crónica, Cuadernos de la Universidad del Aire, La Torre, Nuestra España y Universidad de La Habana. Sus ensayos “Las dos metáforas del conocimiento” y “San Juan de la Cruz”, fueron publicados en La Verónica, publicación dirigida por Manuel Altolaguirre en colaboración con Concha Méndez. Esta revista, que llevaba el nombre de la imprenta, fue una de las tantas que nació bajo el celoso cuidado del matrimonio.

Y es que Altolaguirre desde muy joven se vinculó con la labor de impresor. En su haber tiene varios títulos de revistas que resultan claves para estudiar la literatura española de la etapa, como Ambos (1923) y Litoral (1926-1929), que recogen a los escritores que luego serían conocidos como la Generación del 27, en la que él se incluye, entre otras. Además, varias colecciones de cuadernos de poesía en las que pueden encontrarse desde autores españoles como Federico García Lorca, Luis Cernuda, Jorge Guillén y Miguel Hernández; también escritores latinoamericanos que aún eran poco conocidos como Pablo Neruda, César Vallejo y Nicolás Guillén.

Una vez en Cuba, con su imprenta La Verónica se realizaron varias publicaciones, como Nuestra España (1939-1941), revista que se convirtió en portavoz de los republicanos exiliados en Cuba, Atentamente (1940) y La Verónica, entre otras. Se imprimieron dos colecciones: “El ciervo herido”, dedicada a autores españoles tanto clásicos como recientes, en donde aparecen los poemarios Nube temporal, del propio Altolaguirre y Lluvias enlazadas, de Concha Méndez, y “Héroe”, que se nucleaba con autores de la isla. Aquí aparecieron títulos tan cruciales para la literatura cubana como Cuentos negros de Cuba, de Lydia Cabrera, Indagación al choteo, de Jorge Mañach, Sabor eterno y Júbilo y fuga, de Emilio Ballagas, entre otros. Entre todas estas ediciones, uno de los primeros textos que vieron la luz fueron Versos sencillos y luego Versos libres de José Martí.

Pero en La Verónica no solo se imprimían textos vinculados a la literatura, sino también catálogos de galerías y pintores. Y es que las artes todas confluyeron en un momento en el que se respiraba cultura, talento.

El exilio como espacio de creación

Las obras más importantes de Zambrano vieron la luz lejos de su patria o fueron motivadas por su condición de exiliada, que para ella no comienza al abandonar el país, sino que el expulsado se forma mediante diferentes fases (refugiado, desterrado, exiliado). Así, desde su pensamiento poético y filosófico, da una nueva definición de exilio. En su poesía, el camino hacia el exilio no se inicia con el abandono de la tierra natal, porque un ideal de ella acompaña al expulsado. Luego, este sentimiento se va transmutando primero en resistencia (en el estado de refugiado), para devenir aceptación (desterrado). En la condición de desterrado ya no se anhela la lejanía, se crea un nuevo sentir de expulsión y distancia, y es esta pérdida la que construye el estado de exilio:

Y mientras, el desterrado mira, sueña con los ojos abiertos, se ha quedado atónito sin llanto y sin palabra, como en estado de pasmo. Y si atiende a su oficio, sea el mismo o diferente de aquel que tenía, no le saca de esa mudez, aunque para cumplirlo haya de hablar. Ningún quehacer le hace salir de ese estado en que todo se ve fijo, nítido, presente, mas sin relación [4].

Al finalizar la dictadura española, Zambrano regresa a su tierra natal, y en 1979 ve la luz Los bienaventurados, obra cumbre donde formula todas sus teorías y experiencia como exiliada. En esta publicación logró condensar sus vivencias y dio un nuevo sentido y definición a la condición de exiliado. El libro describe la etapa del exilio:

Como una peregrinación y como un desierto, como símbolo de lo desconocido, es un espacio infinito, donde hallar una nueva patria y también donde poder encontrarse a sí mismo.

Así, en la poesía de Zambrano, el viaje del expulsado traspasa las fronteras de un viaje físico hacia el exilio, para convertirse también en un viaje espiritual, donde reencontrarse lejos de la tierra natal.

Pero para el exiliado existen varias clases de viajes, además del físico y el interior, hay otro que ronda como una constante la obra de Zambrano: el regreso. El reencuentro con los sitios abandonados, pero no olvidados. Al volver, como en un viaje hacia la nostalgia, nunca se llega al lugar imaginado, añorado, porque tras la partida solo existe en el recuerdo, en la poesía, y es a través de ella que Zambrano lo alcanza.

En esta búsqueda de sí, se pasa por un período de metamorfosis, dejando atrás parte de la patria para luego hallar una “patria prenatal”, como Zambrano llamó a Cuba por sus años y experiencias vividas en La Habana:

Y siempre pensé que al haber sido arrancada tan pronto de Andalucía tenía que darme el destino esa compensación de vivir en La Habana tanto tiempo, pues que las horas de la infancia son más lentas. Y ha sido así, en La Habana recobré mis sentidos de niña, y la cercanía del misterio [5].

