El patrimonio: ni mera mercancía ni tesoro de feria

Enero 14, 2014

Por Isachi Fernández

Entrevista a Raida Mara Suárez (primera parte)

Un verso de Silvio Rodríguez, “siempre a la sombra y llenando un espacio vital”, si se libera de su contexto primigenio, ilustra como ninguna otra combinación de palabras el sitio que ha ocupado Raida Mara Suárez dentro de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana.

Catalogada por Eusebio Leal como su “colaboradora mayor” y no en virtud de la edad, la directora de Patrimonio de la Oficina hasta 2013 llevó más de tres décadas de permanencia, de entrega a una obra común, de cercanía al artífice principal de la restauración de la urbe.

Su reticencia a las tribunas, a los micrófonos y a todo tipo de destaque pudiera provocar en un ojo no aguzado la invisibilidad de este ser humano, de cuyas luces y dedicación bebió una obra cuyas dimensiones rebasaron las previsiones de sus fundadores. A partir de esa sustancia vital Raida Mara Suárez participa en el siguiente diálogo:

Existe cierta tendencia a cuestionar el concepto tradicional de los museos bajo el argumento de que son sitios que refrenan al individuo (nuestros padres nos indicaban que en estos lugares uno debía mantener las manos a la espalda y hablar en un tono especialmente bajo) ¿Acaso es saludable  esta asociación de los museos con un ambiente inhibidor?

La conducta la determina el respeto al patrimonio expuesto. Hay que entrar a un museo como a un templo –el templo de las Musas significa su nombre- con las manos detrás –decían nuestros padres- para no incurrir en un gesto que pueda tirar una porcelana del siglo XVIII, que ya será irrecuperable; para no rasgar una bandera cubana que presidiera grandes batallas en nuestra gesta libertaria y que ha sido difícilmente conservada; para no romper la urna que guarda el machete de Maceo, el que tiene grabado en su empuñadura que fue de la invasión a occidente.

En otro ambiente resultaría imposible la función de los museos, ellos no inhiben, educan y elevan el espíritu de quienes los visitan.

Por el relajamiento de las costumbres y normas de educación es que a alguien le pueden parecer inhibidores, también porque antiguamente la mayoría del pueblo no visitaba los museos, a partir de que eran caros y se les consideraban elitistas, pero han pasado muchos años de Revolución, de educación y ya es tiempo de que no los sigan viendo distantes. En nuestra condición de pueblo culto, debemos  entender que todo no puede ser “una bulla” como tantas veces oímos por todas partes, cual si ello fuera signo de alegría perenne que, al decir de Víctor Hugo, es tonta, una alegría ficticia y ensordecedora que nubla los sentidos y aplasta el pensamiento. Hay espacios para todo y debemos saber disfrutar cada uno de ellos en su justa medida, a eso le llamamos pertinencia.

No podemos obviar tampoco la posibilidad del robo, del robo de algo irrepetible; recuerdo siempre con escalofrío lo ocurrido el 5 de agosto de 1994, cuando las hordas de antisociales que saqueaban las tiendas -porque se puede entender la ira que provoca la injusticia, pero bajo ningún concepto justificar el robo- en un momento trataron de abatir las puertas del Museo de la Ciudad que dan a la calle Obispo, yo estaba al frente de la institución, Leal se encontraba en una sesión de la Asamblea Nacional. Éramos pocos los trabajadores que resguardábamos el centro y tuve que bajar con la pistola de Leal, que estaba sin balas y yo no lo sabía.

En el momento de mayor tensión, en la calle, frente a la gran puerta que cedía, sonaron dos disparos, tiros al aire, sin amenazas ni gritos, luego una voz conocida se identificó como Alfredo Guevara y preguntó si Leal estaba en el museo, le respondimos que se hallaba en la Asamblea y nos dijo: “de allá vengo, ya Leal se fue de allí”. No supimos qué pasaba afuera, pero el grupo vandálico se disolvió indudablemente, no volvieron a empujar la puerta.

Entonces comenzó la preocupación por Eusebio, pasó mucho tiempo, al menos así me pareció, hasta que finalmente llegó y supimos que estaba con Fidel en San Lázaro, cerca de Prado. Fueron momentos terribles, venían a saquear el patrimonio. El antecedente de la llamada “casa del oro y la plata” o “de Hernán Cortés” creó la falsa impresión de que los metales preciosos y los objetos de arte, de manera general, equivalen a baratijas, tal como hicieron los conquistadores de Las Indias.

¿Cuánto cree usted que pueda cambiar en el futuro el concepto de museo?

Cuando solo se desea ver originales de gran valor, porque se conoce su importancia, poco puede cambiar, cuando se trata de educar, difundir conocimientos, familiarizar y lograr la aprehensión del patrimonio, saber observarlo y valorarlo, resta mucho por hacer.

Existe gran cantidad de tecnología aplicable a ello, cosas que harán más fácil y atractivo para el gran público el camino al conocimiento, las apreciamos e intentamos desarrollarlas en la medida de nuestras posibilidades económicas.

