Pintura y grabado de artistas franceses en la Cuba del siglo XIX. (I parte)

Julio 10, 2014

I.  La isla inundada. Varias circunstancias y un solo contexto.

Por: Yanet Oviedo Matos

El otro no está condenado a ser un extraño,

sino que puede convertirse en mi semejante,

a saber, alguien que como yo, dice “yo”.

Paul Ricoeur.

Yo aquel súbdito obediente/ que en grado superlativo/soy militar a lo vivo/ y esqueleto a lo viviente [1]. Así, entonaba La Ronda de Manuel de Zequeira y Arango (1764-1846), la decimonónica centuria de la Cuba Colonial. El poeta que se decía invisible a causa de su sombrero cerraba el siglo que había iniciado la consolidación de la burguesía criolla formada bajo las doctrinas del iluminismo francés e inglés, para abrir un nuevo ciclo cultural, ahora envestido por los patrióticos versos de José María Heredia (1803-1839). Había llegado el momento de los pensamientos progresistas de Varela, Caballero y Saco, matizados con las óperas de Rossini y la contradanza cubana. El siglo XIX insular fue el escenario de tendencias como el Neoclasicismo y el Romanticismo que  paradójicamente, luego de anularse encontraron en innumerables obras su complemento.

Los tiempos del cólera corrían en la Cólquida borracha de sol [2] cuando en enero de 1818 bajo el auspicio de la Real Sociedad Patriótica, liderada por el intendente Alejandro Ramírez, y el Real Consulado quedaría inaugurada la Academia Gratuita de Dibujo y Pintura, nombrada ulteriormente San Alejandro. La administración de tan importante empresa se atribuyó al consagrado pintor francés Jean Baptiste Vermay (1786-1833), discípulo del reconocido artista Jacques Louis David (1748-1825), y quien se encontraba en La Habana desde 1815 por el destierro bonapartista. Hasta entonces la historia de las artes plásticas en nuestro territorio desconocía institución que aupara los más dispersos esfuerzos.

La carencia en nuestros nativos de una tradición artística milenaria como la de los incas, mayas y aztecas; la ausencia de escuelas de pintura como las de México, Quito y el Cuzco, unido además a la falta de conciencia de la clase dominante en relación al fomento de las artes, conduciría de manera inexorable a un atraso en este tipo de prácticas, consideradas discriminadamente oficio solo de negros y mulatos libres. No es de extrañar con tales antecedentes el carácter asincrónico y anónimo que caracterizó a la producción artística en este período, que hallándose en pleno Despotismo Ilustrado, tuvo, según afirma el investigador y crítico Jorge Rigol, mucho de lo primero y poco de lo segundo [3].

El denominado Siglo de las Luces habría de sentar las bases de una nueva política cultural en la mayor de las Antillas. La muerte de Carlos II dejando como sucesor a Felipe de Anjou, coronado Felipe V, se hizo sentir no solo en España, sino también es sus colonias. Se iniciaba la dinastía borbónica y con ella la extensa Guerra de Sucesión (1702-1713) que concluiría con la victoria de la alianza franco-española y los Pactos de Familia entre ambos regentes. Este hecho condicionaría la adopción en el panorama cubano de un amplio repertorio de formas y principios propios del modelo francés, al estilo del Rey Sol [4]  y su ministro Juan Bautista Colbert, cuya trascendencia al parecer había dejado sus frutos en la cultura gala, y no contentándose ahora lo hacía en la sociedad criolla.

Los intentos de modernización, ultimando el siglo XVIII, cristalizaron en una trasgresión estética dentro del naciente  imaginario cubano. La influencia francesa inundaría el gusto de la época. Las expresiones culturales llevarían desde entonces el aliento inconfundible de una nación que se había convertido tras una contundente Revolución (1789- 1799) en meca del arte, la moda y en cuna innata del neoclasicismo. La apropiación del tricornio en la indumentaria militar, el uso del linón, los colores claros, y posteriormente [5] el traje tipo reloj de arena y el polisón en la vestimenta femenina irían imprimiendo en la región una visualidad particular.

Asimismo, los lectores inquietos en busca de novedades literarias podían toparse con certeza en las librerías obras de François René de Chateaubriand (1768-1848), Alphonse de Lamartine (1790-1869) o Alexandre Dumas (1824-1895). El influjo francés en Cuba también enriqueció las artes escénicas. La crisis sufrida en el teatro Principal de La Habana en 1820 por la escasez de artistas y repertorios fue aplacada en gran medida por la compañía de pantomimas de Andrés Pautret con obras de la talla de Macbeth; o la presentación tres años después del ballet La Fille Mal Gardée.

[1] Fina García Marruz. Manuel Zequeira Arango en su bicentenario. En: Letras. Cultura en Cuba VIII. Editorial Pueblo y Educación. La Habana, 1997. p.394.

[2] Jorge Rigol. La Academia. Juan Bautista Vermay. En: Apuntes sobre la pintura y el grabado en Cuba. De los orígenes a 1927. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 1982. p.91.

[3] Jorge Rigol. Cuba: de los orígenes al siglo XVIII. En: Apuntes sobre la pintura y el grabado en Cuba. De los orígenes a 1927. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 1982. p.41.

[4] Luis XIV (1638-1715), rey de Francia.

[5] Siglo XIX

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