Raida Mara Suárez: en mil batallas

Enero 27, 2014

Por: Isachi Fernández

Días antes de consignar oficialmente el traspaso de sus responsabilidades al frente de la Dirección de Patrimonio de la Oficina del Historiador de La Habana, Raida Mara Suárez, quien asumiera esas funciones por más de 30 años, accedió a sostener un diálogo con esta reportera. La segunda parte de ese intercambio, la ponemos ahora a disposición de los lectores.

En esa contradicción que supone colocar los bienes patrimoniales a la luz pública, a expensas del contacto humano y del menoscabo de su integridad o reservarlos para fines investigativos o académicos ¿hacia dónde usted inclina la balanza?

La balanza no la inclino yo, está inclinada naturalmente porque el patrimonio es propiedad social. Los que asumimos la responsabilidad de trabajar con él y para él, tenemos el único fin de ponerlo al servicio de la sociedad, y para servirle mejor a la sociedad hay que investigarlo, estudiarlo profundamente y comunicarlo de manera adecuada. Tras analizar los públicos, hay que entregar el conocimiento del modo más veraz, elocuente y comprensible.

Usted ha estado muy cerca de una personalidad que sin dudas pasará a la historia como una de las figuras que más ha aportado a La Habana, una voz, además muy respetada dentro de la intelectualidad cubana, Eusebio Leal. Sé que él fue su compañero de estudios universitarios. ¿Pudiera comentarnos sobre la imagen que conserva de Eusebio Leal en aquella etapa?

Por diferentes razones nos vimos ambos obligados a ingresar en el curso para trabajadores, de la Licenciatura en Historia General. El ya era reconocido (1975) por algunos de los 165 compañeros del aula como “Leal, el del Museo”, el resto éramos honorables desconocidos que nos fuimos relacionando por afinidad a través del tiempo y cuando algo más de 40 logramos graduarnos, muchos éramos buenos amigos.

Eusebio era una fuerza de la naturaleza, cuando entraba a clase era difícil ignorarlo: delgado, con pelo muy negro y ondeado, mirada viva, escrutadora y pícara detrás de los permanentes espejuelos, siempre tenía una frase original, un saludo especial para todos. No había nacido para la tranquilidad y el silencio de un aula, aunque se esforzaba por ser disciplinado. Se empleaba en hacer caricaturas, escribir notas y revisar papelitos sueltos mientras oía, porque no cabe duda que oía. Sus intervenciones oportunas e interesantes así lo atestiguaban.

Era difícil discutir puntos de vista en la clase cuando él tomaba partido, su elocuencia siempre fue aplastante y el acervo cultural que poseía lo sabía emplear oportunamente, se ganaba el auditorio de inmediato, equilibraba la agudeza con el conocimiento, lo coloquial con la poesía, la experiencia propia con la leyenda más respetable, no cansaba, su espontánea oratoria era deseada por todos.

Muy al principio me tocó disentir de su punto de vista, entonces la clase consistía en recomendar una abundante bibliografía y referencias a los autores del tema en cuestión, luego, en otro turno, se aplicaba el examen y, posteriormente, la discusión del cuestionario con la orientación para el próximo tema. Durante la discusión del cuestionario comenzó la batalla: él, elocuente y simpático fundamentó su respuesta; me vi perdida, mi timidez encubierta fue violentada por lo que entendí sinrazón, y se inició el debate, que fue tremendo, tal vez él no lo recuerde, pero yo quedé agotada. En la siguiente clase la profesora dictó “tablas” refiriendo los autores que apoyaban un criterio y el otro. Este fue mi primer encuentro directo con Leal, luego del cual, o debo decir “por el cual” y gracias también a la Filosofía Marxista, nos hicimos amigos y discrepantes perpetuos.

Mi curso tuvo mucha suerte, contamos con excelentes profesores y con él, personaje inolvidable y querido que aligeraba el cansancio  abrumador que nos envolvía a partir de las 10 de la noche, porque las clases concluían a las 11 y habíamos trabajado todo el día. En ocasiones, como niño travieso, hacía caricaturas de los profesores en la pizarra e imitaba sus formas de hablar, otras declamaba textos picarescos, nunca de mal gusto, agudos y divertidos. Cuando llegaba el profesor estábamos renovados, estos episodios siempre se los agradecí desde el fondo del alma y sentí que su originalidad, inteligencia, pasión, energía, simpatía, magistral oratoria, hermosa voz  y esa gran honestidad rayana en inocencia que lo alejaba de toda demagogia u oportunismo, lo signaban como uno de los grandes hombres de nuestro tiempo. Y no me equivoqué.