El Planetario es un ejemplo de ello, también el Castillo de La Real Fuerza, en menor medida, pero esas tecnologías son muy costosas, por ello su implementación requirió la colaboración extranjera. Buscamos métodos alternativos de participación, que son esenciales, aquellos que permitan al visitante salir de la pasividad y convertirse en actor del conocimiento. Realizamos experimentos con audioguías en el Museo de la Ciudad con gran aceptación por niños y adultos. Es algo muy utilizado en otras latitudes, al menos les permite escoger el recorrido, seleccionar la pieza cuya historia e importancia desean conocer, algunos pasan horas deambulando silenciosamente por las salas con el aparatito al oído. Estamos concluyendo las grabaciones en varios idiomas para ponerlas en función del público por un módico precio.

También para el próximo año se prepara el Palacio del Segundo Cabo, que no será un museo –no tendrá colecciones- pero será un importante Centro de Interpretación de los Intercambios Culturales Europa-Cuba, Cuba-Europa a través de los siglos. Hay que esperar un poco y saber discernir adecuadamente dónde y qué aplicar, todo no ha de medirse por el mismo rasero, aunque esté de moda, porque cuanto de bueno tienen las tecnologías puede provocar un efecto negativo si se aplican mecánicamente.

Se habla frecuentemente de la obra restauradora de la Oficina del Historiador en lo tocante a la arquitectura ¿Qué labor se acomete a propósito de los bienes muebles?

En la restauración de bienes muebles se trabaja profunda y continuamente, es el sector de esta Dirección en que más se ha profundizado la aplicación de nuevas tecnologías y materiales.

El sistema conlleva un fuerte principio de conservación preventiva que depende de las condiciones medioambientales en que se mantienen las piezas, ya sea en exposiciones o almacén: luz, humedad, temperatura y contaminación, son algunos de los parámetros.

En este sector convergen gran rigor y profesionalidad que no se pueden apreciar a simple vista, no es el caso de la arquitectura, es un trabajo callado y discreto, pero presente en cada exposición o cada bien que se somete a la observación pública, y aún en los que moran en almacenes. Es muy importante la conservación preventiva, la que se ejerce sistemáticamente in situ por especialistas formados para este fin; el tratamiento diario y la observación minuciosa permiten actuar oportunamente, sin necesidad de someter el bien a procesos invasivos que disminuyen su originalidad y por tanto su valor patrimonial.

Ojalá algún día este sistema preventivo se extienda al patrimonio edificado, pues si bien es costoso uno, lo es el otro. En la restauración de bienes museales casi todos los productos son importados y su condición de manufactura los hace extremadamente caros. Se trata de productos de un mercado reducido, para los cuales no se montan fábricas. Esto determina también que la conservación preventiva sea el método deseado para todo bien patrimonial, porque mantiene su valor por originalidad y se obtiene un gran ahorro económico.

Actualmente se habla en todas las esferas de un deterioro de las normas del comportamiento, de un nivel considerable de indisciplinas sociales en el país ¿en qué medida esto atañe también al patrimonio?

No es ajeno el patrimonio a la nación ni a la sociedad que humanamente la constituye; las manifestaciones negativas lo afectan directamente porque lo distorsionan e incluso pueden anularlo, que sería como borrar la identidad. Me refiero al patrimonio intangible esencialmente, porque solo si este existe vale la pena hablar del material, que de otra forma, perdería  su función medular, se convertiría en mercancía, letra de cambio o tesoro de curiosidades.

Hoy se van contraponiendo a los rasgos distintivos de los cubanos, de la cultura cubana, del alma que anima la nación, falsas y decadentes fórmulas. Muy lejos de ser modernas, o jóvenes, ellas encierran un notable retroceso, una involución extemporánea y ajena. Sabemos que la miseria engendra miseria, como el odio engendra odio o el amor,  amor; pero también sabemos que la pobreza se puede llevar con dignidad, el odio se puede atenuar con tolerancia y el amor magnificar con bondad. Cuando no hay dignidad, tolerancia, bondad, ni lucidez, valores y capacidades indispensables en el ser humano, lo negativo cobra dimensión de absoluto.

Ocurre generalmente que creemos cumplir con nuestro deber al criticar y hacer la guerra a lo negativo, sin buscar las profundas causas de este retroceso, el cual solo es reflejo de cuanto acontece en otras esferas de la formación económico-social.

Quiero pensar que la nación, forjada durante tantos años, no logren destruirla los ignorantes, los ricos mal habidos, los mercantilistas y los débiles e indecisos, los populistas, los que confunden el concepto de pueblo con el de antisociales o ignorantes, el de trabajadores con ladrones, el de desventaja social con delincuencia, el de capaz con “bicho”.

Esta confusión solo encierra total desconocimiento y profundo desprecio por los cubanos decentes y dignos, laboriosos y honrados, cultos, inteligentes, críticos  y sensibles, es decir, por el verdadero pueblo de Cuba.

Tomado de: http://www.ohch.cu/noticias/el-patrimonio–ni-mera-mercancia-ni-tesoro-de-feria

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