Intercambio entre los naturalistas cubanos y españoles

Febrero 15, 2013

Por: Rosa María González López

El Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, cuyo antecedente fue el Real Gabinete de Historia Natural creado a solicitud del monarca español Carlos III en 1771, ocupó a través de los años, y por la creciente necesidad de espacios de albergar sus colecciones, varios edificios en diferentes calles de la capital española. En 1910, luego de la reorganización de sus fondos y del establecimiento de otros museos, como el de Arqueología, el de Antropología, Etnología y Prehistoria y el Jardín Botánico, quedó finalmente ubicado en el Palacio de la Industria y de las Artes, en el céntrico paseo de la Castellana.

La gestión para situar las colecciones y crear condiciones para el intercambio científico e investigativo que se proponían los miembros de la Real Sociedad Española de Historia Natural, también presentes en el inmueble, se debió, en buena medida, a la inteligente actuación del abogado Ignacio Bolívar Urrutia (Madrid, 1850-Ciudad de México, 1944), distinguido entomólogo y uno de los científicos españoles que a consecuencias de la Guerra Civil de 1936 tuvo que dejar su país para establecerse en México.

Ignacio Bolívar

Carlos de la Torre

Varios naturalistas cubanos intercambiaron con el sabio español; pero fue con el malacólogo Carlos de la Torre y Huerta con quien mantuvo a través de los años una provechosa colaboración, avivada por la afinidad recíproca y el respeto profesional. Así lo demuestran las cartas que Bolívar envió a De la Torre y que este guardó en su archivo personal.

Plaza Río de Janeiro, 57

México, D.F. 16 enero 1940

Señor Carlos de la Torre

Muy distinguido y antiguo amigo.

Las circunstancias de la guerra de España me han traído, como Ud. ve, a tierras mexicanas sin que yo haya participado en ella de otro modo que permaneciendo en el cargo de Director del Museo de Ciencias Naturales que llevaba cuarenta y cuatro años desempeñando y en el que permanecí fiel a los Gobiernos que me habían nombrado. Jamás pertenecí a ningún partido político y mi vida se deslizó dedicada exclusivamente al progreso y desarrollo del Centro que me estaba encomendado.

Falto de medios para vivir fuera de España vine a México acompañando a mi hijo que recibió proposición de este Gobierno para estudios de la Oneocercosis y he tenido la satisfacción de que la Casa de España además de nombrarme miembro honorario me haya concedido una retribución con la que puedo continuar viviendo con independencia.

Esperaba haber tenido el gusto de saludar a Ud. A mi paso por Nueva York que le avisaría telegráficamente de nuestro viaje que íbamos a realizar en el vapor Monterrey que tocaba en esa el 23 de julio. Y ya que no tuve esa satisfacción me propuse saludarle desde esta cuando mi instalación estuviese terminada.

Hoy lo hago no solo para cumplir este propósito sino además para manifestarle que he emprendido un trabajo de carácter histórico que tiende a estudiar el desarrollo de las Ciencias Naturales en los países Ibero-Americanos y para el que empiezo a reunir datos sobre naturalistas que han intervenido en la enseñanza de estas Ciencias o en investigaciones referentes a las mismas y segundo, sobre establecimientos dedicados a su cultivo o enseñanza.

Cuan interesante sería para mí que Ud. quisiera favorecerme con lo relativo a su propia persona y a la Universidad que pertenece.

Se trata de noticias breves respecto a las personas, su currículum vitae y la lista completa de sus publicaciones, y por lo que toca a los establecimientos una historia a grandes rasgos de los mismos.[…] (1).

 ¿Desde cuándo se conocían ambos naturalistas, y qué los unía? ¿Qué asunto científico estaba proponiendo Bolívar a De la Torre en la carta anteriormente trasuntada?

Durante el desarrollo de este texto trataremos de reunir alguna información que satisfaga las interrogante que preceden y nos acerque, en definitivas, a una historia que articula y define los lazos de cooperación entre ambos y entre otros científicos cubanos y españoles.

La familia Bolívar desembarcó en el puerto de Veracruz a finales de julio de 1939, e inmediatamente Ignacio Bolívar y su hijo, Cándido Luís Bolívar Pieltain, también entomólogo, fueron acogidos en la Casa de España, una institución creada apenas un año antes para auxiliar a los intelectuales españoles exiliados en México, según afirma el historiador Miguel Ángel Puig-Samper en un estudio sobre los científicos españoles desterrados durante la Guerra Civil (2).