En 1940 Altolaguirre publica Atentamente. Se trata de una revista de un solo autor, de dos números que cada uno cuenta con dos capítulos. Aquí dio a conocer sus memorias, sus vivencias y su experiencia como exiliado. Desde el distanciamiento que le brindaba Cuba, ya pasado el tiempo prudente, decide escribir sobre sus experiencias al tener que abandonar España. No solo se trata de tener que dejar su patria, del fracaso de la guerra, aquí refleja lo que tuvo que atravesar. Él narra a viva voz sus experiencias, las que comparte con otros exiliados. Su estancia en el campo de concentración en Francia, lo que vio sufrir a los otros españoles, no es parte de su pasado, sino el presente que lo impulsa a escribir estas páginas.

Apuntes finales

María Zambrano llega por primera vez a Cuba en 1936, Manuel Altolaguirre lo hace en 1939, cuando ya los republicanos habían perdido la guerra. El arribo de ambos tiene varios puntos en común, llegaron por cuestiones del azar, Zambrano iba en camino a Chile cuando deciden hacer una escala; Altolaguirre, por su parte, tomó un barco rumbo a México, pero debe desembarcar en Santiago de Cuba para que su hija recibiera atención médica. Estos dos malagueños colaboraron en más de una ocasión. Zambrano escribió un hermoso prólogo para El solitario, misterio en un acto, de Concha Méndez, y en La Verónica se publicaron ensayos de ella.

Era el azar quien los trajo por primera vez, pero ellos decidieron quedarse y retornar. Como ha quedado demostrado, la Isla se convirtió en un espacio de espera en el exilio, pero también de creación y reflexión. Patria prenatal para Zambrano, terreno fecundo para Altolaguirre. A decir de Nicolás Guillén, recibieron en el rostro el “sol cubano, tantas veces entrevisto […] desde su Málaga natal, sumergida también en la misma blanca luz de nuestra isla” [6].

 

Notas

* Conferencia presentada en el II Coloquio Presencias Europeas en Cuba, 2018, del Centro para la Interpretación de las Relaciones Culturales Cuba-Europa: Palacio del Segundo Cabo.

[1] Este ensayo nace tras la publicación de Diez poetas cubanos, 1948, de Cintio Vitier.

[2] Publicado en Endymion, Madrid, 1996.

[3] María Zambrano en Orígenes, Ediciones del Equilibrista, México D.F., 1987.

[4] María Zambrano: Los bienaventurados, Ediciones Siruela, 2004.

[5] María Zambrano: La Cuba secreta y otros ensayos, ed.cit.

[6] Matías Marchino Pérez y María Rubio Martín: Nicolás Guillén: hispanidad, vanguardia y compromiso social, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, Cuenca, 2004.

Anet González Valdés: Licenciada en Letras por la Universidad de La Habana. Fue redactora-editora de Ediciones Boloña, en la Oficina del Historiador de la ciudad de La Habana y coordinadora del Premio Casa Víctor Hugo, que estimula la investigación y la creación artística y literaria referidos a los contactos e influencias recíprocas entre las culturas francesa y cubana. En 2017 participó en el Congreso Internacional de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA), realizado en Lima, Perú.

Yohannia Pérez Valdés: Licenciada en Letras por la Universidad de La Habana. Profesora Instructora de Español básico de la Facultad de Artes y Letras y editora de las publicaciones académicas de la Editorial Universidad de La Habana. En 2010 se graduó del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y en 2011 obtuvo la Beca de Creación Literaria “Caballo de Coral”.

Francisco Prat Puig

Francisco Prat Puig. Su esencia universal

Francisco Prat Puig

Yaumara López Segrera

Mayo, 28, 2021

 

El 11 de noviembre de 1906 en la Pobla de Lillet, provincia de Barcelona, Cataluña, España, nace el mayor de los tres hijos del matrimonio de Conrado Prat Fábregas y Luisa Puig Metó que fue inscrito con el nombre de Francisco Conrado Prat Puig en la partida de nacimiento número 67, tomo 8, folio 29, como certificó Don Pedro Barral Pedrals, juez municipal de la villa, en el acta expedida el 4 de junio de 1939, año de la Victoria.

Muy joven se traslada con su familia a Santa Coloma de Farnés, provincia de Gerona, donde conjuntamente con jóvenes contemporáneos a él, y gracias a la intensa preparación brindada por su padre, se presenta a los exámenes libres del Bachillerato y obtiene dicho título en 1926 [1].

El interés por continuar estudios, por una parte, y los escasos recursos familiares por otra, lo precisan a trabajar como pasante de abogado, mozo de botica y ayo de colegios privados para poder pagar sus estudios superiores. Así cursó las especialidades de Licenciatura y Doctorado en Filosofía y Letras [2] y Licenciatura en Derecho, en el período de 1926 a 1930 en la Universidad de Barcelona.

Se titula Licenciado en Derecho el 21 de enero de 1931, como se certifica en registro especial de la Sección de Títulos con el número 37 y folio 108, y de Licenciado en Filosofía y Letras, sección de Historia, como se asevera en el certificado número 150 de folio 101. Ambos documentos están refrendados con la firma del rector Don Jaime Leiva [3].

En 1931 se presenta en oposición para la Cátedra de Segunda Enseñanza del Instituto de Mataró, comarca catalana, y ya con la categoría de Profesor Titular desempeña su labor como docente hasta 1937. Conjuntamente con esta actividad, trabaja como auxiliar de la Cátedra de Arqueología Antigua de la Universidad de Barcelona, simultáneamente ejercía como secretario en el Instituto de Segunda Enseñanza de Mataró y se prepara para su Doctorado. Debido a su empeño personal logró que a dicha institución educacional pudieran incorporarse alumnos pobres en igualdad de condiciones.

