La Academia y los grabadores en el siglo XIX (III parte)

Enero 29, 2015

Por: Yanet Oviedo

En el año 1822 llega a La Habana la litografía de Aloys Senefelder mediante el pintor miniaturista francés Santiago Lessieur y Durand (1788-1848) quien montaría en la calle de Compostela, esquina Amargura un taller de grabado hasta 1829.  En las “Memorias de la Real Sociedad Económica” y en los “Anales de Ciencias, Agricultura, Comercio y Artes” de Ramón de la Sagra quedaron registradas varias de las ilustraciones de Lessieur, iniciador del comercio litográfico en la isla.

Es precisamente durante el siglo XIX que el grabado alcanza un alto grado de notoriedad, y es en gran medida, por el protagonismo de creadores franceses que acuden a la ínsula; unos obligados por las circunstancias, otros,  en busca de aventuras y nuevos horizontes que pintar. Es el caso del parisino Hippolyte Garneray (1787-1858) cuya corta estancia en el territorio (1823-1824) fue sin lugar a dudas muy provechosa. El artista documentó cuanto observó en la región, editando en su ciudad de origen un numeroso grupo de aguatintas y litografías que marcan la visualidad  exclusiva de la colonia  en el preludio de dicha centuria.

Sus vistas de la Plaza Vieja o Mercado Principal ilustran de manera detallada el ambiente cotidiano de la época. El autor capta con precisión uno de los principales centros de mayor actividad en la provincia. Se regodea con gusto en los conjuntos arquitectónicos y escultóricos del espacio, individualizando a cada una de las figurillas que conforman la dinámica escena. Un álbum sobre los lugares de esparcimiento en la isla bien se pudiera crear  con sólo agrupar las verídicas  imágenes costumbristas que Garneray  realizara a propósito de la Alameda de Paula, la Plaza de Armas, el Paseo de Extramuros, et al.

Después de la desaparición física de Vermay la Academia otorgaría el título de director suplente a su discípulo Francisco Camilo Cuyás (1805-1887), pero por muy breve tiempo. En 1836 como parte de la oposición llegaría otro francés a las filas cubanas: Guillaume Francisco Colsón (1785-1860). Pintor y músico estudiado en París, había sido igualmente alumno de David. Su obra “Entrada del General Bonaparte en Alejandría” sería premiada en el Salón de 1812, donde también expuso su antecesor. Según advierte el historiador Antonio Rodríguez Morey en el “Diccionario de artistas plásticos de Cuba”, el artista también pintaría en su país natal dos cuadros para la cuarta Sala del Consejo de Estado: “La sugesse montrant l´ avenir aux legislateurs” y “Genie de lois”.

Al emprender su magisterio en La Habana, Colsón remodeló la enseñanza pero mantuvo la línea neoclásica de influencia europea. En su jornada educativa formó rigurosamente a sus discípulos Juan Jorge Peoli y Laroca para que continuasen sus estudios en Roma y París. Gracias a sus incansables esfuerzos la escuela obtuvo las significativas donaciones del Príncipe de Anglona (1) y el aglutinador político Francisco de Arango y Parreño.

Abordaría, durante su estancia en la colonia, temas como el paisaje, la mitología y la religión. Entre sus piezas más famosas se hallan “El valle de Yumurí”, “Filomeno y Boscio ante Júpiter” y “La visión de San Francisco” en las que plasmaría motivos propios de la identidad cubana con un profundo aliento francés. Antes de morir en un trágico accidente sería nombrado en su sitio de nacimiento Pintor del Palacio de Versalles (1843).

En 1837 como parte de los planes de desarrollo científico-técnico se acordó a propuesta de la Real Sociedad Patriótica enviar a dos artistas, Francois Cosnier y el martiniqueño Alexandre Moreau de Jonnès a Francia, con el objetivo de traer una prensa litográfica moderna y grabadores calificados para su empleo. Con dicha prerrogativa  contactaría Moreau a uno de nuestros más geniales pintores, Frédéric Mialhe (1810-1868).

Una vez en Cuba (1838), Mialhe participaría en la primera exhibición de arte[1], que siendo organizada por “los franceses” agrupó además una buena parte de los trabajos traídos del Viejo Mundo. Posteriormente quedaría inaugurado el taller litográfico en donde el artista trabajaría haciendo pintorescos paisajes. Su primera gran obra en el territorio es “Alfabeto para sordo-mudos” publicado en las “Memorias” de la Sociedad Económica de Amigos del País. Asimismo, contribuiría con varias publicaciones (revista “El Plantel”, “Isla de Cuba pintoresca”, “Las comedias de Calderón de la Barca”, “El látigo del anfibio”, “Viaje pintoresco alrededor de la isla de Cuba”, “La Prensa”, et al.), pintando principalmente exóticas vistas de los exteriores habaneros, caricaturas y escenas costumbristas que recrean con anchura el crisol de la cultura cubana.

