Mercurio. Lonja del Comercio

Cuba y Grecia

Mercurio. Lonja del Comercio

Eusebio Leal Spengler

Marzo 18, 2022

Conferencia pronunciada el 10 de noviembre de 2003 en la Universidad Nacional Capodistria de Atenas, en vísperas de la consagración de la Catedral Ortodoxa de San Nicolás de Mira, en La Habana Vieja.

 

Hace exactamente 91 años que un ilustre profesor de la Universidad de La Habana tuvo la honrosa oportunidad de exponer aquí, en la Universidad Nacional Capodistria de Atenas, las dificultades que había en Cuba para los estudios del idioma griego. Se trataba del doctor Juan Miguel Dihigo y Mestre, catedrático de Lingüística y Filología, quien había sido invitado al septuagésimo quinto aniversario de esta casa de altos estudios. Dihigo y Mestre fue el redactor de un libro para la enseñanza de esa lengua, el primero que habría de publicarse en nuestra isla usando los tipos propios del alfabeto griego. Salvando las distancias del tiempo y de su infinito talento, sería ese sabio cubano mi precedente más honroso al evocar el culto que sentimos los cubanos hacia las letras de Grecia, hacia su civilización y el inmenso legado que este país ha dejado a la Humanidad.

Y es que la piedra filosofal del ser occidental se formó en ese glorioso período en que las artes y las ciencias griegas se abrazaron, creando símbolos y fijando hitos que buscaban plasmar la esencia e intemporalidad de las cosas por encima de lo superficial y transitorio.

Para el helenismo, el centro de preocupación fue el hombre y su ubicación en la vida y el Universo. Desde los orígenes del pensamiento griego, filósofos como Anaximandro, Anaxímenes, Heráclito de Éfeso, Tales de Mileto (…) intentaron buscar una explicación al surgimiento del cosmos y de la existencia humana, basándose en las combinaciones casuales de las cuatro sustancias primarias: fuego, aire, tierra y agua.

Esta pasión cognitiva alcanzaría su máxima expresión en el pensamiento de Sócrates, Platón y Aristóteles, quienes incitaban con sus ideas a la búsqueda de la perfección. 

Ese ideal se alcanzaría en el dominio del Arte, en las esculturas -por ejemplo- de Prexíteles y Fidias, cuyo sentido de la belleza otorga un valor al cuerpo humano que va más allá del carácter efímero de la vida terrena. Sus obras imprimieron un sello de dignidad al hombre, elevándolo en el infinito hasta entablar un diálogo con los dioses del Olimpo, en los que vieron un espejo de la tragedia humana.

Bajo el gobierno de Pericles, en Atenas se gestó la más intensa utopía nunca imaginada, proyecto de un orden, de un experimento de gobernabilidad que cobró vida para ya nunca apagarse, como la mítica llama del Olimpo. Es cierto que, en esa utopía, unos hombres estaban sometidos a otros en irredimible condena.

Desde entonces, el ansia de justicia que inspiró al lúcido estadista ha tenido que esperar en las tinieblas de los tiempos en un proceso todavía inacabado. Así, cual Diógenes caminando por Atenas con una lámpara encendida en busca de un «hombre honesto» a la luz del día, anda hoy la Humanidad en pos de la verdad, portando su lámpara desnuda en la noche oscura.

Del cansado andar del griego Eneas y su unión con Lavinia, hija de Latino, nacería Roma, y de este modo el acervo helenístico estaría en la savia misma de la futura latinidad, entendida esta como categoría en el plano estético, humanista y literario. Pero sería con la expansión hacia el sur de Italia, que los romanos harían suya la cultura griega, «cautivados por aquellos que habían conquistado», al decir del poeta Horacio.

Prendida la latinidad por el helenismo, aquella se inclinó reverente ante las ciudades de la Magna Grecia: en las rosadas piedras de Paestum, en los templos de Agrigento (…). Coleccionar obras de arte griegas o imitarlas fue un delirio compartido por los romanos, y prueba de ello son las maravillosas esculturas que adornaron el teatro de Pompeya para más tarde ser colocadas en la suntuosa escalinata que conduce a la plaza del Campidogli.