Su continua labor de investigación tiene como resultado el descubrimiento de un acueducto romano en Pineda, acerca del cual presenta un trabajo en un concurso convocado por el Instituto de Estudios Catalanes, por el cual recibe el premio “Martorell” [4] en el año 1933.

En el año 1936, el Departamento de Memorias de la Sección Histórico-arqueológica del propio instituto, publica dicho trabajo; por este mérito la Universidad Autónoma de Barcelona, tenía el propósito de otorgarle la categoría de Doctor, hecho que no tuvo lugar por el estallido de la Guerra Civil Española, en 1936.

Como militante activo de los partidos políticos catalanistas de izquierda se alista en el frente del Pirineo como voluntario. Fue nombrado “Miliciano de la Cultura”, especie de comisario político, de la brigada 131, segundo Batallón, el 11 de octubre de 1938. Desempeñó, además, transitoriamente, la jefatura de una base de instrucción militar.

Al ser derrotadas las tropas republicanas por las fuerzas franquistas, el Gobierno francés ofrece refugio a los partidarios de la malograda República Española. Prat fue detenido y enviado a un campo de refugiados en Agde [5], departamento de Hérault, Francia, donde trabajó como enfermero, conjuntamente con varios médicos refugiados, en la enfermería conformada por ellos mismos.

El caudal de conocimientos de Prat y su espíritu resuelto propiciaron el intercambio intelectual con el jefe del campamento de refugiados, Monsieur Georges Benoit-Guyod, por intereses afines a la arqueología y la cultura en general.

Transcurre entonces un período de trabajo y descubrimientos arqueológicos en Agde hasta que se le hace oportuna la salida de Francia con los documentos de identificación de su cuñado que había fallecido. Su salida sería por el puerto de Burdeos hasta Nueva York, y luego a Miami de donde parte hacia La Habana.

Con 33 años llega a Cuba. Esta sería su patria adoptiva y el lugar en donde transcurrió la mayor parte de su laboriosa y fructífera vida.

Cuba. La Habana (1939-1948)

Entre los principales propósitos de Prat figuraría establecer relaciones con personalidades de la cultura habanera que pudieran introducirlo en la intelectualidad cubana, y así lograr trabajar para el sustento de la familia, siempre pensando en su irrebatible preparación profesional y su competencia. Su acercamiento e identificación con esta, su segunda patria, lo conducen a adoptar la ciudadanía cubana el 16 de abril de 1947 [6].

En su afán de profundizar sus conocimientos acerca del fenómeno cultural cubano, concurrió a cursos impartidos por la institución Hispano Cubana de Cultura y en la Universidad de La Habana sobre tópicos de Cultura Latinoamericana y cubana. Paralelamente a su superación profesional y a la labor como docente, iniciaría su obra como restaurador en nuestro país.

La restauración de la iglesia de Santa María del Rosario, en el año 1940, a la que dedicaría sus más denodados esfuerzos, es considerada como el punto de partida de dicha faena. No tardaría entonces en ser reconocida la figura de Prat entre los intelectuales de todo el país, quienes no tuvieron reparos en solicitar su concurso en diversas ocasiones.

Así ocurrió en 1942 cuando Pedro Cañas Abril y Felipe Martínez Arango, presidente y secretario respectivamente de la Comisión Pro Monumentos, Edificios y Lugares Artísticos de Santiago de Cuba, requieren su presencia para que impartiera conferencias sobre arquitectura colonial; marco este que fue propicio para invitarlo a formar parte del claustro de profesores de la ya esbozada Universidad de Oriente.

Esta visita a Santiago de Cuba se sumó a sus disímiles periplos realizados a través de toda la isla, con el propósito de estudiar la arquitectura cubana. Su agudo sentido de la observación le permitió detectar en uno de los extremos de lo que fuera la Plaza de Armas de la ciudad, un edificio a todas luces muy antiguo al cual, luego de exhaustivas investigaciones, identificó como la casa más antigua de Cuba y quizás de América, la cual según sus palabras: “Es el primer paso o punto de partida de una tradición constructiva criolla”.

En 1947, en el Congreso de Historia Local en San Juan, Puerto Rico, el Doctor Francisco Prat Puig recibiría los Votos de Gracias por su libro El Pre Barroco en Cuba. Actualmente dicha obra es considerada bibliografía básica a consultar por todos los interesados en el estudio de la génesis de la arquitectura en nuestro país.

Prat, con el conocimiento del proyecto de instauración de la Universidad de Oriente, visita nuevamente Santiago de Cuba para dar conferencias en la Sociedad de Estudios Superiores de Oriente (SESO) y participa en la fundación de dicha Universidad en 1947. Un año después se establece definitivamente en Santiago.

Santiago de Cuba (1948-1997)

El 20 de febrero de 1948 se incorpora a la Universidad de Oriente, donde ejerce como profesor en la entonces Facultad de Filosofía y Letras. Su labor no se limitaría solamente a la docencia, pues en 1951 tomó parte en el concurso para el proyecto del nuevo Ayuntamiento de Santiago de Cuba, cuya solución estuvo inspirada en un diseño de Cabildo para esta ciudad en el siglo XVIII y el cual le valió el polémico primer lugar.