¿Qué le ha aportado esa proximidad desde el punto de vista humano y profesional?

Desde el punto de vista humano me aportó saber que alguien compartía mis principios y valores, que no se dejaba arrastrar por la marea que estuviera de moda ni cedía al mejor postor de la escalada; que la inteligencia, el trabajo, la entrega, la honestidad, la sinceridad y los sueños seguían prevaleciendo y también creía que valía la pena arriesgarse por ello. Además me aportó las claves para entender los entresijos de esta ciudad de la cual no puedo prescindir; me aportó más tolerancia, mayor comprensión y una lealtad personal a toda prueba, porque me reconocí en su esencia, a pesar de lo muy diversos que somos.

Profesionalmente, y por lo anterior, me orienté a un campo jamás soñado, nunca figuró en mi imaginario el museo ni el patrimonio, los disfrutaba simplemente y creía que para eso existían, aunque la historia, José Martí, la literatura, el arte, el humanismo francés y el surrealismo, que moldearon mi personalidad profundamente, me acercaran a sus vertientes.

Sin embargo, la necesidad de ser útil a su proyecto me sumergió en este mundo del cual no pude, ni ya quiero escapar, pues ha sido de creación perpetua, desde la organización de bienes museales a la de sistemas de instituciones culturales, la creación de medios de comunicación, sistemas de estudios, investigaciones y mil batallas, temas y conceptualizaciones insospechadas.

Ha sido una galopante carrera, porque todo apremia en el mundo que dirige,  no ha habido ocasión para perfeccionar ni detenerse en detalles, hacer maestrías ni doctorados, pero debo dar gracias a quienes me han acompañado y a la suerte que he tenido por encontrar a esas personas virtuosas y más capaces que yo para desarrollar las tareas que se me han exigido, pocas veces se ha fallado gracias a cada una de ellas, gracias a las cuales, mi trabajo ha sido útil, por eso, al acercarse el fin de mi tiempo me voy satisfecha y en paz.

¿Qué más puede pedirse profesionalmente que ser útil en su campo de trabajo y que los resultados permanezcan? Siempre le agradeceré a Leal haberme aceptado como cómplice de sus sueños y formarme, a golpe de retos, en su terrenalización.

¿Hay alguna anécdota que nos ayude a conocer aún más al Historiador de La Habana?

La relación que nos une hace tanto, me provee de múltiples anécdotas, pero no son mi patrimonio, pertenecen a ambos. Prefiero referirme a una que se remonta a nuestro tiempo de estudiantes y que lo refleja muy bien en su personalidad pública.

Recuerdo que cuando salíamos de clases, a las 11 de la noche, siempre quería venir a pie desde la Universidad hasta La Habana Vieja, donde ambos vivíamos, siempre le gustó caminar, pero a esa hora no era muy procedente, no obstante, hacía la caminata muy entretenida y grata, porque me explicaba cada edificio de la calle San Lázaro, los habitantes y las anécdotas que ellos encerraban, los recuerdos de niñez, los sucesos, los personajes del barrio y la trascendencia histórica de esos lugares.

Al llegar al Centro Histórico deambulábamos por las plazas y me explicaba cómo sería cada una de ellas cuando pudieran ser restauradas: los toldos de las tiendas, las ventas de flores naturales, los lugares para el disfrute de los niños y descanso de los ancianos, el colorido y la alegría que reinaría en esos trozos de historia, patrimonio y humanidad. Yo visualizaba sus descripciones, me entusiasmaba y en ese momento lo veía muy cercano, luego pensaba que era un gran soñador, así, poco a poco, me embarqué en su sueño sin boleto de regreso. Ese era su mundo, su objetivo, su élan vital.

De cuanto me describió solo no hemos podido ver realizado su proyecto para la Plaza del Cristo, que era en sus descripciones el mercado de las flores. El tiempo y los recursos no alcanzaron a salvarla como me la hizo ver entonces, pero la obra ya es magnífica. Creo que esto lo define, fijó su derrotero muy temprano y se lanzó a navegar en una cáscara de nuez, sin velas, a puro remo y ha llegado a puerto, si no al deseado, al menos al más cercano posible, y eso lo hace admirable.

¿Cómo aprecia  la repercusión de la experiencia del Centro Histórico de La Habana en otras ciudades patrimoniales cubanas?

En cada ciudad patrimonial ha existido conciencia en algunos y percepción en la mayoría de los pobladores, de los valores que atesoran. Sienten orgullo por su ciudad, sin embargo, hemos vivido acosados por necesidades materiales perentorias y ellas pospusieron el rescate patrimonial de manera implícita.