Nueva vida cobraron los caballos de la cuadra de la Catedral de San Marcos, al recuperar su verdadera identidad, luego de revelarse el secreto de su origen. Y aún guardo en lo más íntimo de mi espíritu el brillo conservado en los ojos vidriados de los bronces de Riace, el regalo más espléndido que nos ha entregado el dios Poseidón desde las profundidades del mar.

Los cubanos debemos a don Joaquín Gumá Herrera, conde de Lagunillas, la impresionante muestra de arte griego que se atesora en la sala universal del renovado Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana.

Teniendo en el centro la formidable y perfecta Ánfora Panatenaica de los hoplitodromos, su colección de 142 vasos fue considerada en 1956 «la mayor al sur del Trópico de Cáncer y una de las más ricas del Hemisferio Occidental».

Además de esa cerámica, se muestra un repertorio de obras griegas de pequeño, mediano y gran formato, entre ellas una formidable Cabeza de Alejandro Magno, copia romana del original helenístico y que debió pertenecer a una escultura de gran talla.

Es La Habana, exteriormente, una ciudad colmada de alusiones a la arquitectura grecolatina; de ahí que el gran escritor Alejo Carpentier la definiera en su magistral ensayo como «la ciudad de las columnas», pues ellas se repiten tanto y de manera tan diversa, reinterpretando con ingenuidad tropical los órdenes griegos dórico, jónico y corintio.

Muchos edificios habaneros tienen cariátides en su fachada; un Mercurio corona la Lonja del Comercio; una estatua de Neptuno escolta el Malecón, y en el pórtico de la Universidad de La Habana en el centro del frontispicio, resplandece la cabeza coronada de Palas Atenea con el búho encima, ave que -como la diosa- posee grandes ojos siempre abiertos y que representa a la sabiduría.

En el Teatro Universitario se representaron las obras que inspiraron mi adolescencia y primera juventud: el drama de Electra, los desvaríos del joven Orestes, la tragedia de Edipo (…).

Ese recinto recibió su acta de nacimiento en 1941 con la puesta de la Antígona de Sófocles, que fuera traducida al español por el nunca olvidado Dihigo y Mestre, quien -además de catedrático eminente- realizó una notable labor de difusión cultural. No en balde hoy la Facultad de Artes y Letras lleva su nombre, en tanto su magisterio fue continuado por Juan Francisco Albear, Juan José Maza y Artola, Manuel Bisbé Albertini, Elena Calduch, Elina Miranda Cancela y María Castro Miranda (…) sin olvidar tampoco a esa gran latinista que fue Vicentina Antuña.

A propósito, el propio Carpentier hace referencia a ese escenario en su novela La consagración de la primavera, cuando narra cómo en los edificios y columnatas de porte neoclásico -que ya desde la década del 20 servían de aulas universitarias- resonaban los versos de las tragedias griegas presentadas por el Teatro Universitario en alarde de voluntad y vocación, dadas las precarias condiciones de ensayo y estreno.

Años después, cerca de Nápoles, quise visitar el antro de las sibilas, en Cumas, luego de haber viajado a Delfos para sentir la íntima vibración en las gradas del teatro de Epidauro. En la madurez de mi propia vida, ansié volver a iluminar mi alma con la visión de la Acrópolis, justo ahora que se aproxima el año en que nuestro más caro deseo es que la Olimpiada devuelva la paz entre los pueblos y las naciones del planeta.

Isla mágica, isla misteriosa es la nuestra, donde pueden hallarse ciudades como Matanzas, reconocida como la Atenas de Cuba por el mérito singular de sus poetas. Nuestro territorio está regado a lo largo y ancho por pueblos con nombres tales como Rodas, Palmira, Artemisa (…) y hasta un perdido batey de un pueblo azucarero, en la zona Oriental, lleva el nombre de Troya.

Y es que, cuando la isla todavía estaba bajo el dominio español, la cultura grecolatina tuvo un especial significado en la literatura cubana del siglo XIX al ser evocada en citas y referencias que identificaban nuestros ideales y aspiraciones independentistas con aquella fuente de belleza, armonía y justeza.