A inicios de la década del sesenta se le confiaría la restauración del Castillo del Morro de Santiago de Cuba, con el total amparo de la recién creada Comisión de Monumentos y la disposición y apoyo de dirigentes de la misma y del Ministerio de Cultura.

Toda actividad llevada a cabo por Prat no constituyó un obstáculo para el total desempeño de su más anhelado propósito: la docencia. La pasión por su profesión como maestro, aprendida desde muy niño, lo encaminó a participar en la obra más humana de la Revolución Cubana: la Campaña de Alfabetización.

Desde inicios de los sesenta desempeñó múltiples cargos tales como: decano de la Facultad de Filosofía y Letras (1961-1963), decano de la Escuela de Historia (1963-1968), decano de la Facultad de Humanidades (1963-1965), director del Departamento de Historia de la Cultura y asesor de la Biblioteca Central de la Universidad de Oriente y del Archivo de Historia de la misma (1966).

Sus inquietudes profesionales lo llevan a interesarse por eventos de su especialidad en el extranjero, así participó en el Congreso de Historia de Sevilla, donde su presencia se limitó a intervenir en las discusiones y formar parte de las comisiones que le designaron. En 1973, se suscribe al XXIII Congreso Internacional de Historia del Arte en Granada, donde presenta como ponencia “La casa de Diego Velásquez y el Museo de Ambiente Histórico” [7], publicado en las actas de dicho evento. Su estancia en España fue favorable para que 50 discípulos de hacía 30 años se valieran de la misma con el fin de rendirle homenaje al apreciado e inolvidable profesor.

En la segunda mitad de la década del setenta continuó su análisis acerca de nuestra arquitectura y profundizó sus estudios para determinar el carácter y naturaleza de la cultura material cubana de los siglos XVIII y XIX para publicar una edición ampliada del Pre barroco (1975-1977), la cual no se llevó a cabo.

Proseguía su labor con la Comisión Nacional de Monumentos, donde ejercería como asesor durante 3 años. Su trabajo en la provincia de Santiago de Cuba comprendió restauraciones de casas de vital importancia histórica, varias ambientaciones además de montajes de museos como, por ejemplo: Casa del Poeta José María Heredia, Fuerte de Yarayó, Casa Museo de Ambiente Histórico Cubano, entre otras.

Una etapa culminante en la faena de este infatigable hombre, maestro entre maestros, apasionado y sensible, comenzaría en la década del ochenta. El 17 de febrero de 1981, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, se le otorgó el Doctorado en Ciencias del Arte que, de acuerdo con la ley promulgada en 1974: “Podrá ser conferida como especial excepción a las personas que, sin ser candidatos a Doctor en Ciencias, sean reconocidos notoriamente por su trabajo científico destacado, innovaciones o descubrimientos”. Un año más tarde sería nombrado Profesor de Mérito de la Universidad de Oriente.

La Oficina Técnica de Restauración del Centro Histórico de Santiago de Cuba contó con su asesoramiento en los años 1988 y 1989, dos años después de haber sido fundada. Su tarea como consultante de especialistas, pertenecientes a dicha oficina técnica, le permitió transmitir sus experiencias y conocimientos, y formó discípulos que hoy figuran dentro del equipo profesional de la Oficina del Conservador de la ciudad de Santiago de Cuba, encargados de rescatar, restaurar y preservar nuestro patrimonio arquitectónico.

La realización de uno de sus más preciados sueños se llevaría a efecto con el proyecto futuro de un museo de arte con objetivos pedagógicos, en el cual serían expuestos un cúmulo de piezas de alto valor recopiladas por él a lo largo de toda su vida profesional. El Centro Cultural Francisco Prat Puig de Santiago de Cuba, inaugurado el 1ro. de agosto de 2003, guarda celosamente esta colección y realiza numerosas acciones culturales destinadas a enriquecer la espiritualidad de los santiagueros.

Retirado de la docencia directa en su casa de El Caney, pero dispuesto a recibir a todo aquel necesitado de una consulta, una valoración o una crítica, transcurrirían sus últimos años de vida. Es entonces cuando España, su primera patria, vuelve sus ojos hacia uno de sus ilustres hijos cuya vida profesional no pasaría inadvertida. Así le honra con la Orden Isabel La Católica el 6 de diciembre de 1991, dada en Madrid el 8 de mayo de 1992.

Fue la primera condecoración de esta jerarquía que en el presente siglo se le otorga a un cubano y cuyos antecedentes se remontan a 1880, cuando las autoridades coloniales por mandato de la Real Corte Ibérica se la impusieran al senador santiaguero Don José Bueno y Blanco.

En Barcelona, por acuerdo del 9 de marzo de 1993, la Generalitat de Catalunya le otorga su más alta distinción La Cruz de San Jorge: “Por su seria contribución al estudio, la difusión y recuperación del arte en Cuba, por su trabajo de restauración y la fundación de dos museos. Por los serios y rigurosos aportes eruditos en el ámbito de la Arquitectura, la Arqueología y la Historia del Arte”. Dada en Barcelona el 27 de abril de 1993, por los señores presidentes y secretario de Gobierno.