El artista llevaría a término durante su estancia alrededor de ciento veinticuatro imágenes diferentes, de las cuales solo unas pocas se han podido conservar. Bien es sabido la gran experiencia paisajística antes de llegar a la región, pues sus recorridos por los Pirineos y las antiguas ciudades mexicanas perfeccionaron su dibujo y técnica en es este tipo de temática. Mialhe se sentiría atraído por las plazas y las edificaciones religiosas, ejemplo de ello fueron sus vistas de  los conventos de San Francisco y  Santo Domingo de La Habana, la Catedral de Santiago de Cuba, la Iglesia Mayor de Guanabacoa, et al. en los que la línea contornea las majestuosas construcciones de influencia barroca y neoclásica en feliz armonía con los transeúntes. También captaría la esencia del pueblo costeño con su romántica “Vista del fondo de la Bahía de La Habana, tomada del Paseo de Roncali” perteneciente a su colección “Isla de Cuba”.

Su mirada se desplazaría por los recodos más fenomenales, deteniéndose en los tipos populares y sus costumbres, convirtiendo la sencillez de las supuestas nimiedades en objeto de incalculable valor artístico y documental. De esta índole son “El sabanero atando un ternero para atraer la madre y cogerla”, “Valla de gallos” y “El panadero y el malojero”. En esta última, se aprecian en el plano inicial sujetos de clase humilde realizando su faena diaria; al fondo, las suntuosas construcciones quedan desplazadas por el protagonismo de las figuras. El autor dignifica en sus creaciones los oficios más pobres, no en vano ha sido considerado el primer pintor que representó y glorificó a los personajes típicos cubanos. En “El quitrín”, no solo se observa la sensibilidad excepcional con la que Mialhe abordó los motivos del acontecer colonial, sino también el honor con que dota al negro calesero que se yergue sobre el caballo y ocupa dentro del cuadro una  posición privilegiada. 

Mialhe llegaría a ganarse la admiración y el respeto de la intelectualidad cubana de aquellos tiempos, entre la que destaca el Dr. Felipe Poey. Con una naturaleza multifacética (pintor, grabador, tipógrafo, científico, et al.) impartió clases de dibujo en el Liceo Literario y Artístico, participando de sus exposiciones en 1845 y 1850. Además fue profesor de la Academia, secundando a su amigo Leclerc en la dirección años más tarde.

Luego de Colsón, y con un espíritu romántico, asumiría esta vez la dirección de “San Alejandro” otro artista hijo del Sena. Jean Baptiste Leclerc de Baumé (1809-1854), quien fue considerado un excelente maestro, pintor y miniaturista dotaría a la institución de dos nuevas cátedras  dedicadas a la escultura y al dibujo lineal, convirtiendo al plantel en un espacio mucho más multifacético. Al igual que su antecesor adquirió para la escuela importantes donaciones, como es el caso de la colección de estatuaria de la antigua Grecia, cuyos originales facilitaron la aprehensión de la técnica.

Sus cuadros “La primera misa que se dijo en Cuba en 1494”, “Retrato de Don Francisco González Santos” y “Retrato de Félix Varela” (1847) son tres de los pocos títulos sobre los que se tiene referencia. Esta última pieza nos recuerda el “Retrato de hombre” de Vermay en su sobriedad cabalística y en la inexpresividad del rostro. Sin embargo, Leclerc ha elegido muy a propósito a una figura protagónica y revolucionaria en la historia de nuestro pensamiento ético e independentista. El hálito romántico queda resumido en este personaje ligado a ideas de emancipación, calificado años más tarde por Martí como “patriota entero”.

El pintor viajaría en reiteradas ocasiones a los Estados Unidos, sitio en el radicaban su mujer e hija; pero siempre regresó a La Habana, lugar donde tempranamente falleció a los cuarenta y cinco años de edad.

 

 

 

1-      Pedro de Alcántara Téllez Girón y Alfonso Pimentel, también marqués de Jabalquinto. Fue Capitán General de Cuba entre 1840 y 1841.


 

Artes visualesFranciahistoriaLa Habana

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