Casi a su llegada, Ignacio Bolívar fue distinguido como miembro de honor en esa institución encargándosele la redacción de una memoria sobre el estado de los estudios de las Ciencias Naturales en España y en general en tierras de Hispanoamérica, empeño al cual, como se vio en la correspondencia citada quiso vincular a su colega De la Torre.

Realmente no sabemos si el malacólogo cubano correspondió la petición, pues desconocemos, incluso, la existencia del texto que debería abundar en los datos solicitados; pero sí consta por carta fechada en la misma ciudad mexicana tres años más tarde, que ambos continuaron las relaciones que evidentemente mantenían desde mucho atrás.

En la carta que Bolívar escribiera a De la Torre el 24 de septiembre de 1943 (3) quedaba agradecido por las facilidades y atenciones que le había mostrado a su hijo Cándido cuando este visitó Cuba y fue conducido en un recorrido que incluyó la Cueva de Bellamar en la ciudad de Matanzas.

Ignacio Bolívar murió en México el 19 de noviembre de 1944, nonagenario y con los achaques propios de su edad avanzada —le fallaban los sentidos de la vista y la audición—, pero dejó en camino la edición de Ciencias. Revista hispano-americana de Ciencias puras y aplicadas, una de las publicaciones seriadas más prestigiosas que vio la luz en aquel país, en cuyas páginas aparecieron trabajos de los más importantes intelectuales y científicos españoles exiliados. En uno de los números correspondiente al año 1943, Cándido Bolívar Pieltain incluyó los resultados de sus investigaciones biológicas en cuevas y cavernas cubanas.

Pudo haber sido en 1910 que Carlos de la Torre e Ignacio Bolívar se conocieran, pues fue en este año, y a raíz de un viaje a Europa del malacólogo cubano —asistió como delegado a un congreso geológico en Suecia y a otro zoológico en Austria— que hizo estancia en tierra española; ocasión que aprovechó para gestionar con Ignacio Bolívar el permiso que le dio acceso a los manuscritos cubanos que en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid se encontraban depositados.

Por aquellos días de su permanencia en Madrid, De la Torre fue elegido miembro de la Sociedad Española de Historia Natural y su colega español le facilitó a dos de sus ayudantes para que ellos realizaran el trabajo de trascripción de los materiales inéditos, faena que se mantuvo por varios años, como se deduce de una carta que con fecha del 18 de agosto de 1925 (4) enviaran los copistas Francisco Carrera y José Abajo a De la Torre, pidiéndole un ajuste de precios e instrucciones para la partida de las copias.

Los legajos existentes resultaron ser los varios tomos manuscritos que contenían una primera versión del trabajo de Felipe Poey (La Habana, 1799-1891) dedicado a los peces cubanos, confiados por Real Orden al Museo Nacional de Ciencias Naturales, luego de ser premiados con una medalla de oro en la exposición colonial de Holanda, en 1883.

La solicitud para estudiar y trasuntar los manuscritos puso en contacto científico a los discípulos respectivos de dos grandes maestros, Felipe Poey y Laureano Pérez Arcas.

En 1871 quedó constituida en Madrid la Sociedad Española de Historia Natural, institución a la cual perteneció, desde sus inicios, el destacado catedrático de Zoología y naturalista español, Laureano Pérez Arcas (1822-1894). Conocedor de la obra de su homólogo isleño Felipe Poey en el terreno de las Ciencias Naturales y de las colecciones zoológicas que había fomentado, le dio a conocer los objetivos de la organización y la intención de editar en un periódico los artículos que sus miembros produjesen.

Enterado Poey, le respondió por carta del 14 de agosto del propio año:

“…Alabo el proyecto de formar una sociedad para la publicación de un periódico científico y nacional. Desde luego me suscribo y buscaré otros suscriptores en la Isla. También procuraré mandar un trabajo original para la primera entrega…” (5).

No había concluido el año y ya Poey tenía listo su primer trabajo, una plantilla descriptiva ictiológica, cuyo contenido señalaba los puntos básicos para las descripciones de los peces, acompañada de varias explicaciones de términos técnicos y su nomenclatura, texto que leyó Pérez Arca en la sesión del 6 de diciembre, y adecuó para su publicación colocándola a la cabeza del número que se preparaba para impresión.