El 28 de mayo de 1997 fallece el Doctor Francisco Conrado Prat Puig, maestro, restaurador, hombre de mente preclara y luminosa; quien, aun cuando su partida fue silenciosa, se mantiene presente entre nosotros cual celoso vigía de la obra engendrada en Santiago de Cuba, que un buen día lo hechizara y atrajera a sus mestizas calles.

 

Notas

* Conferencia presentada en el II Coloquio Presencias Europeas en Cuba, 2018, del Centro para la Interpretación de las Relaciones Culturales Cuba-Europa: Palacio del Segundo Cabo.

[1] Expediente docente de Francisco Prat Puig, situado en el Departamento de Recursos Humanos de la Universidad de Oriente.

[2] Por beca otorgada por Botet y Liró y Francisco Montsalvatge, archivo personal.

[3] Estos títulos se encuentran en poder de la familia.

[4] Famoso arqueólogo catalán, presidente del jurado que otorgaba el premio en su nombre en el Instituto de Estudios Catalanes.

[5] Prat llega a Agde el 15 de marzo de 1939 y es ubicado en la barraca Año 2 del campo No. 1.

[6] Como se signa en el acta No. 66, t. 9, Folio 213 de la sección de ciudadanías del Registro de Marianao.

[7] Actas del XXIII Congreso Internacional de Historia del Arte, CIHA, Separata, Granada 3-8 de septiembre, 1973, “La casa de Diego Velázquez y el Museo de Ambiente Histórico Cubano”, Francisco Prat Puig, Universidad de Oriente, Cuba (publicados solo 2 capítulos centrales de 7 iniciales).

Yaumara López Segrera: Doctora en Estudios Ibéricos e Iberoamericanos en cotutela por la Universidad de Oriente, Cuba y la Universidad Michel de Montaigne, Burdeos 3, Francia, con la investigación Del Paradigma Tecnológico al Paisaje Arqueológico: presencia francesa y cultura del café en el sudeste cubano en la primera mitad del siglo XIX. Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Desde 2014 es codirectora del proyecto de cooperación internacional Los caminos del café, financiado por la Unión Europea, la Fundación Malongo y la Oficina del Conservador de la ciudad de Santiago de Cuba. Es directora del Centro de Interpretación y Divulgación del Patrimonio Cultural Cafetalero: Casa Dranguet.

Fachada de la fábrica de tabacos y cigarros H. Upmann y Cía. Calle de Carlos III No. 159

La contribución de la inmigración alemana a la cultura material habanera durante los años 1901-1930

Fachada de la fábrica de tabacos y cigarros H. Upmann y Cía. Calle de Carlos III No. 159

Michael Cobiella García

Mayo 21, 2021

 

En los años que corren de 1901 a 1930, Alemania tuvo un importante peso en las distintas actividades económicas que surgieron y se desarrollaron en La Habana, así como en los vínculos comerciales que se propiciaban entre este país y Cuba. Tanto la Alemania kaiseriana, o Segundo Reich alemán, primeramente, como la posterior Alemania de Weimar ocuparon de facto posiciones cimeras en los vínculos económico-comerciales con la Isla durante todos estos años [1]. En Cuba, y en especial en La Habana, también existió una pequeña pero muy importante comunidad de inmigrados y residentes alemanes que mucho contribuyó al desarrollo de este tipo de actividades y vínculos. Es por estas razones que la ponencia tiene como objetivo esencial estudiar cuáles fueron las principales contribuciones e influencias de la inmigración (componentes étnicos) alemana a la cultura material habanera durante este período de tiempo específico. El análisis de estos aportes será abordado teniendo en cuenta algunas áreas concretas de la llamada cultura material, en estrecha relación con la presencia económico-comercial alemana, y la coexistencia de una colectividad de inmigrantes y residentes temporales de esta nacionalidad en la capital. Con el estudio de los aspectos esenciales de la contribución alemana a la cultura material habanera se busca propiciar una nueva arista investigativa con la cual continuar el largo camino cognoscitivo que debe determinar, y tratar de evaluar, antropológicamente, el significado verdadero de la impronta de estos inmigrantes en la historia etnocultural de la nación cubana durante la primera mitad del siglo XX.

La contribución alemana a la cultura material habanera no solo dependió de las inversiones monetarias directas que este país realizó en la urbe capitalina, si bien se puede afirmar que esta jugó un papel fundamental. La existencia misma de un amplio comercio trasatlántico entre la mayor de las Antillas con Alemania, posibilitó que un importante número de corporaciones industriales, comerciales, financieras y de servicios de diverso tipo, procedentes de esta nación, se establecieran directamente en La Habana, o estuvieran representadas por comerciantes comisionistas alemanes o, incluso, en muchos casos, por cubanos e hispanos que actuaban en este contexto económico-comercial. De hecho, Alemania ocupaba, y ocupó durante todos estos años, posiciones importantes, solamente superada por los Estados Unidos, Gran Bretaña y España [2].