Nuestra experiencia de autofinanciamiento al convertir tal rescate en un mecanismo, además, económico y social, logró hacer visible a nivel terrenal el culto propósito, esto desató las fuerzas, anhelos y capacidades en cada territorio. El experimento que Leal propuso, Fidel estructuró y convirtió en decreto ley, fue exitoso.

Entonces se convirtió en pauta adaptada por historiadores, arquitectos, técnicos y por los órganos provinciales de gobierno a sus necesidades y posibilidades, así fue naciendo el movimiento de ciudades patrimoniales de Cuba, apoyado por Leal en muchos aspectos pero, sobre todo, contando con las voluntades y capacidades que existían en ellas. Hoy son admirables sus resultados, cada proyecto con fisonomía propia. Estos logros avalan la legitimidad del empeño, porque solo si forman parte de la identidad de un pueblo pueden ser acogidos y desarrollados, solo si son necesarios para la sociedad civil triunfan, y han triunfado. Existe pues, en cada ciudad, raíz y savia.

Sus subordinados le reconocen un gran sentido de la organización ¿es una capacidad natural o algo en especial contribuyó a su formación?

Soy organizada por naturaleza y bohemia e iconoclasta por vocación, pero fue necesario desarrollar la capacidad organizativa para ser útil dentro del propósito que asumí, propósito que tiene mucho de ensueño, pero del que me correspondió especialmente la estructuración y concreción de diferentes proyectos, ajenos a mi formación, que acogí como retos, uno tras otro, esa ha sido mi vida laboral. He tenido que incursionar en vertientes diversas, he aprendido muchas cosas y eso es una gran ganancia vital.

Especialmente aprendí a  escoger a los mejores y más capacitados para desarrollar los contenidos, encauzarlos en ocasiones, sostener la brújula, tratar de que nada se estanque en la complacencia, huir del aburrimiento y la desidia. Para estas cosas me ha valido mucho la vocación bohemia e iconoclasta, porque no han existido limitantes dogmáticas ni conservadoras, no hemos tenido miedo a lo nuevo, cuando se han tenido verdaderas alas y coherencia de vuelo, se ha podido volar.

En esto me supera Leal, no por bohemio, sino por soñador. Por diversos senderos coincidimos en un lugar del camino y ese es el punto de inflexión para buscar, entre ambos, algo nuevo por alcanzar, cual si nos siguiera guiando, irremediablemente, el poema de Longfellow que marcó nuestra adolescencia: “Excélsior” (más alto)

Conocemos de su interés por la investigación histórica y patrimonial, la que ha tenido que ubicar en un segundo plano ante las tareas de dirección ¿a qué temas le gustaría entregarse al respecto?

Me gustaría poder investigar y escribir sobre temas históricos, patrimoniales, temas humanos en general, pero escribir libremente. A veces resultarán ensayos, otras cuentos, narraciones. Lo que ocurre es que ello siempre parte de la historia o se inscribe en ella, y entonces resulta obligado investigar. Mi musa es científica, criticona e insolente, exige hablar con propiedad, con categorías, y llegado a este punto siempre tengo que recordar “Intensidad y altura” de César Vallejo:
Quiero escribir, pero me sale espuma,
Quiero decir muchísimo y me atollo;
No hay cifra hablada que no sea suma,
No hay pirámide escrita, sin cogollo.
(…)

Ahora que dejaré de dirigir y no tendré esas tremendas responsabilidades que durante tantos años he soportado –que no disfrutado- me he propuesto algunos trabajos necesarios para la institución que han quedado por el camino de los informes, planes y reuniones; espero poder dedicarme a ellos, continuar siendo útil y, a la vez, tener un poco de tiempo para escribir y no mis memorias precisamente.

¿Qué pasará cuando ya no esté esta generación que ha sostenido la labor patrimonial en el Centro Histórico de La Habana?  

Esta generación continuó la labor que iniciaron otras, especialmente la de Emilio Roig, esta llegó cuando existían mejores condiciones que las de aquella. Pudo hacer más porque había mayor cultura sobre el patrimonio a nivel mundial y nacional y porque existe una voluntad política a propósito de la preservación del patrimonio. Esto propició que pudiéramos desarrollar nuestro trabajo. No ha sido casualidad, ni la obra de una generación, o una persona, es el pensamiento y el esfuerzo de muchos. Cuando esta hornada esté ausente, no habrá vacío, de hecho la nueva generación está asumiendo su legado y continuará en su desarrollo, recuperación y brillantez. No hay por qué preocuparse: todo tiempo futuro será mejor.

Tomado de: http://www.ohch.cu/noticias/raida-mara-suarez–en-mil-batallas/

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Eusebio LealmuseografiamuseologíaOHCH

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