Altamira y la academia científica de La Habana

Marzo 27, 2013

Por: Rosa María González López

La mundialmente famosa Cueva de Altamira, denominada por algunos la ‘’Capilla Sixtina del arte cuaternario’’, en franca comparación al recinto del Vaticano en el que se encuentran los magníficos frescos del pintor Miguel Ángel, fue descubierta para la ciencia en el año 1876. Con anterioridad a este hecho la gruta había sido hallada de forma casual por cazadores de la región en las cercanías de la ciudad española de Santander y bautizada con el nombre de cueva de Juan Montero. Fue el abogado español Marcelino Sautuola, quien interesado en los estudios de la prehistoria, realizó varias excursiones al lugar. Tras cuatro años de periódicas visitas encontró en el interior de la caverna las pinturas rupestres que le han merecido su renombre internacional.

Cueva de Altamira, Cantabria. (CC-BY-NC-SA. Algunos derechos restringidos a favor de turistasXnaturaleza.http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.0/deed.en )

Motivados por el impacto del suceso, Sauntuola y otros científicos del país ibérico dedicados a la antropología, entre los que sobresalen Juan Vilanova y Piera, Miguel Rodríguez Ferrer y Francisco Guiner de los Ríos, divulgaron  la importancia del hallazgo histórico. Para ese momento en el reciento cavernario no solo habían sido develadas las pinturas antes referidas, sino también huesos de animales e instrumentos de labor. Sin embargo, las investigaciones acerca de la autenticidad y antigüedad del ‘’yacimiento prehistórico’’ y, sobre todo, de las pinturas localizadas, fueron combatidas por algunos científicos, los cuales alegaban que obras de semejante belleza no podían ser fruto de la actividad artística de los hombres paleolíticos.

Las discusiones el tema, iniciadas hacia fines del siglo XIX, continuaron hasta los primeros años del siglo XX. La veracidad de los planteamientos de los científicos españoles quedó comprobada cuando en Francia se hallaron similares pinturas rupestres en las cuevas de Font de Gaume y Cambarelles. Durante este lapso de tiempo la polémica alcanzó proporciones extraordinarias, en especial en el seno de la asociación francesa para el avance de la ciencia. Empero, en Cuba, las noticias del acontecimiento fueron recibidas y comentadas de manera muy favorable y sin el menor asomo de escepticismo.

La Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de la Habana, institución que reunía a los científicos más destacados de la Isla, dio a conocer en su sesión extraordinaria del 27 de octubre de 1880 algunos datos sobre el hallazgo de Altamira remitidas desde España por uno de sus miembros corresponsales, el médico José Argumosa. Dicho médico había tomado parte en una comisión exploradora de la gruta formada, entre otros, por un profesor de historia nombrado Juan Regil, el médico Adolfo Rebolledo y el farmacéutico Eduardo P. de Molino. Una de las resultantes de la pesquisa fue la confección de uno de sus primeros croquis.

El doctor Antonio Mestre, secretario General de la corporación cubana, brindó la información a los miembros asistentes a la sesión de trabajo mediante la lectura de una carta de Argumosa. En las palabras previas hizo alusión a la participación de Vilanova, Gener de los Ríos y Rodríguez Ferrer, aclarando acerca de la antigüedad de las pinturas y de los restos de la embrionaria industria del hombre. También aseveró  que hasta esa fecha no se había develado en el mundo ‘’muestras tan perfectas del instinto pictórico de los hombres primitivos’’.

La notificación de Argumosa referida en la reunión académica del 27 de octubre  pormenorizaba aspectos relativos a las pinturas y a la ubicación de las mismas en uno de los principales corredores de la caverna. Según lo observado por él en las visitas realizadas a la cueva, en el techo de la galería próxima a la entrada se encontraban:

*** pintadas con fondo amarillo y rojo oscuro y contornos negros sobre rayitas esculpidas en piedra, las que por su aspereza e irregularidad parece que han sido hechas con instrumentos de sílice, muchas figuras representando animales, de un dibujo muy correcto.

Se refería también a la existencia de gran cantidad de restos orgánicos, donde abundaban sobre manera los huesos del Ursus spellis (Oso de las Cavernas), del Equus primarius (Caballo primitivo), de lobos, renos, bisontes, muchas conchas marinas y pedernales labrados.

A las anteriores descripciones adjuntó el plano de la cueva -hoy día perdido- dibujado a una escala de 1:2, 000, y reprodujo, agrupadas de manera similar al orden en el cual fueron halladas en la Gruta, las pinturas de una cierva que en dimensiones reales mide 2.12 m de longitud, varios jabalíes, bisontes y otras figuras, entre ellas, algunas antropomorfas.

Desafortunadamente las breves pero valiosas notas del médico cubano, quien había sido Vicepresidente de la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba, quedaron interrumpidas, pues falleció en España en 1881, a un año de haber iniciado tan interesante labor.

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