A lo largo de estos 30 años, numerosas compañías alemanas incursionaron en el creciente mercado importador habanero, buscando crear potenciales consumidores nacionales, y tratando de penetrar varios importantes sectores económico-comerciales de la ciudad, en franca competencia con la hegemónica presencia empresarial estadounidense y británica. Sus ofertas incluyeron numerosos productos industriales, agrícolas, textiles, de ferretería, materias primas de primera necesidad, combustibles y servicios de diverso tipo, y muchos de ellos estuvieron respaldados por una acertada publicidad, por la calidad y el prestigio de las marcas registradas en los diferentes renglones [3]. Por otra parte, en estos mismos años, varios miembros de la comunidad alemana asentados en La Habana constituyeron una serie de compañías, algunas de ellas con capital mixto cubano, hispano o estadounidense, o establecieron negocios privados y personales de mediana o gran envergadura, generalmente de tipo industrial-comercial, con el objetivo de importar productos manufacturados o semimanufacturados de variada diversidad, provenientes de Alemania o del pujante y creciente mercado exportador estadounidense; además, con vistas a exportar productos agrícolas, materias primas y otros recursos naturales del país. Fue, entonces, gracias a las distintas operaciones de estas compañías, con sede permanente y registro legal en la capital, que fueron introducidos cuantiosos productos industriales, materias primas y combustibles de procedencia fundamentalmente alemana y estadounidense [4].

En este período de más de un cuarto de siglo, los principales aportes alemanes a la llamada cultura material estuvieron centrados principalmente en los renglones económicos de la producción agroindustrial y de los servicios públicos, dirigidos hacia las áreas específicas de la técnica, tecnología e instrumentos de trabajo, y del transporte. Esto no quiere decir que se niegue o desestime otro tipo de aportes a la cultura material habanera fuera de estas categorías. Sin embargo, entendemos que la información documental y bibliográfica analizada nos afirma que dichos aportes, como había venido ocurriendo desde el siglo xix, estuvieron dirigidos, y se hicieron mucho más evidentes, en las áreas de la cultura material referidas antes.

Al menos hasta donde se tiene información, el aporte alemán en esta área de la cultura material se orientó principalmente hacia el transporte terrestre, en especial el vinculado con los automotores o vehículos propulsados por motores de petróleo-diesel, gasolina o gas. Razones sobradas existen para constatar el porqué de este comportamiento. Una de ellas fue el hecho innegable del potencial tecnológico y constructivo de la industria automovilística teutona en esa época. A comienzos del xx, la industria del automóvil y de los motores de combustión interna en Alemania era una de las más poderosas a nivel global, con una capacidad de fabricación para la exportación ascendente, con marcas registradas de autos y camiones bien establecidas en el mercado internacional, y muy reputadas por los expertos del ramo. En el transcurso de estas tres décadas, se constató la presencia de los destacados fabricantes Benz & Cie. (motores, accesorios, autos y camiones marca Benz), Daimler Motoren Gesellschaft (motores, accesorios, camiones y autos marca Mercedes) y, a partir de su unificación, en 1926, Daimler-Benz AG; también los autos con pieza-patente Heymann para usarlos sobre líneas de FC, vía estándar.

Además, entraron productos importados, por lo general bujías, carburadores y magnetos, de los también renombrados fabricantes de accesorios R. Bosch GmbH y Ernst Eisemann & Cie. GmbH, ambos de Stuttgart, así como neumáticos y llantas Continental, producidas por la afamada compañía Continental AG. Para lograr sus objetivos, de conformar un gusto y predilección por sus ofertas comerciales, y de crear una necesidad cultural consumista en cierto sustrato de la población habanera, los futuros clientes potenciales contaron, como ya se ha dicho, con la colaboración de compañías de comerciantes importadores establecidas en la capital [5].

En cuanto al sector del transporte marítimo, las contribuciones alemanas fueron muy limitadas si las comparamos con las realizadas en los vehículos de motor de explosión. La documentación consultada, no obstante, permitió establecer la introducción de algunas pocas embarcaciones, en este caso de tipo y con fines militares, por vía de la capital. Se trató de barcos de guerra de pequeña envergadura, comisionados por la marina cubana y fabricados por el astillero naval alemán J. W. Klawitter de Danzig, Prusia. También, se emplearon 4 barcos de vapor de mediano tonelaje de fabricación y tecnología alemanas en el período aproximado de 1918-1921. Estas embarcaciones, Adelheid, Bavaria, Kydonia y Olivant, habían sido capturadas por las autoridades habaneras a finales de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, los documentos estudiados solo precisan el fabricante de uno de ellos, el Kydonia, construido en el astillero AG “Neptun” Schiffswerft & Maschinenfabrik de Rostock. Tampoco se conocen los tipos de labores en los que se emplearon dichos navíos durante el período mencionado [6].