Poey ingresó oficialmente a la Sociedad en su sesión del 17 de agosto de 1872, aunque desde antes cooperaba con ella sirviéndole como contacto ultramarino en los trajines de conectar a los naturalistas profesionales y aficionados radicados en la Isla, y en la promoción y suscripción a su periódico.

Entre 1872 y 1888 la institución llegó a contar en Cuba con un total de 24 socios (6), en su mayoría personas interesadas a partir del empeño que Poey le ponía a su cometido promocional. Él se dio a la tarea de continuar enviando artículos y procurando la remisión de trabajos de otros autores, como sucedió con la obra Apuntes para la fauna puertorriqueña del naturalista alemán asentado en Cuba, Juan Cristóbal Gundlach, incluida en los Anales de la Sociedad del año 1881. Este estudio, considerado entre los primeros y más importantes trabajos que describen las diferentes especies de animales de la isla caribeña, contuvo también la descripción de sus peces en su relación con los propios o frecuentes en las aguas cubanas, elaborado expresamente por Poey para la obra de su colega alemán. El naturalista borinqueño Agustín Stahl financió con su dinero las remesas de los peces que llegaron a La Habana para ser detallados por Poey.

Pero el trato de Poey con los científicos españoles asociados con la institución adscrita al Museo tuvo sus comienzos mucho antes al momento mencionado; se remonta a la época cuando sus trabajos científicos y sus colecciones zoológicas y botánicas le dieron un nombre entre los especialistas europeos.

Fue la práctica científica, y el interés que despertó reciprocar colecciones y especimenes zoológicos y botánicos, el mecanismo inicial que dio paso a la gran amistad que se profesaron durante sus vidas Laureano Pérez Arcas y Felipe Poey. La fraternal relación hizo posible, además, el trato con un grupo de amigos definidos por idénticos intereses.

Poey informaba acerca de los trabajos de sus cófrades del patio y en particular sobre las exploraciones de Juan Cristóbal Gundlach a lo largo de la Isla, como sucedió en 1859: “…U[sted] ve aquí —escribía Poey al momento de enviar algunos ejemplares de moluscos— el fruto del viaje del Dr. Gundlach por el departamento oriental, y eso sin haber salido de Trinidad. Ya partió para Santiago de Cuba, Baracoa, etc. Ya verá U[sted] de ahí maravillas” (7).

Pérez Arcas, por su parte, le correspondía enviándole insectos de su colección. Fue él quien se encargó de poner a Poey en contacto con Mariano de la Paz Graells, entonces director del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, poseedor de  conocimientos profundos de los peces de los mares de la península Ibérica, y autor de un detallado Catálogo de las especies de peces que frecuentan el litoral de Valencia y Cataluña. La persona clave para facilitar los futuros estudios ictiológicos que Poey pretendía realizar tomando como base los ejemplares de la colección de peces que el portugués Antonio Parra había enviado en 1791 al antiguo Gabinete de Historia Natural,  trasladados  y conservados en el Museo (8).

La obra poeyana se enriqueció tanto como lo pudo hacer el Museo español, representado por Graells, al cual también se vinculaba Pérez Arcas; para ambos reciprocar fue, evidentemente, productivo y conveniente.

Felipe Poey y Aloy

Juan Cristóbal Gundlach

Etiqueta del material enviado por Poey al Museo de Madrid

Por Real Orden de 5 de abril de 1861 la corona española asignó una comisión de 500 pesos al presupuesto de la colonia para que con ellos fueran adquiridos y remitidos al Museo de Madrid objetos de la naturaleza cubana, recayendo la encomienda y por tal, su libranza, a favor de varios naturalistas en la isla, entre ellos Juan Antonio Fabré, Rafael Arango, Juan Cristóbal Gundlach y el propio Poey.

A Poey se debió el envío, en 1864, de una remesa que contenía dos tiburones grandes disecados, dos colecciones de moluscos terrestres, un herbario con cien plantas, veintidós peces disecados, seiscientos setenta y dos insectos, y un modelo de cráneo de indio caribe (9).También llegaron por esta vía una colección de aves seguramente arreglada por Gundlach; algunos minerales; una nutrida colección de peces preparada en seco por Poey (10) para ser objeto de exhibición en vitrinas; un cocodrilo y una tortuga que fueron enviados vivos por deseos de los conservadores e investigadores de la institución española (11).