En los liceos de La Habana se estudiaba a Anacreonte y Hornero, de ahí posiblemente el auge que tuvieron las anacreónticas durante todo el siglo XIX entre los escritores de Cuba: desde Manuel de Zequeira, iniciador de la lírica a principios de aquella centuria, pasando por Manuel Justo de Rubalcaba, José María Heredia, Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido) (…) hasta Joaquín Lorenzo Luaces.

Tampoco escaparon del embrujo el reconocido pensador y maestro Enrique José Varona y hasta nuestro Apóstol José Martí. Todos, de una manera u otra, en mayor o menor cuantía, tradujeron o se apropiaron del tipo de poema que diera la fama al nombre de Anacreonte y rindieron culto a Homero, Píndaro (…) y al destino de Safo que, como una estrella luminosa, cruzó sobre ese exótico parnaso.

Esa fascinación por la literatura grecolatina se mantendría en posteriores generaciones de escritores cubanos: el ya mencionado Carpentier, que en su novela Los pasos perdidos hace un contrapunteo con la Odisea, sin olvidar las alusiones a Sísifo y Prometeo, y el gran poeta José Lezama Lima, cuyo primer libro tituló Muerte de Narciso (…), por sólo citar dos ejemplos.

Por mi parte, al dedicarme a las humanidades y -en especial- a la restauración de mi ciudad natal, he tenido como uno de los principales referentes a El Templete: ese modelo virtual de una nueva e intensa corriente neoclásica que, inaugurado en 1828 por el obispo Espada para rendir culto eterno a los orígenes de la villa de San Cristóbal de La Habana, adoptó precisamente la forma de un pequeño templo votivo griego.

Quiso el destino que, evocando en la distancia a aquel y otros fundadores, me tocase a mí el privilegio de colocar hace apenas dos años la primera piedra -como fundamento- de la pequeña catedral que, en honor a san Nicolás de Mira, se erige actualmente en el Centro Histórico. Para consagrarla vendrá a La Habana su Toda Santidad, Bartolomeo I, Patriarca Ecuménico de Constantinopla y Nueva Roma.

Será un homenaje a la cristiandad griega, cuya fe se remonta a los primeros años de la iglesia primitiva, como demuestran los Hechos de los Apóstoles y las Cartas de San Pablo. Incluidas en el Nuevo Testamento, que fuera redactado completamente en griego, esas narraciones hacen alusión a las primeras congregaciones y al famoso discurso del apóstol Pablo en el Areópago de Atenas, considerado uno de los más elocuentes en la historia de la oratoria.

Quizás con el mismo poder de convencimiento, al recordar al poeta José María Heredia en el discurso pronunciado el 30 de noviembre de 1889 en el Hardman Hall, en Nueva York, José Martí preguntó enfáticamente: «¿Y la América libre y toda Europa coronándose de libertad, y Grecia como resucitando, y Cuba, tan bella como Grecia, tendida así entre hierros, mancha del mundo, presidio rodeado de agua, rémora de América?»

Más de medio siglo antes, en su poema «A la resurrección de Grecia en 1820», Heredia había tomado como pretexto la insurrección griega contra los otomanos para hacer alusión directa al problema de la independencia de Cuba del colonialismo español, con estas estrofas:

Por la alma libertad miro a mi patria,

A la risueña Cuba, que la frente

Eleva al mar de palmas coronada,

Por los mares de la América tendiendo

Su gloria y su poder: miro a la Grecia

Lanzar a sus tiranos indignada.

Y a la alma Libertad servir de templo,

Y al Orbe escucho que gozoso aplaude

Victoria tal y tan glorioso ejemplo.

Al comparar en su arenga libertaria a Cuba con Grecia, tanto Heredia como Martí nos legaban un símil de amor filio entre dos naciones lejanas que, unidas en su vocación redentora, se cobijarán pronto bajo el techo del primer templo ortodoxo en tierra cubana como expresión más alta de un sentimiento ecuménico.

 

[Leal Spengler, E. (2018): “Cuba y Grecia”, en Patria Amada. Ediciones Boloña, La Habana, pp. 69-75]

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