Por su parte, en el transporte terrestre ferroviario, las contribuciones alemanas fueron mucho más importantes, quizá a un nivel semejante a las del transporte automotor. Estas se hicieron más evidentes en los ferrocarriles vinculados con la agroindustria azucarera. La no existencia de inversiones directas o indirectas en el sector de los servicios públicos, vinculados al ferrocarril urbano o rural, condicionó que estos aportes solo se manifestaran en la transportación de distintos tipos de mercancías, cargas, así como en otras labores varias, que se realizaban en algunos centrales azucareros y colonias cañeras pertenecientes a compañías privadas, tanto nacionales como extranjeras. Por lo general, estas propiedades industriales o agrícolas azucareras estuvieron fuera de los límites territoriales de La Habana. La mayoría de las contribuciones realizadas en los ferrocarriles estuvo vinculada con la introducción del más avanzado material rodante de fabricación alemana, en especial de locomotoras de vapor para acoplar a trenes de carga de diversa tipología y de vagones para la transportación básicamente de caña y de azúcar, aunque algún que otro material rodante halado pudo haberse introducido. Este material rodante consistió en locomotoras de vapor fabricadas por las firmas Berliner Maschinenbau AG, de Berlín, A. Borsig GmbH, de Berlín, Henschel & Sohn GmbH, de Kassel, Orenstein & A. Koppel AG, de Berlín, y por la R. Wolf AG, de Magdeburg, que a partir de 1921 asumió el nombre de Maschinenfabrik Buckau R. Wolf AG, así como vagones de carga de la firma radicada en los Estados Unidos, pero fundada con capital alemán, Koppel Industrial Car & Equipment Co., con sede en Pennsylvania. Es decir, ellas tuvieron el sello identitario tecnológico teutón, pero se diseñaron y construyeron siguiendo las necesidades estructurales y técnicas de los ferrocarriles azucareros cubanos, a pesar de que en este sector las importaciones de material estadounidense controlaron el mercado habanero y cubano por extensión [7].

La agroindustria azucarera fue uno de los renglones donde más se puso de manifiesto la entrada y utilización de los aportes técnicos y tecnológicos alemanes durante estos 30 años, a pesar de que en esta área de la economía cubana, la de mayor importancia en el país, no hubo inversiones directas teutonas en este período. La información consultada nos permitió sacar a la luz la presencia en el mercado cubano de un total de 8 grandes corporaciones alemanas fabricantes de variado tipo de maquinaria eléctrica, de vapor e hidráulica, para la producción del azúcar, así como de tractores, arados de vapor y numerosos implementos agrícolas para el cultivo de la caña, y para otros fines agrícolas no cañeros, ejemplo de ellos, las mochas y machetes de la celebrada marca Luckhaus & Gunther de la ciudad de Remscheid [8].

Las firmas más destacadas en la fabricación de maquinaria azucarera fueron, por orden alfabético: A. Niedlich & Cie., Maschinenfabrik & Eisengießerei, de Breslau; A. Wernicke Maschinenbau AG, de Halle; Braunschweigische Maschinenbauanstalt AG, de Braunschweig; Burckhardt & Weiss, de Sangerhausen; J. Kemna-Breslau, de Breslau; Sangerhausen Maschinenfabrik & Eisengrießerei AG, de Sangerhausen; Vogel & Balcke, de Hamburg y Wegelin & Hübner Machinenfabrik & Eisengießerei AG, de Halle.

También, se introdujeron algunos tractores motoarado sistema stock de manufactura alemana. Estos fabricantes tuvieron su base de operaciones principal en la capital, pero las ventas de sus productos industriales se destinaban a todo el país. No obstante, como en el caso de los británicos, fueron innegables sus contribuciones a la cultura material habanera, pues en la ciudad era donde se recibían, ensamblaban, comercializaban y transportaban estas maquinarias. En el mercado nacional se introdujo, entonces, maquinaria industrial azucarera de manufactura alemana, que estableció un paradigma por la calidad de su manufactura y por la gran eficiencia obtenida en las distintas operaciones en las que se emplearon. A su vez, en los campos cañeros del país, y en otras áreas de la agricultura, se emplearon instrumentos de trabajo de procedencia alemana, como machetes, azadones, segadoras y arados de diferentes tipos fabricados en la ya mencionada ciudad de Remscheid [9].

Como se ha podido apreciar, el capitalismo alemán incursionó con mucho ímpetu en importantes esferas de la economía y el comercio que ya se desarrollaban, o comenzaban a articularse, en La Habana de principios del siglo XX. Su presencia, sin duda de importante magnitud y fuerza, marcada por la eficiencia y experiencia, les permitió competir, a pesar de la rivalidad, frente a los principales antagonistas imperialistas, los Estados Unidos y el Reino Unido de la Gran Bretaña, durante todos estos años.

La existencia de una pequeña comunidad, pero muy significativa desde el punto de vista económico-social, coadyuvó en igual medida a propagar los patrones culturales e ideológicos esgrimidos por este capitalismo de ultramar y, sobre todo, sirvió de instrumento para reafirmar su presencia económico-comercial. Su objetivo primordial, acorde con los postulados más fieles del ideal imperialista en boga, fue tratar de crear una especie de necesidad subjetiva, que iba muchas veces más allá de las verdaderas urgencias materiales de la población cubana, sobre la trascendencia de adquirir, consumir y aplicar toda una serie de productos, técnicas, tecnologías y conocimientos prácticos made in Germany, como medios “lógicos” de garantizar la edificación de una nueva sociedad, a tono con los sacrosantos postulados civilizatorios de la cultura occidental de la época. Premisas que, en definitiva, eran pensadas, elaboradas, esgrimidas y propagandizadas por los centros del poder económico, político-ideológico y cultural, uno de los cuales, sin duda alguna, era Alemania.

Notas

* Conferencia presentada en el I Coloquio Presencias Europeas en Cuba, del Centro para la Interpretación de las Relaciones Culturales Cuba-Europa: Palacio del Segundo Cabo.