Pero en la correlación que se estableció durante el siglo XIX y buena parte del XX entre Cuba y España, las encomiendas no solo se limitaron a objetos de la naturaleza. Las producciones naturales, los juicios científicos, los comentarios ante determinados sucesos provocados por tendencias o nuevas teorías fueron fruto de ese viceversa inevitable entre los naturalistas de ambas latitudes. Tal fue el caso de las discusiones que en torno al hallazgo de unos restos fósiles, bautizados como mandíbula de Puerto Príncipe, tuvieron lugar en el Museo madrileño alrededor de 1850, polémica en la que quedaron involucrados Miguel Rodríguez Ferrer, Mariano de la Paz Graells y Felipe Poey (12); o en las ilustradas reflexiones de 1880, cuando el corresponsal de la Real Academia de Ciencias, Médicas, Físicas y Naturales de la Habana, el médico José Argumosa, dio a conocer la noticia del descubrimiento de la cueva de Altamira (13). Sobre este particular ya hemos hablado en un texto publicado en esta misma página; del tema presente estaremos refiriéndonos en un próximo artículo.

Referencias:

(1)  Carta de Ignacio Bolívar a Carlos de la Torre. Fondo: Museo Nacional. Caja 21. Número 38.  Archivo Nacional de Cuba.

(2)  Puig-Samper Mulero, Miguel Ángel. La revista Ciencia y las primeras actividades de los científicos españoles en el exilio. Proyecto de investigación de la Comunidad de Madrid. 06/0091/2000; dirigido por la Dra. Consuelo Naranjo Orovio. CSIC.

(3)  La carta se conserva en el mismo fondo que la anterior en el Archivo Nacional de Cuba.

(4)  Carta fechada en 18 de agosto de 1925 dirigida a Carlos de la Torre. Expediente Museo Nacional. Caja 21. Número 38. Documento 11. Archivo Nacional de Cuba.

(5)  Carta de Felipe Poey a Laureano Pérez Arca. 14 de agosto de 1871. Correspondencia de Felipe Poey a Pérez Arca en el Archivo Histórico del Museo de Historia Natural de Madrid.

(6)  Ver: Felipe Poey y Aloy. Obras. Publicado por la Editorial Imagen Contemporánea. La Habana, 1999. p. 423 y 424, donde aparece la lista con los nombres de los socios de esta institución.

(7)  Carta de Felipe Poey a Laureano Pérez Arcas. Fechada en 19 de enero de 1859. Correspondencia de Felipe Poey a Pérez Arcas en el Archivo Histórico del Museo de Historia Natural de Madrid.

(8)  El artículo vio la luz en los Proceeding of the Academy of Natural Sciences of Philadelphia del año 1863 bajo el título de Enumeration of the fish described by Parra, scientifically named by Felipe Poey.

(9)  La fecha del acuse de recibo es de 25 de octubre de 1864, tiene el membrete del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, la firma de su director Mariano de la Paz Graells. Se conserva entre los papeles de Felipe Poey en el Archivo Histórico del Museo Carlos J. Finlay. Carpeta 2. Documento 3.

(10) Para consultar la lista completa de los peces remitidos por Poey al Museo de Ciencias Naturales de Madrid ver: Felipe Poey y Aloy. Obras. Publicado por la Editorial Imagen Contemporánea. La Habana, 1999. p. 418-419.

(11) Comunicación de Felipe Poey al Museo de Ciencias Naturales de Madrid. Documentos del Archivo de Ciencias Naturales. Carpeta: Correspondencia, Museo, año 1871. En: Archivo del Museo de Ciencias Naturales de Madrid.

(12)Ver al respecto Felipe Poey y Aloy. Obras. Publicado por la Editorial Imagen Contemporánea. La Habana, 1999. p. 419-420.

(13) González López, Rosa María (1980): La cueva de Altamira en la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de la Habana. Revista Juventud Técnica.

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COMENTARIOS (1)

  • Febrero 18, 2013 - Victor Marin

    intersantísimo

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