[1] Véanse Luis Valdés-Roig: El comercio exterior de Cuba y la guerra mundial, Imprenta Avisador Comercial, La Habana, 1920, pp. 142-143, 145,151-156,160-161 y 290-292; Oscar Zanetti Lecuona: Los cautivos de la reciprocidad. La burguesía cubana y la dependencia comercial, Ediciones ENPES, La Habana, 1989, pp. 15-16, 24-25 y 78-79.

[2] Para un primer acercamiento al tema, en el caso de las contribuciones alemanas, véanse Michael Cobiella: “Los componentes británicos y alemanes y los procesos étnico-culturales en la ciudad de La Habana (1901-1930)”, tesis de Doctorado en Ciencias Históricas, Facultad de Filosofía e Historia, La Habana, 2013, pp. 100-112; Michael Cobiella y otros: Presencia alemana en Cuba, Fundación Fernando Ortiz y Ediciones GEO, La Habana, 2008, hojas anverso y reverso.

[3] Véanse Luis Valdés-Roig: ob.cit., pp. 142-143, 145, 151-156, 160-161 y 290-292; Oscar Zanetti: ob.cit., 1927, pp. 15-16, 24-25, 78-79.

[4] Véanse Directorio de Cuba 1927: ob.cit.; Directorio de información general de la República de Cuba 1912, Imprenta Rambla, Bouza y Cía., La Habana, 1912; Directorio de información general de la República de Cuba 1914, Imprenta Rambla, Bouza y Cía., La Habana, 1914; Directorio de información general de la República de Cuba 1916, J. A. Borges del Junco, La Habana, 1916; Directorio de información general de la República de Cuba 1918, s/e, La Habana, 1918; Directorio general de la República de Cuba, Imprenta Rambla y Bouza, La Habana, 1907-1908; El Libro de Cuba 1925, República de Cuba, La Habana, 1925, p. 788; Guía Comercial e Industrial de Cuba, Imprenta La Prueba, La Habana, 1926; Guía Directorio del comercio, profesiones e industrias de la Isla de Cuba, Bailly-Bailliere e Hijos, Madrid, 1909; Guía Directorio de la República de Cuba, Publicada por Bailly-Bailliere-Riera, S. A., Barcelona, 1920; Guía Directorio de la República de Cuba, Anuarios Bailly-Bailliere y Riera reunidos, S. A., Barcelona, 1924; Guía Directorio de la República de Cuba, Anuarios Bailly-Bailliere y Riera reunidos, S. A., Barcelona, 1926; Libro azul de Cuba 1917, s/e, La Habana, 1917; Libro Azul de Cuba 1918, s/e, La Habana, 1918; Libro de Cuba. Cincuentenario de la independencia 1902-1952, s/e, La Habana, 1954, p. 910.

[5] Véanse Directorio de Cuba 1927: ob.cit.; Directorio de información general de la República de Cuba 1912: ob.cit.; Directorio de información general de la República de Cuba 1916: ob.cit.; Directorio general de la República de Cuba: ob.cit., 1907-1908; Adolfo Dollero: Cultura cubana (Cuban culture), Imprenta El Siglo xx, La Habana, 1916, p. 472; Guía Comercial e Industrial de Cuba: ob.cit.; Guía Directorio de la República de Cuba: ob.cit., 1920; Guía Directorio de la República de Cuba: ob.cit., 1924; Libro azul de Cuba 1917: ob.cit., pp. 168-169, 196-198.

[6] Véanse ANC. Fondo Secretaría de la Presidencia. Leg. 44, orden 77; Leg. 84, orden 20; Leg. 90, orden 35.

[7] Véanse ANC. Fondo Donativos y Remisiones. Leg. 402, orden 8; Directorio de información general de la República de Cuba 1912: Ob.Cit.; Directorio de información general de la República de Cuba 1916: ob.cit.; Directorio general de la República de Cuba: ob.cit., 1907-1908; Leach, G. A. P.: Industrial steam locomotive of Cuba, Industrial Railway Society, s/l, 1997, pp. 7, 10-14, 79-105.

[8] Véanse Directorio de Cuba 1927: ob.cit.; Directorio de información general de la República de Cuba 1918: ob.cit.; Guía Directorio de la República de Cuba: ob.cit., 1920; Guía Directorio de la República de Cuba: ob.cit., 1924; Reginald Lloyd: Impresiones de la República de Cuba en el siglo xx. Historia, gente, comercio, industria y riqueza, Lloyds Greater Britain Publishing, Londres, 1913, pp. 265; Hendrick C. Prinsen: Cane sugar and its manufacture, Norman Rodger, London, 1924, s/p.

[9] Véanse Libro azul de Cuba 1912, ed.cit., p. 166; Guía Directorio del comercio, profesiones e industrias de la Isla de Cuba, ob.cit.; Libro de Cuba, ob.cit., p. 792; Reginald Lloyd, ob.cit., pp. 265 y 469; George Clark Musgrave, Cuba: the land of opportunity, Simpkin, Marshall, Kent, London, 1919, p. 40.

Michael Cobiella García: Doctor en Ciencias Históricas y Máster en Antropología. Diplomado en Antropología Cultural e Investigador Asistente. Profesor Auxiliar en la Facultad de Español para no Hispanohablantes y de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana.